Diario de León

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Antonio paniagua

Felipe V, duque de Anjou y primer Borbón que reinó en España, estaba loco de atar. Obsesionado a partes iguales por el pecado y el sexo -no había día en que no practicase el coito-, introdujo en el país ejercicios y posturas amatorias hasta entonces desconocidos. Nieto del Rey Sol, no dejaba que ningún rayo del astro rey le tocara, porque creía que cualquier haz de luz natural destruiría sus órganos vitales.

Cuando se trasladó la corte a Sevilla, unos súbditos le encontraron enajenado y en una pose extraña. Les confesó que era un sapo. «Su pasión enfermiza por el sexo se transformó en grandes remordimientos. Y luego, cuando vino a España, sus problemas mentales se agravaron. Él no quería reinar», explica la escritora Mari Pau Domínguez (Sabadell, Barcelona, 1963).

Recrea Domínguez la trastornada existencia del monarca en la novela La corona maldita (Grijalbo), un libro que empezó a cuajar en su mente cuando comenzó a pensar, anticipándose a todos, que la abdicación del rey Juan Carlos estaba cerca. También Felipe V abdicó -cedió el cetro y la corona su hijo Luis I-, aunque recuperó el trono y gobernó por espacio de 45 años, un hecho insólito para un monarca sin ambición de ejercer el poder.

En sus peores crisis, el rey tronado pasaba largas temporadas sin salir de la cama. Sucio, sin afeitar y vistiendo andrajos, jamás autorizaba que le cortaran el pelo o las uñas, que se enroscaban como caracoles en los dedos de sus pies hasta impedirle andar. Los historiadores no se ponen de acuerdo a la hora de establecer un diagnóstico: unos le atribuyen trastorno bipolar, otros esquizofrenia, «aunque todos coinciden en advertir rasgos evidentes de paranoia». «Sufría alucinaciones, temía que le envenenaran por el mero hecho de llevar ropa blanca».

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