Diario de León

alberto r. torices escritor

«La escritura es una muleta para sobrellevar una cojera»

«Los nuestros son tiempos que ponen en evidencia, mejor que nunca, lo estúpidos y egoístas que somos» «Sigo sintiendo el miedo a hundirme si suelto la tabla de la literatura y quizá ese sea la trampa mayor» «Leer es un síntoma de buena salud y, sin embargo, escribir lo es de que estamos enfermos»

f. otero perandones

f. otero perandones

Cristina Fanjul
León

Creado:

Actualizado:

A lberto Rodríguez Torices acaba de publicar Trata de olvidarlas, un libro de relatos con un claro matiz erótico que demuestra la versatilidad de uno de los mejores narradores leoneses.

— ¿Qué tiene Carver, que te influye tanto? A mi es que me aburre un poco, aunque a lo mejor es lo que él busca. Me genera desasosiego esa economía de sentimientos y frialdad.  Aunque, a lo mejor, es lo que le hace grande ¿Qué opinas?

—No sé, de verdad, si se puede decir que Carver me ha influido… Ojalá sí, pero me temo que mi escritura es más boscosa, más enrevesada y oscura, incluso siniestra. Trata de olvidarlas no pretende ser una reivindicación ni de la figura ni de la obra de Carver, y mucho menos de un movimiento literario, se llame como se llame. Es muy cierto, sin embargo, que el poemario Último sendero a la cascada y el libro de relatos Si me necesitas, llámame, son para mí obras muy queridas. Puedo entender tu sensación de frialdad ante su literatura, yo mismo la he experimentado a veces, pero a mí esos libros (ambos publicados póstumamente) me acabaron conmoviendo, los encontré llenos de sentimientos profundos y desgarradores. También entiendo, claro, que él escribiera renunciando a florituras, a acabados y rellenos innecesarios. Pero en última instancia, no creo que Carver ni ningún escritor escriba «buscando» causar ningún efecto en el lector. Un escritor escribe como puede, no como quiere. La escritura es una muleta para sobrellevar una cojera, y un cojo no elige su forma de andar: camina como buenamente puede. De todas formas, la presencia del poema Las jóvenes en este libro sí es determinante. Este poema para mí es impagable porque en él veo mi misma percepción del paso del tiempo, mi experiencia de la memoria y mi vivencia personal de las renuncias obligadas y progresivas que comporta envejecer. Contiene también la esencia misma de esta colección de relatos; podría decirte incluso que estos veinte cuentos salen de ese poema como saldrían veinte palomas de la chistera de un mago. En esos seis versos Carver no hace otra cosa que insistir en la necesidad de olvidar: lo repite, lo subraya, enumera las cosas que deben ser olvidadas, insiste particularmente en la necesidad de olvidar a las jóvenes… Lo que está diciendo este moribundo, este enfermo desahuciado que era Carver, cuando enfrentaba los últimos meses de su vida, es que no se puede olvidar las cosas maravillosas de la vida, que moriremos aferrándonos a ellas desesperadamente, por mucho que adoptemos poses aparentes y nobles discursos de renuncia y madurez. A mí eso me conmueve, me mata.

—Para él, las relaciones amorosas eran un enjambre de problemas. ¿Podríamos vivir sin amor?

—Las relaciones amorosas desvelan y ponen en juego nuestras carencias básicas, nuestra historia íntima, nuestras inconfesables necesidades, nuestros traumas y vacíos, nuestras deformidades estructurales, todo ello adquirido tempranamente. Somos criaturas heridas, decepcionadas, malformadas, y en nuestras relaciones amorosas todo ese bagaje aflora, no se puede ocultar como se oculta en otros ámbitos de la vida. ¡Cómo no va a haber problemas a la hora de conjugar mis necesidades y las tuyas, mis taras y las tuyas, mis obsesiones y neurosis y las tuyas! Por eso mismo, sin embargo, una relación amorosa podría ser un marco excelente para apurar el amargo trago que es conocerse, y para afrontar la tarea esencial de mejorar. Vivir sin amor sólo puede ser malvivir, desperdiciar la vida. No se puede vivir sin amor, claro que no, qué vida sería esa… Pero sobre todo no se puede vivir sin amar, eso sí que es imposible. Todo hombre y toda mujer ama, sea correspondido o no, y en su amor arde, brilla más que nunca y se consume.

—Me encanta el título de tu último libro, ‘Trata de olvidarlas’ porque creo que a medida que pasa el tiempo la nostalgia consigue que recordemos con pasión relaciones que tampoco fueron para tanto.

—El título es precioso, sí, es impagable y es lo mejor del libro… Además de reconocer en el subtexto que es imposible olvidar y que es tanto más imposible cuanto más te esfuerces en ello, conduce a otra idea más personal sobre la relación entre memoria y literatura. No es un credo ni una convicción, no estoy seguro ni mucho menos, pero sospecho que no hay forma de olvido más drástica, irreversible y hasta perversa que la escritura: el relato de lo que ocurrió, la materialización en palabras de lo que es inmaterial en la memoria, acaba sustituyendo al propio recuerdo. Teníamos un recuerdo, y al escribirlo tenemos un relato que se le parece más o menos, pero que en realidad lo sustituye y sepulta. El relato es una prótesis que sustituye a un miembro real perdido; parece una mano, puede hasta que tenga pelo y los bultitos de las venas, pero es un trozo de plástico. Esto sucede de manera evidente en la literatura confesional, en las memorias, en los diarios, pero no sólo ahí. Toda literatura es en realidad un gran museo de cera con figuras más o menos logradas, más o menos creíbles, pero de cera. Esto es triste, es decepcionante, claro; es una respuesta desesperada al paso del tiempo y es un consuelo, quizá el único posible. Tu recuerdo apasionado, al cabo del tiempo, de una relación «que no fue para tanto» quizá sea más un relato que un recuerdo: un cuento amable que te cuentas a ti misma cuando te vas haciendo mayor. Es difícil reconciliarse con la literatura después de haber sentido esto. Yo estoy en ello…

—¿Echas de menos la juventud del amor? Me recuerda el poema de Gil de Biedma siempre  que lo pienso.

—Quisiera no echar nada de menos, no sufrir nostalgia, melancolía por el tiempo y la juventud perdidos… Quisiera vivir instalado plenamente en el presente, alimentarme sólo de él. También estoy en ello… Quizá no se eche de menos la juventud del amor o el amor de la juventud por sí mismos, sino porque comprobar que nos quedan cada vez más lejos es comprobar que cada vez nos queda menos por delante, que la vida pasa y se acaba. En mi juventud hubo personas y experiencias maravillosas, pero también hubo decepciones y sufrimiento y costosos errores. No lo hecho de menos, pero hace ya más de veinte años que fui joven, y eso me produce vértigo.

—Una vez pensaste en abandonar la literatura. ¿Una labor inútil? Digo intentar quitarte...

—Aquello fue un cabreo que me cogí al descubrir que vivía instalado en un autoengaño, y que la literatura lo alimentaba. Se puede (y se debe) poner fin a un autoengaño, claro que sí, y también se puede dejar la literatura, hay quien lo ha conseguido. Yo volví a ella creyendo que podía convertirla en otra cosa, que me sirviera para conocerme, no para esconderme ni para mentirme. Pero quizá esto sea sólo otro autoengaño un poco más sofisticado, para sustituir al anterior, que ya no sirve. Cartarescu decía que un escritor debe ser consciente de las trampas de la literatura, para no caer en ellas. Yo sigo sintiendo el miedo a hundirme si suelto la tabla de la literatura y quizá ese sea la trampa mayor, el peor autoengaño.

—Se publica cualquier cosa, se escribe mal, sin profundidad y, sobre todo, y esto creo que  es muy importante, sin finalidad. ¿Para qué sirve la literatura?

—El escritor (al que quizá vemos como un buen representante del género humano, y por eso leemos) es como un niño perdido en el bosque. Se siente solo, triste, angustiado. La literatura es su brújula, su mochila, sus provisiones; o quizá sólo sea un juguete con el que se entretiene, un cuento que se cuenta para distraer el miedo, el hambre y la soledad. Mientras que la lectura es un acto noble y empático, de conocimiento y comunicación con nuestros semejantes, en la escritura hay algo agónico, algo desesperado: un niño solo, muerto de miedo, en la intemperie. Escribir es un intento de gestionar ese miedo y esa angustia, esa soledad y esa ignorancia. ¿Sirve? No sé, no sé… La escritura puede servir a muchas cosas, algunas horribles, otras simplemente penosas. Puede servir para conocerte, para reordenar tu escala de valores, para desasnarte, para iluminar tu mundo y hacerte gozar. Pero también puede ser útil para convertirte en un ser engreído y vanidoso, en un perfecto idiota, incluso en un sofisticado monstruo de egoísmo y crueldad.

—¿Es más importante para tí haber leído todo lo que has leído o escribir?

—Lo importante y lo bueno es leer, por supuesto. Leer es como comer, lo hacemos porque es bueno y es necesario, además de gozoso; escribir, en cambio, es como ir al médico cuando enfermas; lo haces porque estás mal, lo haces procurando estar mejor. Por desgracia, cuando en la experiencia placentera de la lectura brota el prurito incómodo, la picazón de escribir, uno deja de ser un lector puro y se convierte en un lector taimado e insidioso, un lector que lee para descubrir y aprender los trucos del oficio. En un tercer momento, se puede y se debe superar esta penosa tara: es la fase del desaprendizaje, a la que cuesta llegar por muchos motivos, incluida la vanidad, incluida también la inseguridad. Leer es una experiencia maravillosa, siempre lo ha sido para mí y lo sigue siendo, aunque hace ya mucho que me convertí en ese lector miserable que digo, el que mete el dedo en las costuras. Procuro evitarlo, procuro volver a ser aquel lector puro, sano, el muchacho de catorce años que devoraba los libros de Gran Angular, aquellas maravillosas historias que me hacían volar y me mostraban el mundo: Hrenki, Tres veces Eleazar, El valle de los cerezos rotos, La estrella de los cheroquies, El largo camino de Lukas B… Luego, a los quince, ya quise emular a sus autores, quise escribir yo también y algo se perdió, se malogró. En cierto modo, la escritura brota de la lectura como brota el cáncer en los órganos sanos. Es natural, pero es una pena, y una vez que surge te obliga a someterte a tratamiento hasta el final. Resumiendo: leer es un síntoma de buena salud, escribir lo es de que estamos enfermos.

—¿En el mejor de los casos, estamos en el ecuador de la vida. ¿Ha merecido la pena?

—Claro, Cristina, claro que ha merecido la pena. Hemos sufrido, hemos perdido, nos hemos equivocado y lo peor de todo: hemos hecho un daño irreparable a otras personas. Pero la vida merece ser vivida. Precisamente el balance de pérdidas y daños que puede hacerse en la mitad de la vida constituye una oportunidad preciosa para corregir y mejorar, es decir, para centrarse en el objetivo fundamental de la vida de todo hombre y toda mujer, que es ser feliz y, siéndolo, hacer felices a los que están a tu lado. No es una meta, es un camino, y en ese camino avanzamos, pero también retrocedemos, damos rodeos, nos perdemos…

—¿Crees que puedes definir el momento en el que vivimos? Lo digo porque hemos alcanzado las mayores cotas de desarrollo en derechos humanos, en desarrollo científico y tecnológico y, sin embargo, parece que estemos más huérfanos que nunca. ¿Tú que crees?

—Huyo de visiones apocalípticas del presente, que se han dado siempre de manera muy similar a lo largo de la historia. Puedes encontrar literatura de hace quinientos o mil años en la que se juzgaba el tiempo de la misma manera que hoy: todo es un caos, los viejos valores se pierden, los políticos son un desastre, la juventud está hecha una pena, nos conducimos hacia la hecatombe, etcétera. Esto se piensa hoy y se pensaba exactamente igual en tiempos de Séneca, y en buena medida responde a la mirada conservadora que adoptamos todos al hacernos mayores. En cambio, creo que sí es exclusivo de nuestro tiempo el hecho de que hoy disponemos del conocimiento y los medios suficientes para proporcionar una mejor vida a todo el mundo. Hoy todo el mundo podría tener una buena sanidad, una buena educación y las necesidades básicas cubiertas. Vivir en paz, tener una mínima calidad de vida: alimentos, vivienda, trabajo y cultura. ¿Una utopía? A algunos les interesa que lo pensemos, que nos convenzamos de que es imposible que todo el mundo viva bien. Yo creo que es una cuestión de reparto, de gestión, de generosidad. El problema no es la sobrepoblación, es la codicia. Podríamos y deberíamos gestionar y repartir mejor los recursos, y no lo estamos haciendo, de hecho le estamos negando esos mínimos a la mayor parte de la población del planeta. También es innegable que estamos ensuciando y dañando gravemente el planeta, arruinando la vida de muchas especies y reduciendo nuestras propias posibilidades de supervivencia. Lo sabemos, podemos evitarlo y seguimos siendo sucios, destructivos y avariciosos. En ese sentido, los nuestros son tiempos que ponen en evidencia, mejor que nunca, lo estúpidos y egoístas que somos. Los políticos nos representan perfectamente en este aspecto, es decir, nos demuestran día tras día lo muy estúpidos y egoístas que somos. Atendiendo a los conocimientos y las herramientas de que disponemos hoy, creo que sí podríamos decir que los nuestros son tiempos particularmente tristes y decepcionantes.

—Has recibido varios premios por tu obra narrativa, pero ¿Cuándo escribirás una novela?

—Ya la he escrito, de hecho he escrito más de una. Yo soy un narrador, eso me siento. Como tal, he escrito relatos de muy diversas extensiones: de media página, de tres, de ocho, de veinte, de cincuenta, de ciento veinte, de trescientas. Pero uno no publica lo que quiere, sino lo que puede. En estos últimos años he enviado a editoriales colecciones de cuentos y novelas de distinta extensión, también novelas largas. Me he gastado mucho dinero en fotocopias, y en la oficina de Correos soy un viejo conocido. Es verdad que imprimir y enviar una novela de trescientas páginas cuesta más, no siempre me lo puedo permitir y quizá lo he hecho menos veces, pero también lo he hecho y estoy deseando verlas publicadas.

—¿Hay una evolución?

—Sí, claro. Advierto que he ido evolucionando de forma espontánea, sin proponérmelo, de la escritura de relatos más cortos a la de relatos más largos. A los veinte escribía cuentos sin parar; ahora hace años que no escribo ninguno. Sigo teniendo una buena cantera de relatos breves inéditos, pero hoy lo que sale de mí son historias que me piden cada vez más páginas. De hecho, en alguna ocasión, cuando me han pedido un texto corto para algún proyecto colectivo, me cuesta mucho sacarlo de mí, y no me sale bien, lo siento: son como esos fetos que nacen antes de tiempo, a medio formar, diminutos y enclenques, los pobres…

tracking