Diario de León

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Vidas de posguerra

ESTE VIERNES SE CUMPLIERON LOS 20 AÑOS DEL ADIÓS DE LA NOVELISTA ASTURIANA DOLORES MEDIO (1911-1996), QUE TUVO UNA MADUREZ COMBATIVA DESPUÉS DE DÉCADAS DE RESIGNACIÓN, APLACADA POR LA ESTELA DE SU DERROTA BÉLICA. divergente

Imagen de la escritora asturiana Dolores Medio

Imagen de la escritora asturiana Dolores Medio

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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S u premio Nadal 1952 —Nosotros, los Rivero — dejó en la estacada e inédita La ciudad sin horizontes’, de nuestro paisano de Montejos Severiano Fernández Nicolás, que tres meses antes había visto relegada Tierra de promisión en el Planeta. Nosotros, los Rivero tuvo una difusión importante, pero es una novela inmadura y coartada, que no alcanza a decir lo que cuenta. De hecho, su autora buscó nuevas versiones del relato, más maduras y menos cohibidas, en Diario de una maestra (1961) y en sus memorias Atrapados en la ratonera (1980), para evocar la experiencia bélica en el cerco de Oviedo que marcó su vida. Era la época en que el Nadal, alentado por el hallazgo de Laforet, su primera ganadora, había estrenado la década con Elena Quiroga y ensartaría en los cincuenta los nombres de mujer de Dolores Medio, el gatillazo de Forrellad y la voz resuelta de Carmen Martín Gaite y Ana María Matute. Pero aquel 5 de enero de 1953 el Nadal perdió la oportunidad de descubrir al Fernández Santos de Los bravos , al maduro Vicente Risco de La puerta de paja o a la joven Josefina Aldecoa con La casa gris . Desde luego, vistas sus obras, Nosotros, los Rivero no fue la mejor opción.

DIARIO DE UNA MAESTRA

Dolores Medio publicó otras dos novelas de ambiente madrileño en los cincuenta: Funcionario público (1956), sobre un modesto empleado que soslaya la rutina de su vida a base de fantasía, y El pez sigue flotando (1959), donde Lena Rivero nos acerca el universo galdosiano de una casa de vecindad. Lena Rivero es la escritora famosa que vuelve a Oviedo para revivir el pasado. Si en su primera novela nos cuenta la decadencia de una familia y el aletargado ambiente provinciano que la asfixia, en Diario de una maestra (1961) empezará a llamar las cosas por su nombre: Irene Gal es el trasunto de Dolores Medio, víctima de un desengaño amoroso en el escenario trágico de la guerra. Su maestro, tutor y amante Máximo Sáenz la abandona al salir de la cárcel para casarse con una mujer rica. Unos episodios sobre los que volverá, ya sin disfraces literarios, en sus memorias Atrapados en la ratonera (1980). Ahí repasa su etapa de maestra ilusa en Intriago, cerca de Covadonga, Pravia y Nava, antes de ser desterrada a Pereda, en las Hurdes asturianas, y recibir en la cárcel de Castropol el desplante de su amor. Regresa a la escuela de Nava en 1940, pero el ambiente irrespirable de sospechas a su alrededor la empuja a dejar la enseñanza en 1945, al recibir el premio Concha Espina convocado por el diario Madrid, y a emprender una nueva aventura en la capital, dedicada al periodismo y la literatura, sin atender los reclamos de Bernardo Vega, su pretendiente en la vida real. Sólo al final de la dictadura, en 1975, reingresa como maestra en el pueblo madrileño de Cenicientos, hasta su jubilación en 1978.

CELDA COMÚN

En la capital, se hace cargo del consultorio sentimental del diario Madrid con el seudónimo de Amaranta, estudia Periodismo, cuyo título obtiene en 1951, y trabaja en una escuela infantil. Además, colabora en la revista Domingo y funda la revista literaria Ática, en 1956. Mediada la década, había abordado en Compás de espera (1954) el drama de los mineros asturianos atrapados en un derrumbe, y ya en los sesenta, cuando empieza a disfrutar los beneficios de la adaptación a la televisión de sus novelas y cuentos (alguno, como Patio de luces , realizado por Pilar Miró), toma la decisión de mostrar su solidaridad con las mujeres de los mineros maltratadas en Asturias aquellos días de furia y silencio, manifestándose en la Puerta del Sol junto a Nuria Espert, Aurora Bautista, Concha Lagos, Gabriela Sánchez Ferlosio y otras doscientas mujeres. Detenida entonces, estuvo presa en la cárcel de Ventas, al negarse a pagar la multa que le impusieron de 25.000 pesetas. Plasmó la experiencia en la novela Celda común, prohibida por la censura, que sólo pudo ver la luz en 1996. Un testimonio descarnado sobre el lado más siniestro de la dictadura.

‘BIBIANA’

Bibiana (1963) inaugura una trilogía fallida: Los que vamos a pie, de la que sólo vieron la luz dos títulos. Bibiana focaliza su mirada realista en una familia madrileña de la pequeña burguesía proletarizada, cuyo espíritu representa, sacrificándose por los suyos sin exigir recompensa. Vigila la educación de los hijos, a quienes arropa cuando les toca buscar empleo, y suelda con abnegación la difícil unidad de una familia sometida a los embates y tentaciones de la gran ciudad. Los diálogos sintonizan con el lenguaje popular madrileño, sin incurrir en el pintoresquismo, y avalan su propósito documental. La otra circunstancia (1972) recoge la tercera parte del ciclo y nos muestra los afanes de Marcelo, el marido de Bibiana, a quien trastorna un atisbo de prosperidad económica, que lo conduce al empobrecimiento moral. También a mediados de los sesenta ven la luz la novela corta El señor García (1966) y el libro de relatos Andrés (1967), que incluye el premiado con el Sésamo en 1967, donde muestra con tono patético la miseria de los niños pobres objeto de explotación. Farsa de verano (1973) y El fabuloso imperio de Juan sin Tierra (1981) fueron sus últimas novelas, donde el humor y el retorno a los orígenes marcan la senda del declive.

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