Combates de puño y letra
l Demipage publica las mejores historias de los grandes de la literatura sobre el boxeo.

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N ingún deporte como el boxeo ha tenido mejores escritores que lo cuenten. Truman Capote, Norman Mailer, Gay Talese y Jack London lo ensalzaron en crónicas periodísticas. Cortázar lo adoraba. Y Hemingway, cuando quería que sus fiestas fueran todo un éxito, reclutaba a unos cuantos chicos del gimnasio con la nariz rota para que amenizasen la velada. Hoy el pugilismo está en decadencia, pero hubo una época en que ese deporte inspiraba a novelistas y cineastas. El siglo XX ha dado auténticas joyas de ese hermanamiento entre el cine, la literatura y la fotografía. Y aún hay quien cree que merece la pena aunar el ring con la palabra escrita. Es el caso de la editorial Demipage, que publica Besos a la luz de la lona , una recopilación de cuentos y textos que hablan del coraje y el sacrificio, de la derrota y la humillación. Desde que Arthur Conan Doyle y Jack London vieron en el boxeo una metáfora de la condición humana, son muchos los hombres de letras que han caído seducidos por la épica pugilística. Norman Mailer inmortalizó algunos de los mejores duelos de la historia, como la revancha que Muhammad Ali y Sonny Liston se concedieron en mayo de 1965, cuando el combate apenas duró un minuto y 42 segundos.
No podía faltar una obra maestra del género como Por un bistec , de Jack London, todo un clásico de la literatura boxística. London cuenta la historia de un púgil que anhela tumbar al contrario para llevar a su casa un trozo de carne con que comer. También comparecen como autores Ray Loriga, Juan Villoro, Francisco Ayala, Gonzalo Suárez, Roberto Fontanarrosa, Fernando León de Aranoa, Liliana Heker, Abelardo Castillo, Armando López Salinas, Eduardo Berti, Eduardo Arroyo, Joan de Sagarra, Ana María Shua, Juan Carlos Onetti, Ricardo Piglia y Eduardo Halfon, entre otros. La antología es un modo de homenajear al boxeo, necesitado, según el crítico literario Enrique Turpin, «de restituir cierto orgullo y honor a un deporte visto, por una parte, como enseñanza de vida y, por otra, como la lucha contra el destino». Los compiladores han dado cabida a todas las categorías, desde el peso pesado al paja, desde el cuento largo al microrrelato. Turpin ha emparejado a los autores en diez asaltos, en función de la extensión de sus obras.
Eduardo Arroyo, amante del boxeo, firma el ensayo titulado Los ademanes de la soledad. Nada extraño que un entusiasta de la geometría del cuadrilátero como Arroyo quisiera participar en la antología. Para el artista el pugilismo es un espectáculo crepuscular, un «rito en el que sus servidores —los combatientes— son los hijos de la modestia, de la esclavitud, de la pobreza».
La literatura pugilística trasciende el tópico, ese que ve sólo al boxeador como un desecho humano que mea sangre o está sonado. Lo demuestra el guatemalteco Eduardo Halfon. Su abuelo judío pudo escapar de una muerte segura del campo de exterminio de Auschwitz gracias a un boxeador polaco que le aleccionó sobre lo que tenía que decir y callar cuando le interrogaran los alemanes. Una hermosa manera de huir del estereotipo y recurrir al boxeo para contar una historia en que se anudan el azar y la supervivencia. Ray Loriga, que adoptó el nombre del mítico Sugar Ray Robinson, recuerda que de niño quería ser negro, como Muhammad Ali. Ya de adulto pudo preguntarle una vez a Alfredo Evangelista cómo logró aguantar en pie la paliza.