poesía
Subirse en marcha
clima mediterráneo Luis Bagué Quílez Premio Tiflos de Poesía, Visor, Madrid, 2017. 64 pp

D esde su primer libro, Telón de sombras (2002), cada poemario de Luis Bagué Quílez ha venido precedido de un premio de poesía. Pero lejos de caer en reiteraciones, cada poemario es siempre un avance con respecto a los anteriores, temáticamente o como construcción formal. En el penúltimo, Paseo de la identidad (2014), aparecía ya la palabra desenfadada e irónica que entrevemos en el que ahora reseñamos, Clima mediterráneo. El propio título aprovecha un sintagma muy frecuentado por la meteorología: es un procedimiento que le rinde beneficios artisticos en otros poemas en los que la frase hecha o la voz común recibe nuevos usos, generalmente irónicos.
Una primera serie de poemas se centran en ese mar que resume las vicisitudes humanas, el mar de todas las historias, de todas las leyendas, de las más altas empresas y las tragedias más brutales, como las que se originan en las migraciones actuales. No hace falta que el poeta lo refiera con pelos y señales. En sus versos intuimos un mar de vencedores y vencidos, de amos y esclavos, descubridores y aventureros. Por eso puede decirse que no hay un solo Mediterráneo, sino muchos, porque cuando no es un mar negro es un mar rojo, como sugiere el poeta.
Al final de cada poema de la serie, unos versos en cursiva evocan de modo no literal palabras de Colón, de Jovellanos y de otros, reflejo débil de la mucha erudición y sabiduría de un poeta como Luis Bagué, lector impenitente y sensible, a cuya obra afluyen lecturas y versos memorizados que enriquecen la propia poesía y que da cuenta de la posibilidad de ahormar la tradición y la actualidad, pues junto al poeta que compone una excelente écfrasis sobre «Las Meninas» de Velázquez, «La familia de Carlos IV» de Goya o «La familia de Juan Carlos I» de Antonio López, está el usuario de las redes sociales, del twitter y el facebook, capaz, asimismo, de componer veintitrés «haikus impuros» al AVE, los dos últimos de los cuales dicen así: «Si un tren pasa dos veces, / desconfía: / ya no es el mismo tren. // ¿Y si pasa tres veces? / Es probable que tú / no seas el mismo». El poeta no vive en un mundo aparte; en su cabeza desaguan juntos los ríos de la tradición y los de la modernidad; sabe que el Locus amoenus no es ya el huerto de Fray Luis, sino, percibiendo la ironía, la pantalla que uno lleva consigo a todas partes. Por eso propone no quedarse al margen, sino «subirse en marcha» al tren que pasa, sobre todo si solo pasa una vez.