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Travesía de sonámbulos
EN LA SOLEDAD DE LOS PERDIDOS, SU ÚLTIMA NOVELA, LUIS MATEO DÍEZ DA UNA NUEVA VUELTA DE TUERCA A SU SINGULAR UNIVERSO NARRATIVO. PERO LO HACE AVIVANDO LOS VÍNCULOS CON SU OBRA ANTERIOR, CUYO VOLTAJE LO CONVIERTE EN UN CLÁSICO INDUDABLE DE NUESTRO TIEMPO. divergente

El escritor leonés Luis Mateo Díez en una imagen reciente
L uis Mateo Díez ha levantado en sus novelas un mundo literario singular, que figura entre los más sugestivos de la narrativa española contemporánea. Nació en Villablino (1942), y en la vieja casona consistorial vivió la magia de sus Días del desván (1997), evocación de la infancia en el valle de Laciana. Con doce años bajó a León y estudió el bachillerato en los Agustinos. En 1961 empezó Derecho en la Complutense, que remataría en Oviedo. Entre 1963 y 1968, participó en la aventura de la revista poética Claraboya, con Agustín Delgado, Llamas y Fierro. En sus páginas publicó los primeros poemas, reunidos más tarde en Señales de humo (1972). Esta vertiente lírica es efímera y tiene un coletazo festivo en Parnasillo provincial de poetas apócrifos (1975), perpetrado en complicidad con Agustín Delgado y José María Merino.
EL UNIVERSO DE LA PROVINCIA
Su primer libro de cuentos, Memorial de hierbas vio la luz en 1973. Luego publicó un par de novelas cortas (Apócrifo del clavel y la espina, Premio Café Gijón, y Blasón de muérdago, 1977), que son dos calas en el linaje valleinclanesco de los Alcidia, y un viaje literario resuelto entre la geografía de la memoria y la fascinación del mito: Relato de Babia (1981). La secuencia de sus novelas construye un universo literario singular. Las estaciones provinciales (1982) dibuja un retrato irónico e inclemente de la parda posguerra. En sus páginas están ya la pasión por el lenguaje, la preferencia por los perdedores y por los espacios desolados, la indagación verbal en las emociones y el caldo de una retranca inconfundible. Su segunda novela, La fuente de la edad (1986), supuso la consagración. Fue distinguida con el premio de la Crítica y con el Nacional de Literatura. La travesía por paisajes de leyenda de un tropel de disparatados cofrades extiende al territorio provincial la cartografía urbana de su primera novela. Las horas completas (1990) El expediente del náufrago (1992) Camino de perdición (1995), La mirada del alma (1997) y El paraíso de los mortales (1998) amplían este mismo universo de la provincia cenicienta.
El reino de Celama (2003) agrupa las tres novelas del Páramo en torno a La ruina del cielo (1999, premio de la Crítica y Nacional de Literatura), oratorio espectral de una cultura vencida. En sus páginas asistimos a la polifonía fúnebre de la derrota, al desolado inventario de la melancolía. Una vez más, la maestría del narrador nos embauca tras el rastro de un tropel de visionarios con su salmodia coloquial quebrada por los esguinces líricos. Fantasmas del invierno (2004), El animal piadoso (2009), Pájaro sin vuelo (2011) y La cabeza en llamas (2012) son sus novelas sucesivas, que amplían y enriquecen el universo narrativo de la provincia. Luis Mateo Díez ha cultivado regularmente los relatos, agrupados en el volumen El árbol de los cuentos (2006) y la novela corta: Fábulas del sentimiento (2013) acoge los doce títulos de una peculiar y poderosa comedia humana tejida con historias que desvelan la fragilidad de nuestra condición, siempre en el límite de la lucidez y la incoherencia.
EL HOMBRE DEL SACO
Las novelas de Luis Mateo combinan textos de diseño más convencional con periódicas vueltas de tuerca, cuya audacia viene a clausurar sus ciclos narrativos, abriendo nuevos horizontes a su literatura. El hilo conductor, en cualquier caso, es una escritura singular y magnífica, que al cabo de tantas invenciones se convierte en su baza decisiva. Sea cual sea la peripecia de cada relato o su despliegue, la prosa de Luis Mateo dibuja la deriva con maestría. En La soledad de los perdidos (2014), su protagonista abandona de madrugada a su familia para huir a la Ciudad de Sombra, «un lugar acomodado al pensamiento del abandono», situado «entre la escolta de los ríos paralelos que en nada contribuían a ampararla». Una ciudad abocada al desperdicio y la ruina, con su raigambre gastada, que ha pasado de antigua a vieja. Allí transcurren quince años de desvarío, dando tumbos en la noche tenebrosa de Balma. Al salir de casa, Ambrosio Leda deja a su hija Lida descalza en el pasillo. Padece el hostigamiento implacable de una depuración de posguerra, que purga extraviado entre los cascotes disimulados por la bruma. «Para los tiempos que corren, no hay mejor plan que pasar inadvertido». Quinientas páginas después, padre e hija vuelven a encontrarse en la estación de la ciudad resentida.
En su peregrinaje por los pasadizos de la noche, Ambrosio Leda escucha voces de advertencia, un coro sentencioso que previene peligros y asechanzas. La ciudad es un territorio fantástico y tenebroso, con plazas que se hunden y barrios huidizos o inhóspitos, que da acogida a los ateridos transeúntes del desamparo. La ficción de Luis Mateo oscila entre el expresionismo más radical y el esperpento simbólico, tendiendo vínculos con la cartografía esencial de su obra. No es un salto en el vacío, sino la vuelta de tuerca que depura ecos elocuentes de Celama. Ambrosio protege sus pertenencias en un saco y en el trasiego sin desmayo de la intemperie se cruza con otros sonámbulos, que en su desamparo arrastran la misma condición de amortizados. Personajes, escenarios y un aluvión de voces que alientan con humor y una cháchara incansable la ternura que despierta su desgarro.