Diario de León

Los preludios del cronista

FRANCISCO UMBRAL (1932-2007) SE ESTRENÓ COMO ESCRITOR EN LEÓN CON VEINTIDÓS AÑOS, PRIMERO EN LOS PAPELES DEL SEU Y LUEGO EN LA EMISORA DEL MOVIMIENTO, SIEMPRE DE LA MANO DE SU PRIMO JOSÉ LUIS PÉREZ PERELÉTEGUI. LA CIUDAD LE ABRIÓ LAS PUERTAS AL CRONISTA ALTIVO Y SUCULENTO DEL FIN DE SIGLO. divergente

El escritor Francisco Umbral

El escritor Francisco Umbral

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ERNESTO ESCAPA
León

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S u familia leonesa, de Valencia de don Juan, había bajado en 1923 con el abuelo a Valladolid, la «provincia de tedio y plateresco», donde Claudio Pérez Alonso se emplea como consumero en el fielato de la Maruquesa, junto al Canal, para vigilar las entradas de trigo procedentes de la Tierra de Campos. Llevan cuatro hijos, tres chicas y un chico: Consuelo, Claudio, Ana y Josefa. En Valladolid, se instalan en un bajo sombrío de la plaza de San Miguel, «que entonces era perfecta, como una nueva invención de la rueda». En 1925 muere de tuberculosis Josefina, la pequeña de las hermanas, a quien el escritor mitificará como Algadefina, un personaje recurrente a lo largo de toda su obra. En Las ánimas del purgatorio (1982) y en Las señoritas de Aviñón (1985), será el contrapunto mítico y deslumbrante al bordoneo sombrío de los rosarios del abuelo. El abuelo descendía de la Ojeda palentina, comarca imantada por el influjo monástico de San Andrés de Arroyo, y su severidad moruga contenía un rictus de reproche hacia la lánguida ligereza de aquellas mujeres, cuya facilidad para la tentación siempre atribuyó a su procedencia de Algadefe, en la vega protestante del Esla.

LA CASA DE LAS AGUAS

La madre del escritor, Ana María Pérez Martínez (1905-1953), empezó a trabajar en una fábrica de electrodomésticos, de donde pasó al ayuntamiento. Su habilidad como taquimecanógrafa enseguida la situó junto al alcalde, para anotar con rapidez los acuerdos de audiencias y reuniones. En 1931 quedó embarazada y refugió «la proa de su vientre alzado» en un pueblo de la montaña leonesa, quizá Nocedo, donde veraneaba la tía Socorro. «Mamá en aquel pueblo de la montaña, preñada de mí, solos los dos, solos por primera y última vez en la vida», escribirá en Los males sagrados (1973). Socorro, hermana de la abuela del escritor, estaba casada con Avelino, hermano a su vez de Claudio. Su único hijo, Santiago, sería gerente de aguas en el ayuntamiento de León y su residencia en la Casa de las Aguas, el «palacio de ladrillo y jardín» situado junto al Cine Mary, fascinó la infancia del escritor. Santiago estaba secretamente enamorado de su madre y dispuesto a complacer los caprichos del niño.

El escritor había nacido en la inclusa de Madrid, en mayo de 1932. De vuelta a Valladolid, pasó sus primeros cuatro años con una nodriza en Laguna de Duero, antes de incorporarse al núcleo de los Pérez Perelétegui, como fruto vergonzante de un desliz del padre. Ese encubrimiento lo obligó a abandonar el colegio con once años, cuando la madre ya no pudo demorar con más disculpas la presentación del Libro de Familia. Luego trabajó como botones en el Banco Central y fue diezmando lecturas en la biblioteca municipal, al cuidado de una madre intuida, que sólo se desveló una vez muerta.

DÍAS SIN ESCUELA

Las primeras publicaciones leonesas de Umbral corresponden al trienio 1954-1956, una vez muerta la madre, vínculo de sus estancias en la provincia. La veintena de textos publicados entre 1954 y 1956 en Arco, la revista del Seu, y en Proa, los firma todavía como Francisco Pérez. Su primera colaboración periodística vio la luz en las páginas estudiantiles de Proa, el 2 de abril de 1954, a punto de cumplir veintidós años. En León estrena también el seudónimo de Umbral, recién llegado a la radio, el 2 de octubre de 1958. Hasta mediados de los cincuenta, la vida de Umbral transcurre entre Valladolid y León, donde encuentra frecuente hospitalidad familiar. «Ciudad del norte, toda de frío y vidrio, aguja gótica». El chasco final de su estancia leonesa lo empujó a disimular en los días de gloria la importancia de aquel tiempo inaugural de su bautizo literario. Ahora Planeta recoge ciento ochenta y cinco textos del trienio leonés bajo el título de Diario de un noctámbulo, con prólogo de Luis Mateo Díez y con vitola de obra inédita. Son colaboraciones radiadas en La Voz de León. La antología se estructura en tres partes: Buenas noches (1958), El piano del pobre (1959) y El tiempo y su estribillo (1960-61). La evolución de los textos parte del lirismo intimista, transita la crónica de actualidad irreverente y se despide glosando «las cotidianas estrofas del vivir» de la ciudad y sus gentes. Pero no es su única obra vinculada con la capital del invierno. En DIARIO DE LEÓN creó su primera sección diaria: La ciudad y los días (1961).

Cerca de mil textos penden de aquel lazo y constituyen la primera expresión de su talento. Vieron la luz entre abril de 1954 (tres años antes de su estreno en «El norte de Castilla») y octubre de 1965. Poemas, artículos, reportajes (la parcialmente reeditada Crónica de las tabernas leonesas) y una novela aguardan el rescate. Días sin escuela (1965), que obtuvo el premio de novela Provincia de León, recoge su deslumbramiento de niño en la ciudad de los prodigios. En sus páginas emerge ya poderoso el gran creador de atmósferas que mueve recuerdos y evocaciones de sus estancias infantiles en León. Situada a principios de los cuarenta, gira en torno al patio de los agustinos, los aromas callejeros de sal y esparto, las peleas de cromos en Santo Domingo y las aventuras fluviales del Bernesga, con sus barracas de húngaros y su frontera de Papalaguinda, «tierra de nadie entonces, campo sin puertas, erial de nuestras pedreas, desierto hacia los lejanos sotos, hacia otro puente, hacia la nada».

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