Diario de León

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Melodías leonesas

AYER SE CUMPLIERON OCHENTA AÑOS DEL FALLECIMIENTO EN EL MADRID BÉLICO DEL MÚSICO LEONÉS ROGELIO DEL VILLAR (1875-1937), CATEDRÁTICO DEL CONSERVATORIO Y COMPOSITOR. CON MODESTIA INFRECUENTE EN EL MUNDO DEL ARTE, DEDICÓ UNA PARTE ESENCIAL DE SU OBRA A RECREAR MELODÍAS PRENDIDAS DE SU NOSTALGIA LEONESA. divergente

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ERNESTO ESCAPA
León

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D urante demasiado tiempo, muchos leoneses dimos por sobreentendido que carecíamos de paisanos ilustres en la música, quizá para sobrellevar el rótulo muy secundario de Castro Ovejero al frente del conservatorio. Porque nuestra posguerra ‘a la luz del cigarro’ limitó sus melodías a los chunda-chundas de Odón padre y Berrueta, con el alivio de la breve adopción de Ángel Barja y la dilatada de Cristóbal Halffter. Odón y Berrueta abrevaron sin reparos en el trabajo previo del bañezano Manuel Fernández-Núñez para sus compilaciones folclóricas, desoyendo una tradición silenciada de composiciones leonesas, en la que se inscriben nuestro músico de la edad de plata Evaristo Fernández Blanco y sus precedentes Rogelio del Villar y Pedro Blanco.

Al centenar largo de Canciones y danzas leonesas para piano de Villar, cuya edición dedica al intelectual Publio Suárez Uriarte (uno de sus vínculos leoneses), se suma una suite para cuarteto de arco, que respira los aires de la montaña del partido de Murias de Paredes, especialmente las comarcas de Babia y Laciana. Referencias que rezuman melancolía y nostalgia. Porque Villar es un músico intimista. Cada una de sus canciones leonesas se prende del texto popular y de la melodía que lo inspira, a veces glosada y otras exprimida hasta el destello, sin incurrir en lo folclórico, tomando el vuelo del lied español.

El éxito de estas melodías de timbre leonés no se limitó a los ambientes de Madrid, sino que ya en 1910 fueron interpretadas en El Havre, en un concierto protagonizado por Falla. La soprano Rachel Lau cantó Elegía de otoño y Ojos que habéis hecho llorar a mis ojos, de Villar, traducidas por Henri Collet. El temperamento lírico de Villar rige esa parte de su creación, inscrita en la órbita del ‘arte para humildes’ preconizado por el maestro institucionista Manuel Bartolomé Cossío, quien estimula los «puros encantos de la fantasía primitiva, clara, ingenua, modesta y sobre todo abnegada, sin pretenciosos alardes de originalidad innovadora». De hecho, el conjunto de esta obra leonesa contraviene los predicamentos de su ensayo El sentimiento nacional en la música española, aunque sin atender la enmienda en su radicalidad, porque conviene apreciar «ese suave y delicado aspecto campesino que no abandona nunca sus composiciones y les presta un encanto singular», según el maestro exiliado Adolfo Salazar.

Como crítico, Villar expresó su postura en el libro Soliloquios de un músico español, optando por la exigencia de un arte eterno, frente a los defensores del arte nuevo: «No hay novedades en el arte. Todo está en el pasado. No hay más que la personalidad creadora, que se tiene o no se tiene. Tratar deliberadamente de hacer en arte algo nuevo es una manera de impotencia. Lo nuevo surge espontáneamente de la personalidad del artista». Tratadista de prestigio, Villar se ocupó del rumbo de la música española, optando por el venero del folklore frente al casticismo de zarzuela o las influencias impresionistas. Resultó un precursor poco moderno. Precisamente, uno de sus ensayos más difundidos fue La falacia del «arte nuevo», que vio la luz en la Biblioteca de la Unión Musical Española.

Valedor de la música en las escuelas y estudioso de sus contemporáneos (compositores, concertistas y críticos), puso melodía a poemas de autores de culto, como Juan Ramón Jiménez, y construyó una obra en la que sobresale el paisaje musical. La crítica ponderó su destreza para dar vuelo musical a la poesía: «canciones de poetas excelsos a los que Villar ha sabido acompañar en su elevación lírica, creando en su compañía esa armoniosa obra de belleza que es el ‘lied’. Las canciones de Rogelio del Villar, sencillas, llenas de emoción y sentimiento, son, ante todo, obras para la voz». Juan Ramón confía satisfecho en una carta a su hermano Eustaquio que está con el maestro Villar en casa, «entregado a la tarea de poner música a todo un libro mío». Por su parte, Baroja, que no tuvo un prodigio de oído, lancea en sus memorias el afán de nuestro paisano por estropear melodías populares, sin añadirles ninguna gracia. En su obra musical, se ensartan canciones leonesas, poemas sinfónicos de estreno orquestal, como Las hilanderas (1915), inspirado en el cuadro de Velázquez, y ritmos bailables de salón que no olvidan las raíces, como el vals Riolago, que nombra el solar babiano de sus veranos. Rogelio del Villar falleció ayer hizo 80 años, en el otoño bélico de Madrid, donde permaneció incluso cuando sus compañeros del conservatorio fueron evacuados con el gobierno a Valencia.

Rogelio del Villar dio lo mejor de sí en la docencia, desde su cátedra del Conservatorio de Madrid, y en la divulgación, con la puesta en marcha de la revista Ritmo (1928), que aún se sigue publicando. En 1912 participa en la fundación de la Universidad Popular, donde imparte 87 lecciones de Historia de la Música , que recoge en su libro La Música en las Escuelas . Casado en 1919 con la vitoriana Luisa Sánchez Hervás, tuvieron tres hijos. Su discípulo Enrique Franco lo inscribe en la generación de los precursores, que engloba a los músicos nacidos entre 1864 y 1878. Los mejor formados de ellos tienen un marcado interés por el lied, que es la canción a una voz acompañada por piano. Voz del agua, con resonancias montañesas, es uno de sus títulos destacados del género. La soprano Marta Arce y el pianista Jorge Robaina han dedicado un disco a la producción liederística de Rogelio del Villar.

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