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Infame turba
LA HISTORIA DE LA CENSURA POLÍTICA, VIGENTE HASTA MEDIADOS DE LOS SETENTA, ESTÁ PLAGADA DE PICARDÍAS Y SERVIDUMBRES A VECES INESPERADAS. PERO SU MANCHA NO ACABA EN 1977. ESTE OTOÑO HEMOS VIVIDO EL ÚLTIMO EPISODIO DE SEMEJANTE VILEZA. . divergente

El escritor leonés Jesús Torbado
E n ese mundo de trampa y bribones, no todos actuaron con similar gallardía. Ni los censores ni sus víctimas. Por eso importa refrescar los pasos de aquella infamia, que ahora se reproduce con el pulso entre Planeta y el periodista asturiano Gregorio Morán, que ni cedió al chantaje ni llegó a un acuerdo de sumisión. En todo caso, supone un buen ejemplo frente al vasallaje de las sumisas complicidades. Como las que ejercieron Cela y Marsé con Fraga y su cuñado Robles Piquer.
Entre los primeros censores destaca Darío Fernández-Flórez, bisnieto del benefactor leonés Pablo Flórez y medianejo novelista. Aunque de mucho éxito. Sus manejos tenían objetivos concretos, tangibles y casi siempre despreciables. Por encima de cualquier otro, la persecución obsesiva a don Pío Baroja, poniendo trabas a sus intentos de volver a publicar después de la guerra, y la delación de antiguos compañeros de estudios por su vínculo republicano, como hizo con Julián Marías. De paso, aliviar los trámites de sus propias novelas, forzando las tragaderas de subordinados. Por esa gatera pasó Lola, espejo oscuro (1950), quizá «la novela más erótica publicada en España durante muchos años», después de su fracaso en el Nadal de 1949. Con el beneplácito de Leopoldo Panero, para quien «la obra posee interés y no ofrece materia de censura. Tanto su fondo como su empeño son estrictamente morales y correctos». Y son las confesiones de una prostituta con coartada picaresca y disfraz existencialista.
EL PASEADO DE GRAJAL
También coló sin obstáculos la novela de Grajal: Historias de Valcanillo (1952), cuyo protagonista regresa de ultratumba y cuenta lo que ve por el pueblo. Nadie supuso, más allá de los propios vecinos de Grajal, que aquel inocentón fuera un paseado de la guerra, Jacinto Martínez Santos. Su autor era Tomás Salvador, un falangista que al regreso de la División Azul, había ingresado en la policía. También en los cuarenta Panero informó favorablemente la edición de La familia de Pascual Duarte (1942) y de La colmena, aunque en este caso su aval ya no sirvió de mucho y tuvo que publicarse por Emecé Argentina, en 1951.
Letricidio español, de Fernando Larraz, centra su análisis en la censura de novelas y ese enfoque deja fuera los versos de Crémer y Eugenio de Nora en aquella década sombría. Así que nada sabemos de la tentativa de Pueblo cautivo (1946), que apareció clandestino, ni de los problemas de Crémer con los libros sociales, aunque su deriva no sería muy distinta a la de Blas de Otero o Ángela Figuera, que sí han sido estudiadas. Y no fue una persecución pasajera. Todavía en 1968 la censura prohíbe la publicación de Actos, de Antonio Gamoneda, en la colección poética El Bardo. Sí nos consta de Crémer la prohibición para importar ejemplares de Libro de Caín (1958), premiado y publicado en Méjico. Diez años después, Crémer presenta al Planeta sus Historias de España, que caen derrotadas por Las últimas banderas de Lera. Al publicar la novela, en 1970, disimulará el título como Historias de Chu-Ma-Chuco.
Jesús Fernández Santos no tuvo mayores reparos para la publicación de sus novelas, a pesar del informe negativo a Los bravos (1954) del novelista Ramón Solís, quien desaconseja su publicación por el «ambiente de amargor y desesperanza no compensado por ninguna espiritualidad». A veces no hay peor cuña que la de la misma madera, como pone de manifiesto también la fiereza con sus colegas del cerúleo y repeinado Pedro de Lorenzo. El profesor Larraz no contrasta siempre los préstamos que toma y así afirma tan campante que la milagrería maragata de Martín Descalzo en La frontera de Dios (Premio Nadal 1956) aborda «el espinoso tema de los curas obreros», repitiendo el despiste de Jordi Gracia y Domingo Ródenas. Otras veces, toca de oído y lleva la isla mediterránea de Moira estuvo aquí (1971) hasta el Pacífico.
CELIA MUERDE LA MANZANA
Volverás a Región (1968), de Juan Benet, apareció con numerosas enmiendas, que pretendían asegurar una versión limpia de la guerra civil, sin coñas con los franquistas. Las corrupciones (1966), de Jesús Torbado, probará la censura de nuestros paisanos Valentín García Yebra, que propone su aceptación, y Saturnino Álvarez Turienzo, que considera «sus lecciones detestables. Pero realmente no canta al vicio». Antonio Pereira salvará la poda de 21 páginas de Un sitio para Soledad (1969), que perseguía «las experiencias eróticas de su protagonista y la visión negativa que ofrece de la vida pacata y mediocre en España». Pero ni Torbado, en sus libros siguientes, ni María Luz Melcón, en su primera novela, tuvieron la misma fortuna. Torbado perderá El poeta viaja a Suiza en la edición de sus Historias de amor (1968) y recibirá mutilada La construcción del odio (1968), convertida en una parábola desplumada y abstracta, sin referencias reconocibles. Celia muerde la manzana (1972) recrea el internado de la Asunción, pero su desenfado se vio muy rebajado. Los censores, siempre implacables con el erotismo, lo toleraban aún peor entre los muros de un colegio de monjas en León. Pero a esta historia infame le faltaba el estrambote. Lo puso el secuestro en marzo de 1976 de Sobresalto español, de Jesús Torbado, que recoge la historia de un español medio durante la agonía de Franco. Sólo diez años después vería la luz como El fin de los días.