La tierra de los mil y un nombres
La literatura leonesa es excepcionalmente rica en espacios míticos creados a partir de geografías reales . Filandó n Región, celama, lot, maqueda, petavonium, valdecruces, noroeste... son lugares donde se entrecruza lo real con lo soñado y en los que sus creativos artífices reinan de modo absoluto La novela de Juan Benet ‘Región’ da nombre a una gran exposición doble que puede verse en León y en Cerezales «Estas invenciones consiguen universalizar espacios personales, pasar de lo local a lo global»

Acacio
«Es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real —porque el moderno dejó de serlo— se ve obligado a atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable». Así comienza Volverás a Región, la novela de Juan Benet que junto a El Jarama y Tiempo de silencio acertó a renovar la narrativa española de los cincuenta y sesenta, y que está de actualidad tanto por cumplirse este año el medio siglo de su publicación como por dar nombre (y contenido, entre decenas de otras creaciones, documentos e intervenciones) a la ambiciosa exposición Región (Los relatos). Cambio del paisaje y políticas del agua que puede verse hasta el 27 de mayo en el Musac de la capital leonesa y en la Fundación Antonino y Cinia de Cerezales del Condado.
La novela sumerge al lector en un universo geográfico en el que las almas aparecen tan torturadas como los paisajes, una historia de emociones intensas y sufrimientos agudos donde la tierra de Región añade un protagonista más, sino superior, al resto de personajes de la obra. De esa manera bautizó Benet —ingeniero madrileño encargado de elevar la presa del pantano del Porma— a León y más en concreto a su montaña, un nombre paradójico o literariamente idóneo para el único territorio histórico español que no alcanzó su autonomía y que por tanto está ausente de la nómina de las ‘regiones’ oficiales del Estado.




Fotos: ACACIO, SECUNDINO PÉREZ, ARCHIVO, ALBERTO CALVO
Pero la costumbre de disfrazar espacios geográficos reales bajo nombres míticos no supone ninguna rareza en el ejercicio de las letras. No lo es de forma general en la literatura universal e hispánica (Macondo, el pueblo de Cien años de soledad, de García Márquez, sería el ejemplo más señero), y tampoco en la leonesa: de hecho, nuestros autores han venido observando una acusada tendencia a inventar pueblos, comarcas, municipios y demarcaciones. Entre los más conocidos, Celama, álter ego del Páramo leonés que el escritor y académico de la RAE Luis Mateo Díez ha elevado al olimpo narrativo con la trilogía formada por El espíritu del páramo, La ruina del cielo y El oscurecer, y también la citada Región benetiana. Celama es un territorio hostil y sediento, desamparado en todos los aspectos, en el que Mateo Díez, un maestro en la construcción de personajes al límite, convierte en árido teatro del mundo y de la condición humana. El lacianiego ya había bosquejado en Las estaciones provinciales una ciudad innominada que responde claramente a los perfiles de León, y La fuente de la edad y Apócrifo del clavel y la espina se asentaban en geografías correspondientes con la Montaña Occidental (La Omañona, Valtuera, Lutarieto, Castrocandín...), aunque ha sido Celama el país con fronteras más reconocibles y que mejor parece adecuarse a la personalidad creativa de su artífice.
«A mi juicio, no es que deseen camuflar lugares leoneses concretos, ni mucho menos, sino que en muchos de estos autores se aprecia una clara voluntad de universalizar sus espacios personales —aprecia Alfonso García, profesor, escritor y colaborador del Diario—, dado que en algunos momentos la literatura geográfica o regionalista no gozaba de buena prensa. Por otra parte, cuando es así, el lector no asocia con frecuencia la intencionalidad narrativa sino la descripción física pura y dura, lo que no deja de ser un notable impedimento».
Y hay más: el mundo del suroeste leonés y de los valles zamoranos, con las sugestivas huellas dejadas tras el paso de muchas gentes a lo largo de los siglos, está condensado en Petavonium, nombre de una ciudad romana que Antonio Colinas ha convertido en escenario de gran parte de su poética más personal. José María Merino llamó El Reino Secreto a un sugestivo solar ibérico de aldeas perdidas, tamboriteros sin heredero y tallas de iglesia que cobran vida, y Juan Pedro Aparicio alzó su particular ciudad de provincias en Lot, con sus mezquindades, inercias, personajes insólitos y pequeñas maravillas ocultas (El año del francés, Retratos de ambigú, La forma de la noche y El viajero de Leicester). Victoriano Crémer dibujó a la perfección la ciudad de posguerra, gris y ferroviaria, de hornillos fríos y ceños proletarios, al dar forma a Maqueda, y Antonio Pereira englobó en el genérico Noroeste su delicioso e inconfundible ambiente berciano y norteño, abundante en casas de losa, pequeños tenderos, tratantes de feria, cafetines, coadjutores, casas de niñas y besos detrás de las tapias. Por fin, en el clásico La esfinge maragata, de Concha Espina, la aleación de todos los temples arrieros se llama Valdecruces. Pero hay más. Porque hasta La Mancha, pese a su nombre, es considerada por algunos como el escenario imaginario por excelencia, literariamente transfigurada en el Quijote. Por ello, y de alguna manera, hasta los libros de viajes Tierra mal bautizada, sobre Tierra de Campos, de Jesús Torbado; El río del olvido, de Julio Llamazares, hilvanando el Curueño; los montañeses Romances del Moro Qil, de Ángel Fierro; o Los caminos del Esla, de Merino y Aparicio, y El Transcantábrico, de este último, dibujan espacios personalísimos aunque se refieran a comarcas muy concretas.
Ámbitos de libertad
Tampoco el escritor, crítico, editor y periodista Ernesto Escapa cree que tales fundaciones respondan «al pudor de esquivar la referencia a los escenarios», sino más bien «al diseño de un lugar donde las únicas limitaciones de la ficción y el estricto compromiso del creador sean con sus personajes y sus actuaciones», defiende. «Por otra parte —continúa—, yo diferenciaría radicalmente los territorios de ficción de los topónimos literarios, cuya pretensión convive con los datos narrativos suficientes para que cualquier lector pueda identificar a Vetusta con Oviedo (La Regenta, de Clarín), a Valdecruces con Castrillo de los Polvazares, a Umbría con Pamplona (en los libros del navarro Sánchez-Ostiz) o a Lot con León».
«La fundación de espacios literarios adquiere todo su sentido cuando dan albergue a construcciones simbólicas cuyo alcance va mucho más allá de unos parámetros realistas. A ese requerimiento responden la Comala de Rulfo, el condado de Yoknapatawpha de Faulkner, la Región de Benet, el Macondo de Gabriel García Márquez o la Celama de Luis Mateo Díez. También la fraga de Cecebre donde instala Wenceslao Fernández Flórez su Bosque animado. Son lugares donde historias y personajes prescinden de criterios racionales, dando vuelo a pasiones o ambiciones desmedidas, pero que encajan perfectamente en ese ámbito».
Un solo territorio real, muchos mundos de ficción. Una invitación, a fin de cuentas, para atreverse a explorar uno y otros.