La gran odisea de publicar un clásico
l Una reflexión sobre la ficción y sobre cómo los editores, a veces, se topan con joyas «ineludibles». tEÓFILO Y LAS BESTIAS DE LA CATEDRAL Mari Paz Brasas Ilustrado por Raquel Ordóñez. Rimpego, León, 2015. 88 páginas

RAQUEL ORDÓÑEZ
V ladimir Vladimirovich Nabókov, aristócrata ruso venido a menos, vividor refinado, tenista de salón, entomólogo fanatizado, ajedrecista descreído, fisgón recóndito, mente voraz y narrador lúcido y lúdico, esculpiría un pulcro epitafio para la literatura: «El arte de escribir es una actividad fútil si no supone ante todo el arte de ver el mundo como el sustrato potencial de la ficción». Vivió el tramo final de su vida derrochando los derechos de la obra que le diera fama y dinero: Lolita . Desde su habitación (65) del hotel Palace de Montreux (Suiza), Vladimir veía cada tarde el perfil ardiente de los Alpes reflejándose en el lago Leman. Luego regresaba a sus lepidópteros o a sus cuadernos.
Lolita se salvó del fuego in extremis, Véra, la esposa del autor, arruinó la manicura por rescatarla de la chimenea. Y todo para que, una tras otra, cinco prestigiosas editoriales la rechazaran, sumiendo a Vladimir en el abatimiento. A la desesperada, los sobres con el original comenzaron a remitirse a sellos de menos caché, impropios, desde luego, de un genio. La parisina Olympia Press estaba dispuesta a incluir la novela en su (vulgar) catálogo de obras eróticas. Y Lolita llegó al fin a los escaparates (1955). Por poco tiempo, pues el ministro del Interior de Francia ordenaría decomisarla bajo acusación de «contraria a las buenas costumbres». Pero Grahan Greene, tal vez por hacerse notar en la polémica, la declaró «el mejor libro del año». Esta frase y los derechos sobre la versión cinematográfica —dirigida por Stanley Kubrick— hicieron rico a Vladimir.
Italo Calvino, en un ensayo tan reiterado que causa sonrojo citarlo otra vez, escribe: «Hubo un tiempo en que, para mí (...), Hemingway era un dios». (Y a continuación, en media docena de hojas, lo crucifica: Calvino era un borde). Disparó espontáneamente la hipérbole y dio en el blanco, sin pretenderlo, que llevaba probadas catorce definiciones para «clásico» y todas ahormaban a la fuerza.
Ernesto Sábato, para dedicarse febrilmente a la creación literaria, había abandonado una prometedora carrera en el instituto Curie de París. Hacia 1963 publicó un tratado cuasi científico sobre el impulso creador: El escritor y sus fantasmas . Y lo culmina llevándole la contraria a Calvino: «Los hombres escriben ficciones porque están encarnados, porque son imperfectos. Un dios no escribe novelas».
Elegida la vía estrecha de la bibliografía, no es difícil dejar una rueda en cada raíl, aunque en sentidos contrarios. ¿Pero podemos —o debemos— esquivar la confesión de un Pessoa? «Estoy casi convencido de que nunca estoy despierto. No sé si no sueño cuando vivo, si no vivo cuando sueño, o si el sueño y la vida no son en mí cosas mixtas, intersecadas, de las que mi ser consciente se forme por interpenetración».
George Raymond Richard Martin le hace decir a uno de sus personajes: «Un lector vive mil vidas antes de morir. Aquel que nunca lee vive solo una». No resulta una referencia muy académica (se lee en el volumen Danza de dragones de la serie Canción de hielo y fuego ) pero es una verdad poderosa. Leer es vivir. Leer nos agranda. Ese es el poder de la literatura, y esa es la enorme pérdida que soporta quien la desdeña: su vida no es más que modesta experiencia; o sea, alrededores.
El noble Nabokov tenía razón: «El artista maestro asciende por la ladera sin caminos trazados; y una vez arriba, en la cumbre batida por el viento, ¿con quién diréis que se encuentra? Con el lector jadeante y feliz». Y así llegamos, al fin, al propósito de esta letanía: clásico es un libro que cambia nuestra percepción del mundo. ¿Y editarlo?
Hay originales que te cortan la retirada en el primer folio y no te dejan más alternativa que devorarlos. Ahí hay un buen libro. Pero es al doblar la última página cuando se descubre un clásico.
Teófilo y las bestias de la catedral es un clásico de camino. Un niño protagoniza, en el entorno de la Catedral leonesa, disparatadas aventuras llenas de fantasía y humor. Pero eso es solo la cobertura: hay un mar de fondo que atiende a la soledad, el desamparo, la amistad, el amor y la lealtad. Conceptos que forjan al ser humano. La etiqueta completa que puede colgarse a un clásico.