Diario de León

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Tutor de rebeldías

BERNARDINO M. HERNANDO CUMPLIÓ LOS 80 EL PASADO AGOSTO, PERO ES UN CLÁSICO QUE REGRESA A LEÓN POR NAVIDAD, Y ESTOS DÍAS SE LO ENCUENTRA UNO POR LA CALLE ANCHA, TIRANDO DE MEMORIA Y REPASANDO ALUMNOS DE SUS FÉRTILES AÑOS LEONESES. divergente

El cura leonés Bernardino M. Hernando

El cura leonés Bernardino M. Hernando

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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Y a tan lejanos, pero todavía con huella. En lo civil, Bernardino pertenece al trío literario que en León hizo el tránsito desde la radio cenicienta de los cincuenta a los aperitivos de la década prodigiosa, cuando él viajaba cada verano a Francia, donde se diplomó en Lengua y Literatura gabacha. Francisco Umbral ponía el broche a las emisiones de La Voz de León, con su Diario de un noctámbulo (que verá la luz a mediados de enero), mientras Victoriano Crémer asomaba a cualquier hora en el dial de Radio León, para encender las Luces de la ciudad. El 31 de octubre de 1960 se inauguró el poste de Radio Popular en los altos de la Colorada, detrás del seminario. Y enseguida empezó don Bernardino a salpicar las ondas con su charla, que ponía un atisbo de saludable y fresco humor en aquella sintonía agobiada de preces y avemarías. Umbral llevaba la asesoría del Círculo Medina, Crémer echaba la mañana en la Cámara y Bernardino fundó el Forecu, un club juvenil que impartía conferencias y daba cine, conciertos o teatro. Una vez al mes, cine fórum en el Azul.

LOS DÍAS DEL FORECU

En aquel ambiente se dio a conocer nuestro cantautor de la época Ricardo Cantalapiedra, cuyos primeros cinco discos salieron con el sello eclesiástico Pax. También su libro Música pop y juventud (1973) ve la luz en una serie educativa de la episcopal PPC. Con Umbral y María España compartía Bernardino los viajes al Porma en Puente Villarente, adonde los llevaba de baños en su coche. También colaboraba asiduamente en Diario de León. Después de estudiar Teología en Comillas, en 1958 había cantado misa en Mansilla, que es su pueblo, y aquel curso se estrenó como coadjutor en Cistierna. De la experiencia, nos dejó un libro modélico, inscrito en la estela de Bernanos: Historias del coadjutor (1963). Luego, dos años de preceptor en el seminario y otro par como profesor visitante de literatura y coadjutor en San Martín. De hombre a hombre (1964) y Los días grandes (1966) son sus títulos de la época, un tiempo pródigo en ese tipo de papilla.

En los veranos, viajes por Europa. En 1963, había puesto en marcha la revista Claraboya, que dirigió al principio, para luego seguir como colaborador, dando vuelo a sus jóvenes protagonistas. Ahí rastreaba el rumbo abierto por su maestro, Antonio de Lama, y la senda marcada por su compañero de claustro Servando Montaña, colaborador en el primer número de Estría (1951), la revista poética del Colegio Español de Roma, que dio curso a un nuevo ‘mester de clerecía’. Montaña (Cuba, 1927) había conseguido con El hombre de la casa (1960) un accésit de novela en el Premio Provincia de León, y su aparición motivó un elogioso comentario de Umbral en la radio, además de la lisonja de Lama a su «prosa elegante, nerviosa, muy viva». Años más tarde, Servando sería protagonista imaginario de Brasas de agosto, el relato de Luis Mateo Díez, cuando ya profesaba en Puerto Rico. En 1978, Nuevo mester de clerecía, la antología de aquellos afanes líricos, incorporaría a su baraja de diez nombres únicamente los versos leoneses de Antonio Castro y Castro, de Oteruelo de la Vega.

Servando se alejó antes, pasando el testigo de las clases de literatura del seminario a Miguel Díez, el hermano de Luis Mateo, mi profesor en aquellas aulas. Bernardino había publicado aquel año los dos volúmenes de una Antología narrativa del siglo XIX (1969) y preparaba con Gamoneda el volumen Los jóvenes (1970), cuando en la inauguración de curso comprobó que ya no contaban con él para la docencia, que era su asidero a la ciudad. Encajó el desaire y marchó pitando a Madrid.

Antes de su etapa profesoral en Ciencias de la Información, don Bernardino tuvo una década de periodismo religioso en Madrid, a la que siguió un quindenio de periodismo civil sesgado hacia la cultura, para concluir como archivero-bibliotecario de la Asociación de la Prensa y divulgador de la histórica relación de los periodistas con las letras. Entre 1969 y 1982, recorre todos los empleos de la revista Vida nueva , desde auxiliar de redacción a director, mientras estudia Periodismo, que termina en 1973. Aquel año funda la revista Sociedad/Familia , que dirige hasta 1998. Desde su llegada a Madrid, es responsable de la página de Iglesia en Informaciones, diario del que se convierte en redactor jefe en 1982, pasando a dirigirlo un año más tarde. A esa época corresponde su presencia diaria con un artículo en primera, siguiendo la estela de Escarpit en Le Monde .

Durante la transición, ironiza con las dificultades de acomodo de cierta Iglesia ante la nueva realidad: ¡Bendito país! (1976), Iglesia-Estado, ¿luna de miel-luna de hiel? (1976) y Delirios de Cruzada (1977). También entonces da suelta a su poesía: Crónica de una nostalgia (1976), Paráfrasis (1981), Persecuciones (2001) y Ejercicios de melancolía (2006). Versos de factura excelente, que revelan su pasión por la palabra, como vehículo de comunicación. En 1987 presentó su tesis sobre Lenguaje periodístico. Vocabulario comparado de los periódicos de Madrid . Un año más tarde, se incorpora al consejo de dirección de la revista Tribuna , donde permanecerá doce años. Después de jubilarse como profesor, en 2006 dona su biblioteca a Mansilla de las Mulas. La corona de laurel (2007), sobre la presencia histórica de periodistas en la Academia, culmina su tarea de hombre de letras.

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