poesía
Escorias de un incendio
manuscrito del alba José Antonio Llamas Eolas, León, 2014. 174 páginas.

D esde que en 1963 fundara Claraboya , con Fierro, Delgado y Díez, José Antonio Llamas siempre ha estado ahí, con la pluma de poeta sobreponiéndose a otros afanes. En la soledad de Cármenes fue pautando poemarios como Manuscrito del alba, un texto copioso, con más de un centenar de poemas que tampoco tienden a la concisión, ni tienen por qué, salvo en una de las nueve partes de que consta. De ahí que la reseña no refleje todos sus entresijos, sino algunos de sus rasgos más cualificados.
La naturaleza es el espacio escogido por el poeta. Una naturaleza de montaña y valle, campesina también, con especial querencia por los abedules y el serbal. La naturaleza, con su versión reducida en el jardín, es el refugio frente a los embates de la edad. No es el único refugio, también lo es el amor, vivido y recordado. Y lo es la lectura, patente en el hecho de que muchos poemas vengan inspirados por una cita determinada. En ese centro natural sitúa al sujeto de sus poemas, un hombre entre la memoria y un futuro precario, bogando en el tiempo o, mejor, en el lago hacia la orilla oscura. Es un tiempo en huida, desesperadamente perseguido por el hombre, al que le ha dejado únicamente la miel de la niñez, pero no como consuelo, sino como herida. Ese ser es un personaje desvalido entre aquellas memorias de la infancia y las eternas preguntas irresueltas sobre la existencia. Un personaje, por lo tanto, atado a la tristeza por no poder ser ya aquello a lo que uno ha aspirado vitalmente («nunca más renaceremos») y por los que ya se fueron y cuya ausencia sigue pesando en el alma, como de otra manera pesan los ancestros. Se trata, en suma, de un sujeto ganado por la desolación: «Salimos a abrir la puerta, pero ya no hay nadie». Un poema excelente en este sentido es Bodón , pico entre el Curueño y el Torío, confidente del poeta cuando cumple setenta años y se confiesa vencido por la edad, sin esperanzas y desahuciado. El pico no deja de ser símbolo de otra cumbre, la de los años. Desde esas alturas contempla el abismo insondable de la vida, con el río manriqueño en el fondo del valle. Desde la cumbre de la edad se puede mirar hacia atrás, hacia un paisaje vital coloreado de fracaso y derrota. La impresión final de la lectura es que se trata de un poemario que canta lo que queda después de todo o de nada: después del amor, después de la luz, después de la vida. El símbolo congruente es la ceniza: «Todo cuanto besamos / ya es ceniza en nuestros labios».