Diario de León

Testimonio humano y literario

EL INVITADO AMARGO Vicente Molina-Foix y Luis Cremades Anagrama, Barcelona, 2014. 414 pp.

Publicado por
nicolás miñambres
León

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No abundan en la literatura española libros de memorias, de ahí el atractivo de este documento, obra de Vicente Molina Foix y Luis Cremades. Escrito desde su doble perspectiva personal y literaria, El invitado amargo es una íntima crónica personal alterna entre V. M. Foix, de treinta y cinco años y L. Cremades, de diecinueve. Ambos son los protagonistas de una relación que participa de sentimientos personales y de afanes literarios condenados al fracaso.

Presentados por Luis Antonio de Villena en 1981, la vocación poética de Luis Cremades y la preparación de Vicente M. Foix, hace que éste se convierta en su maestro literario y maestro de amor. Hay una identificación de sentimientos, pero falta afinidad entre de ambos social y cultural. V. M. Foix es un personaje cosmopolita, profesor universitario, conocedor de la cultura inglesa y de excelentes relaciones con la avanzadilla cultural del momento. Frente a él, L. Cremades lucha por ser un buen escritor y tiene que soportar dificultades familiares y económicas. A pesar de todo, la sintonía entre ambos llega a ser perfecta aunque las circunstancias vitales provoquen su dramática ruptura.

Ambos se mueven en los círculos artísticos del momento, lo que permite el conocimiento de personajes populares, de los que no faltan detalles sorprendentes: Juan Benet, Javier Marías, Luis Antonio de Villena, Fernando Savater, Lourdes Ortiz, Francisco Umbral, Enma Cohen… desfilan en su espontánea forma de ser, no siempre modélica. De entre ellos sobresale el hieratismo protector de Vicente Aleixandre, «Gran Sanador» de todas las penas. En el fondo, la obra es una sobrecogedora crónica de amor, de la que V. M. Molina Foix escribe: «Una novela de amor intenso y complicado, lleno de generosidad y egoísmo...» (p. 399). Y confirma: «Mi amor por Luis fue un amor sin resguardo, el más cierto, el más excitante y desequilibrante de mi vida, y (…) el más perdurable». (p. 409). Perdurable lo será igualmente en el recuerdo de los lectores.

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