Diario de León
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nacho abad
León

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H ay una literatura de ficción que sirve para comprender el mundo, y una literatura de la realidad, que sirve para querer superarlo. Cuando leemos que una historia es real tenemos que ponernos en lo peor: si lo advierten es porque probablemente sea increíble. Ya lo dice el cliché, lo real supera a la ficción. No sólo eso. Lo real nos lleva a ningún sitio, a ninguna parte, que es hacia donde nos dirigimos, por más empeño que ponga la ficción en el destino, en la meta, en el fin para el que cada uno ha nacido. No pintamos mucho aquí, lo cual explica todos los comportamientos mezquinos que nos propinamos. Por ejemplo, el machismo. O la política. Machismo y política son dos de los estadios más bajos del comportamiento humano. Normal que se lleven tan bien, y que hayan acompañado al hombre (y a la mujer), desde que tenemos memoria (esto es, desde que escribimos nuestra historia).

Laetitia o el fin de los hombres (Anagrama, 2017) es un relato anfibio construido para señalar los flancos a menudo ocultos del patriarcado. ¿Cómo un crimen terrible en una pequeña localidad francesa puede ser utilizado por los políticos para imponer sus políticas injustas? ¿Cómo opera la lógica de un espectador, que también es un ciudadano, un vecino y un votante, cuando la prensa señala que el asesino de una adolescente es un condenado por delitos sexuales, sin detallar que ésa es una verdad a medias? ¿En qué momento para los legisladores la justicia comienza a ser cómplice de los criminales por aplicar las leyes que ellos nos dieron? Ivan Jablonka elige el asesinato de una adolescente a manos de un criminal reincidente para hacer un análisis profundo de una sociedad afectada por todos los males que padecen las democracias europeas en esta segunda década del XXI, a saber, un machismo que ha dejado de ser tabú y se muestra en toda su dimensión monstruosa y criminal, los recortes en bienestar, el populismo, un liberalismo libre de ideología y compasión, la prensa caníbal que reescribe el relato una y otra vez hasta llegar a desdibujarlo, y sobre todo, la gula de poder de una clase política (representada en Francia por Sarkozy, pero para la que nos sobran aquí ejemplos de gobernantes) demasiado interesada en caer de pie, como para pensar en hacer justicia.

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