«No es nada fácil cultivar el ojo ni la mirada»
‘Tiempo y luz’ atesora las mejores fotos tomadas por Manuel Martín.
«Para mi, siempre es antes la luz que el tema». con esta frase resume el veterano manuel martín una obsesión que ahora queda reflejada en un libro rebosante de memoria

'Trato', León, 1966.
Hay una foto de Manuel Martín que recoge una escena infinitas veces repetida en cualquier sociedad tradicional: los pashtunes afganos, los masái de Kenia y los lapones árticos muestran esos mismos gestos, visajes, apretones y curiosidades cuando andan a la compraventa de sus ganados. Lo que pasa es que Martín la tomó en la feria leonesa, en 1966, y todo son boinas, pellizas, aguijadas y mucha vaca parda en derredor. Una estampa sublime e irrepetible en la que todo es elocuente. Como suele suceder en la producción de este veterano fotógrafo, cada elemento relata o sugiere una historia.
Y es una de las cerca de doscientas imágenes incluidas en Tiempo y luz, libro que acaba de publicar el sello Eolas dentro de una ambiciosa colección, coordinada por Amando Casado, pensada para rescatar, divulgar y apuntalar grandes valores de la fotografía leonesa, antiguos o contemporáneos, «todos de primerísimo nivel», recalca Casado sobre una serie que se dio a conocer con La mirada cercana, de José Ramón Vega, que ahora continúa con Manuel Martín y que también está previsto incluya a su padre, Manuel Martín de la Madrid, fundador de aquella Foto Exakta en la que el retoño comenzase a aprender los rudimentos de la luz y del retrato.

'Cuidando las vacas'. Villaobispo, 1959.
«Profesionales nacionales a los que he mostrado estas fotos se han quedado sorprendidos y admirados; Cristina García Rodero, en concreto, subrayó su altísimo valor visual y narrativo», ejemplifica Amando Casado, para quien la editorial Eolas ha asumido, con sus únicos medios, un reto «que correspondería a las instituciones leonesas», deplorando por tanto la «triste dejación de funciones» mostrada por ellas.
Y ese compromiso con la fotografía leonesa ha quedado plasmado en este Tiempo y luz en el que el lector encontrará un León que se parece a una película de Rossellini pero inundada de una ruralidad casi medieval: Papalaguinda con cuatro coches y camisas almidonadas, personajes teñidos de madrugada, barriadas de adobe, sebe, teja y regato, y unas comarcas en las que la naturaleza reina con cetro bellísimo pero implacable.
Nacido en 1933, estudió en la Escuela de Comercio pero su más temprana fascinación fueron las misteriosas lentes, cuerpos y focos con los que trabajaba su padre, dueño a su vez de sobrecogedoras capturas de la guerra civil y la posguerra. Y se escapaba a la Candamia y la Sobarriba, aparentemente detrás de los carros de vacas, la guardia civil a caballo y las soledades de chopos y robles. ¿O no? Lo explica el propio autor: «En realidad pretendía expresar, por medio de esas imágenes, mi mundo interior, mi manera de pensar, mis inquietudes y, sobre todo, mi concepto fotográfico, plasmado especialmente a través de la luz. No cuantitativa sino cualitativamente». Y da en el clavo de todo su afán creativo cuando dice: «Para mí, siempre es antes la luz que el propio tema».

'Plaza del Grano', 1966.
«Lo más sencillo sería decir que anhelaba tener la mayor colección de paisajes de la provincia entera, pero esa es una contestación muy simple —confiesa—. La realidad es que yo necesitaba hacer esas fotos, y que necesitaba transmitir mis sentimientos. Y, desde luego, denunciar las carencias por las que atrevasaba la gente humilde. Yo estuve siempre más cerca de esas personas que de la gente de la ciudad, aunque viviera en ella».
A Manuel Martín Martínez le ha venido uniendo un auténtico idilio con los paisajes leoneses («estaba y estoy convencido de que la provincia de León, con sus enormes contrastes, es de las más bellas de España»), y se le humedece la memoria al repasar sus rincones. «Pocos ríos se pueden encontrar en nuestro país de la belleza del Curueño, el Esla, el Cares, el Torío o el Porma... todos esos rincones me siguen emocionando hoy día. Eso sí, hay que saber verlos».

'Pastoreo en la Sobarriba', 1960.
«Mis tres grandes amores fotográficos fueron la foto humana, los Picos de Europa y, muy especialmente, la Catedral, nuestra Catedral. La admiré siempre como una escuela de arte y de estética. Cada vez que entro en ella descubro algún tema nuevo que retratar», dice, e inmediatamente después remarca «un olvido imperdonable» cometido en este libro al tener que seleccionar un par de cientos de imágenes de entre un archivo de miles: no hay ninguna de la Catedral. Al menos, es buena justificación para una segunda parte.
A Manuel le ha pasado de todo en sus jornadas de caza de la siempre esquiva luz. «Hubo momentos peligrosos en algunas ascensiones. De esos que en la jerga montañera llamábamos ‘empeñarse’, o sea llegar a un punto donde no sabías que era peor: si seguir subiendo o intentar bajar. Te cuento un detalle simpático que me ocurrió una vez en el Macizo Occidental de Picos. Bajábamos de Peña Santa, por cierto una ascensión que no es sencilla, y vi unos contraluces entre nieblas, esas increíbles nieblas de Picos que son el manto maravilloso para retratarlos con grandeza y alma. Iba con nosotros Tibo, un guarda del Parque de Covadonga ya fallecido y de pronto me dice: ‘¡Manolo, espétanos una pantomima así, al treslumbre!’. Me quedé con esa frase espontánea de un verdadero hombre de Valdeón. Jamás he oído llamar al contraluz fotográfico con tanta belleza y poesía».

'Fiestas de León', 1966.
Manuel Martín no es sólo un gran artesano de la fotografía, ni un estajanovista de la lente, creador de instantáneas míticas, reconocibles para muchos leoneses, con fotos publicadas en guías, exposiciones y diaporamas —aunque nunca le dedicaran un libro monográfico—: es un hombre con una enorme cultura humanistíca, un apasionado de la música que cierto día se enroló en una de las iniciativas en pro de la infancia más sorprendentes de este país; la Ciudad de los Muchachos, durante parte de las décadas de los setenta y ochenta, impartiendo clases de Música y Formación Estética y fundando una filial colombiana de la Ciudad, con un importante coro anexo que acabaría desembocando en la Schola Cantorum de León.
«Es cierto que durante ese tiempo abandoné algo la fotografía —concede—, puesto que tenía que dedicarme a una obra social compleja que me absorbía mucho tiempo. Y en honor a la verdad he de decir que esa etapa me influyó más en lo humano y lo musical que en lo fotográfico». Explica así Martín la relativa ausencia de fotos correspondientes a los setenta, ochenta y noventa en este volumen. «Fue una etapa muy enriquecedora en la que también ideé y elaboré esos montajes de ‘música-visión’ que era como aunar mis dos pasiones artísticas en una sola. De hecho, el libro está dedicado a Debussy, un músico que admiro muy profundamente».

'Madreñas', San Miguel de Escalada, 1960.
No se resiste uno a preguntar a este fotógrafo ilustrado por el ‘boom’ desatado en nuestros días en torno a la captación de imágenes a toda hora y lugar. «¡Es una locura lo de los móviles! —responde—. Da la impresión de que la gente dispara por disparar… Me resulta insoportable la actitud de la gente en los actos públicos. Muchas veces veo a la gente haciendo fotos y pienso ‘¿qué querrá sacar?’ Pero es que ni el ojo ni la mirada se consiguen fácilmente. No creo que la sensibilidad sea solo de nacimiento. Lo que sí creo es que hay que formarla y cultivarla. Lo que llamamos en arte ‘caldo de cultivo’, cosa que en esta vida superficial que nos ha tocado vivir no es tan fácil de conseguir».
Manuel Martín hojea su libro y se sumerge en sus propias reflexiones. «¿Qué siento cuando veo estas fotos ahora? Muchas cosas. Que se me ha pasado una vida sin enterarme, que las quiero mucho porque son como hijos míos... y que siento no haber realizado más». Y aunque el archivo conjunto de los Martín —padre e hijo— está en manos del Ministerio de Cultura, que lo compró en 2011 («han prometido enviarme todo el archivo escaneado»), Martín las siente muy cerca. «Éstas del libro creo que serán para el público las más sorprendentes, a mí mismo me sorprenden hoy. Me parece incluso extraño que yo las hiciera...».