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Sortilegios de la memoria

A CARMEN MARTÍN GAITE LA LITERATURA LA RESCATÓ DE SIMAS IRRESPIRABLES, ADIESTRÁNDOLA PARA SEGUIR ADELANTE DESPUÉS DE SONOROS BATACAZOS O DEL TERRIBLE DESGARRO DE LA PÉRDIDA DE SU HIJA. divergente

Imagen de juventud de Carmen Martín Gaite

Imagen de juventud de Carmen Martín Gaite

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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Cada primavera, con el buen tiempo, la residencia familiar Los Prados, que su padre notario abrió en El Boalo (Madrid), convoca a estudiosos y lectores martingaitianos, también a los escritores que ella ayudó a salir adelante (Puértolas, Chirbes, Longares, Gopegui), para evocar su legado literario y recuperar la interlocución con sus textos. Las amistades generacionales, la complicidad en su tutela de los recuerdos, las indagaciones históricas y la invitación permanente que guardan sus novelas y relatos, con personajes maravillados por la llama de lo ilusorio. Ahora ve la luz Un lugar llamado Carmen Martín Gaite (Siruela), que recoge la jugosa decantación del último de esos encuentros.

Carmen Martín Gaite (1925-2000) fue premio Príncipe de Asturias en 1988, compartido con Valente, premio Castilla y León en 1991, relegando a Carnicer, y premio Nacional de las Letras Españolas en 1994. Su novela mayor de madurez, Nubosidad variable, se vio desplazada en el Nacional de Literatura por el Planeta de Muñoz Molina. Igual que tantos escritores de su generación, tuvo una trayectoria accidentada y guadiánica. Había estudiado Letras en Salamanca y en 1948 se trasladó a Madrid para el doctorado, pero el encuentro con Ignacio Aldecoa, antiguo compañero de Anaya, la introdujo en el grupo de jóvenes que iban a colonizar la literatura del medio siglo. El achaque de un tifus le dio pie para escribir El libro de la fiebre (1949), pero como no le gustó a Ferlosio, que ya era su novio, permaneció inédito hasta 2007. Luego participó en la aventura de Revista Española (1953), tutelada por Moñino, el tío rojo de Rajoy, y un año después ganó el Café Gijón de novela corta con El balneario (1955), donde la protagonista se evade del tedio ambiental imaginándose casada. Marcada todavía por la estela kafkiana de El libro de la fiebre, sus personajes se mueven en escenarios de ensoñación. Esta primera etapa narrativa de Martín Gaite alcanza su cenit con el Nadal de 1957 a Entre visillos, que orilló una novela mejor pero con menos influencias del dramaturgo Lauro Olmo: Ayer, 27 de octubre. El relato salmantino de una soltería de renuncias y virginidad vigilada.

Casada con Ferlosio (entre 1953 y 1970), la decepción de su siguiente novela, Ritmo lento (1963), desplazada en el Biblioteca Breve por La ciudad y los perros, de Vargas Llosa, la purga con una década de silencio narrativo, que dedicará a diferentes investigaciones históricas. Es la travesía urbana de David Fuente, educado por su padre lejos de la escuela, que se niega a aceptar convencionales sociales sin antes comprobar su sentido y se mueve a su ritmo, sin prisa. La novela apareció junto a Tiempo de silencio , de su amigo Martín Santos, pero tuvo una acogida fría. Martín Gaite derivó su interés hacia investigaciones históricas que tenía relegadas desde su llegada a Madrid y que darían pie a un lote de libros solventes, en los que la erudición discurre con amenidad narrativa. El proceso de Macanaz (1970), Usos amorosos del dieciocho en España (1972) y El conde de Gudalhorce, su época y su labor (1977). Entre medias, ve la luz en Nostromo (la editorial de Mauricio d’Ors, donde trabaja su hija Marta) una colección de artículos y reflexiones de la que brotarán libros posteriores: La búsqueda de interlocutor y otras búsquedas (1973). Un año más tarde, aquel velero publica también los dos tomitos de Las semanas del jardín, de Ferlosio. Por entonces, Marta despoja de circunloquios algunos textos de su padre, mientras se sumerge con Carlos Castilla, hijo del psiquiatra Castilla del Pino, en la vorágine devoradora de la movida. Ambos morirán a mediados de los ochenta.

AÑOS DE ÉXITO

A mitad de los setenta, Carmen Martín Gaite recupera el pulso novelesco con Retahílas (1974) Fragmentos de interior (1976) y El cuarto de atrás (1978), que obtiene el premio Nacional de Literatura. La pérdida de su única hija interrumpe la escritura de La reina de las nieves y la aleja de la novela durante una larga docena de años. Este nuevo paréntesis creativo lo rellena con reflexiones sobre la literatura como forma de comunicación ( El cuento de nunca acabar, 1983) y con el ensayo Usos amorosos de la posguerra española (1987), que obtuvo el Premio Anagrama y se convierte en auténtico éxito popular. El regreso a la ficción se produce con Caperucita en Manhattan (1990), una versión actual del clásico de Perrault. Nubosidad variable (1992) alberga una purga del corazón, la búsqueda de identidad a través del laberinto de la escritura, mientras La reina de las Nieves (1994) explora en el hilo de la palabra, de la retahíla compartida, la liana de la salvación cuando ya todas las ventanas se han entornado.

Esperando el porvenir. Homenaje a Ignacio Aldecoa (1994) es un jugoso testimonio generacional. Lo raro es vivir (1996) convoca las preocupaciones existenciales de la autora con el aliciente de la pesquisa sobre un personaje dieciochesco . Irse de casa (1998) insiste en el arqueo de experiencias vitales a través de una mujer triunfadora en Nueva York que siente la necesidad de volver a su provincia, de donde salió cuarenta años atrás. Póstumamente se han publicado la novela Los parentescos (2001), el volumen de conferencias Pido la palabra (2001) y C uadernos de todo (2002), que acopia una selección de sus notas, mientras está en marcha la edición de sus Obras Completas.

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