el territorio del nómada |
Audacia cervantina
CUMPLIDOS DIEZ AÑOS DE SU HOMENAJE CERVANTINO CON ‘AL MORIR DON QUIJOTE’ (2004), ANDRÉS TRAPIELLO RETOMA AQUEL RECREO POR EL SIGLO DE ORO EN ‘EL FINAL DE SANCHO PANZA Y OTRAS SUERTES’, UNA INCURSIÓN QUE SEDUCE POR EL TROQUEL O LA MIGA DE LOS PERSONAJES, Y SOBRE TODO POR LA DESLUMBRANTE NATURALIDAD DE SU ESCRITURA. divergente

El novelista, poeta y ensayista Andrés Trapiello (Manzaneda, 1953)
A ndrés Trapiello es un autor que no se resigna, en el despliegue de su obra literaria, al formato de los géneros, de manera que resulta frecuente encontrar poemas en sus diarios, relatos en sus versos, lírica en sus ensayos o deslumbrantes aforismos en la textura de sus novelas. Quiero decir con esto que Trapiello es un creador singular y poco convencional. En realidad, su andanza solitaria y a su aire resulta inusual e incluso rara en una literatura gregaria, tejida con grupos y generaciones, donde cada cual procura arrimar el ascua a su cuadrilla. Quizá por eso, para combatir el desamparo que siempre conlleva el ir por libre, Trapiello aúna en su perfil al poeta y al novelista, al tipógrafo y al editor, al ensayista y al generoso confidente, que desde 1987 ordena la cadencia anual de sus diarios en esa magna obra de la literatura contemporánea que constituyen los dieciocho volúmenes del Salón de pasos perdidos, cuya memoria ya alcanza a 2004.
‘AL MORIR DON QUIJOTE’
Precisamente ese fue el año de su primera novela cervantina, cuya aparición causó perplejidad antes de ser reconocida como mejor ficción extranjera en Francia con el Premio Madeleine Zepter. También el Premio de la Fundación Lara la había elegido mejor novela española de aquella temporada. Pero tampoco fue ese el estreno de Trapiello como interlocutor con las prosas de Cervantes. De 1993 es su primer acercamiento biográfico a la escritura y penalidades del autor, en Las vidas de Miguel de Cervantes. Un escritor, señala Trapiello, que de vivir ahora, nunca recibiría el premio Cervantes, porque se lo darían a Lope. El empeño le llegó de rebote a Trapiello, después de la rendición de quien había corrido a copar el encargo para la colección de Planeta Memoria de la Historia . Aquel descarte dejó agraviado por siempre al ambicioso Marías, pero su relevo sembró en Trapiello la pasión cervantina, de la que más tarde brotaron dos novelas.
Escritor de obra amplia y contrastada, traducido a más de una docena de idiomas, Trapiello ha cosechado premios importantes dentro y fuera de España, desde el Nacional de la Crítica por su libro de poemas Acaso una verdad (1993) a las distinciones ya mencionadas de su novela Al morir Don Quijote (2004). Además, Los amigos del crimen perfecto (2003) fue elegida mejor novela extranjera en China después de haber obtenido el Premio Nadal. La tinta simpática (1988) supuso su estreno narrativo. Siguieron El buque fantasma (premio Plaza y Janés), La malandanza, Días y noches, Los confines y Ayer no más, de 2012, su novela anterior, con argumento y escenario leoneses. Su asunto, un crimen de la guerra sucedido en la Fonfría de Carrocera (que disimula el estandarte de Fontañán), remite a la indagación en su memoria, la difícil relación entre padres e hijos, entre víctimas y verdugos. Esta novela enriquece su relato con las reflexiones del autor, que cuenta en su trayectoria con la obra que quizá ilumina mejor la tragedia de la guerra: Las armas y las letras (1994). En ese territorio de reflexión y confidencia alcanza Trapiello uno de sus mejores registros.
Ensayista singular y polémico, de obra plural y abundante, desbrozó en Las armas y las letras el proceloso capítulo de la literatura durante la guerra civil, mientras en Clásicos de traje gris (1990) rescataba siluetas de escritores desvaídos. La serie compilatoria de lecturas que bautizó como Los desvanes suma ya trece volúmenes y ofrece la sorpresa de muy frecuentes revelaciones. Ha sido pionero en el rescate de personalidades y obras orilladas: Manuel Machado, Juan Ramón, Unamuno, Bergamín, Sánchez Mazas, Ramón Gaya, Gutiérrez Solana o Leopoldo Panero. También sus versos recrean la pauta del ámbito cotidiano, sin episodios de especial realce. De ahí, su condición emotiva, que afina lo sensible.
‘EL FINAL DE SANCHO PANZA Y OTRAS SUERTES’
El final de Sancho Panza y otras suertes devuelve al camino a cuatro personajes cervantinos, prolongando el homenaje que inauguró Al morir don Quijote. Sancho, Antonia y Quiteria abandonan la aldea manchega animados por el bachiller Sansón Carrasco, a quien reclama un tío indiano sin hijos, acuciado por la urgencia de legar su fortuna a un pariente. En sus andanzas, descabalan el paso y en la venta que les da refugio camino de Sevilla tropiezan con personajes que conocieron a don Quijote. El relato se desgrana con humor y recursos cervantinos, de los que nutren la gran literatura, tejiendo reflexiones muy provechosas sobre el vínculo entre ficción y verdad. En ese proceso, bautiza a quienes en la novela de Cervantes no alcanzaron a tener nombre o sustituye por el auténtico a los que aparecieron con uno ficticio.
Lo más llamativo de la novela es su expresión en una prosa actual, que cautiva con su dicción e incorpora a su lenguaje la semilla fecunda de Cervantes. Sin alardes ni aspavientos, con la difícil tersura de lo espontáneo. La Sevilla barroca alberga el núcleo de la novela, que más tarde embarca a sus personajes hacia Arequipa, en Perú, donde recalan, «en busca de refugio y amparo, los desesperados de España». La estancia sevillana, cargada de referencias cervantinas, eleva el interés de la novela, que culmina con la agitación del viaje a las Indias. Ya en Perú, la erupción de un volcán acaba con la vida de Antonia y de Sancho.