Diario de León
Publicado por
nacho abad
León

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N o podía dormir, así que con cuidado de no despertar a nadie abandoné la cama y fui a mi cuarto, y me senté en mi escritorio, frente al ordenador apagado. Encendí una lámpara que da una luz mínima, amarilla y pobre, y que sólo servía para iluminar la mugre de la pantalla. Tras el polvo y las huellas dactilares, vi el reflejo de mi cara de sueño. En mi rostros oscurecido por el cansancio, los ojos habían declinado en dos sombras tubulares, como los ojos de una calavera. Entonces tuve la sensación de que si todo lo que he escrito hasta ahora, en vez de con un ordenador encendido lo hubiera hecho con un ordenador apagado nada habría cambiado demasiado. Porque, contra lo que indica el cliché clásico, nada de lo escrito permanece. Todo se evapora, se esfuma y no nos deja más que eso, un reflejo en una pantalla vacía tras la que se ha perdido el rumor de los amantes adolescente en el patio de un instituto, en una ciudad de provincias; las historias que se cayeron por el camino desde el camión de la mudanza; el extraño trayecto que hace un hombre del amor a la derrota, de la pasión al salario; el sonido que emite al romperse el alma humana; una polilla que tras un silencio en medio de una conversación se posa sobre un sucio ventanal, bajo la luz gastada de una tarde de otoño, en una ciudad junto a un mar del Levante; un corazón humano que aún late en una olla caníbal, y cuyo sonido tiene el ritmo de yambos, de versos que podrían abrir las puertas de Infierno; la vida secreta de la hija secreta de Dios; la noche en la que conocimos el tamaño del mundo, la vejez de la estrellas, la historia clínica de todas las palabras que se convirtieron en aviones de latón, en hipocampos de papel, en corazones de hojalata; la canción muda que en el orfanato cantaban de memoria los niños huérfanos; la leyenda que figuraba en el anillo de mi amante asesinada por su amado; las últimas palabras que se dijeron al auricular de la última cabina telefónica de mi ciudad: el frío de la infancia que ya no vuelve; los nidos de las cigüeñas abandonados en los campanarios de los pueblos abandonados; también este artículo que nadie está leyendo, porque está escrito pulsando las techas de un ordenador que en una noche de insomnio olvidé encender.

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