Diario de León
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nacho abad
León

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E l lunes nació mi hija. Llegué a casa el domingo después del trabajo. Ya había anochecido. Mi mujer estaba en el baño. Había un charco de líquido amniótico junto a la cama, al lado de una maleta de viaje. Hablamos. Ella me tranquilizó, me recordó que no había por qué salir corriendo, que podíamos ir con cierta calma al hospital. Cogí la maleta y un libro de la mesita y nis fuimos. Al llegar, después de varias pruebas, nos condujeron a una habitación en penumbra. Nos dijeron que aún tendríamos que esperar, y que la oscuridad era mejor para que la madre se relajase y descansara. Mi mujer se acostó en la cama y una matrona colocó sobre su vientre dos correas elásticas con sensores. Servían, nos explicó, para leer las constantes vitales de mi hija. Yo me senté en una silla, con el libro cerrado entre las manos, a esperar. De vez en cuando miraba los números que proyectaba la pantalla del monitor, sin llegar a entender qué pretendían significar. Al cabo de un rato volvió la matrona y nos dijo que la lectura del monitor indicaba que el momento se acercaba. Pulsó un botón y la máquina emitió un sonido lleno de niebla, como el de una antigua película donde una manada de caballos galopara sobre una tierra quemada. Lo que esta máquina en realidad está leyendo, pensé, es una novela del oeste. Ahora mismo los caballos se precipitaban ladera a abajo, con el traqueteo de un desprendimiento de rocas. Y nosotros allí seguimos un rato más, yo con un libro cerrado, mi mujer, con sus dolores y sus correas, los dos juntos en la oscuridad.

Al rato nos llevaron a otra sala, y allí desnudaron a mi mujer y a mí me vistieron con una bata, un gorro y unas calzas. Este proceso, deduje, es así, con mi mujer hacen una cosa y conmigo la contraria. La sala se llenó de gente. Entonces todo se precipitó. Ya llevábamos doce horas en aquel hospital, cansados, despiertos. Todas las luces se encendieron. Una mujer subió sobre el vientre de mi mujer; vi cómo otra cogía un bisturí. Yo agarré algo, tal vez el libro, no lo sé. Luego oí la risa alegre de una matrona, seguida de un llanto. Es preciosa, dijo alguien, y yo asentí. Su cuerpo húmedo y desnudo sobre el pecho de mi mujer. Mi hija. No os lo creeréis: es la primera vez que he escuchado esas dos palabras juntas.

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