Diario de León
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nacho abad
León

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C hez Marianne es un pequeño restaurante situado en la planta baja de un edificio cubierto de hiedra en la rue des Rosier, en el parisino barrio de Le Marais. Allí, hace algún tiempo, el profesor de derecho internacional y abogado Philippe Sands se vio con Sula Troman, una nonagenaria judía que había logrado sobrevivir al nazismo. Sands buscaba información sobre una persona de la que tenía muy pocas pistas: que era misionera británica, que había estado internada en el campo de prisioneros de Vittel, igual que Sula, y la más importante todas, que había salvado la vida de su madre cuando ésta era aún un bebé de apenas un año. Buscaba a una mujer a la que, en gran medida, le debía la vida. Sula en vez de información le dio algo que no buscaba: le mostró una vieja fotografía en blanco y negro en cuyo dorso estaban escritos los versos de un poema de Charles Vildrac: «Una vida sin nada en común con la muerte». La fotografía se puede ver en la página 190 del libro Sands, Calle Este-Oeste (Anagrama, 2017), y en ella aparecen dos mujeres cogidas de la mano. Están mirando a cámara con gesto feliz, sonrientes. Son, sin embargo, dos prisioneras judías en un campo de detención nazi.

El pasaje capta el espíritu de este magnífico libro que es la vez un libro de libros, una obra total: leer es buscar textos como éste. Aquí se narra la vida de varias personas: los abuelos del propio Sands; los dos abogados polacos que participaron en el juicio de Nuremberg; un criminal nazi; una valiente misionera británica. Y también la historia de dos conceptos, de dos delitos que parecen hermanados pero son en parte contrarios, «crímenes contra la humanidad» y «genocidio»: el individuo y el grupo como dos realidades divorciadas.

Sands abre con una cita de Nicolas Abraham: «Lo que atormenta no son los muertos, sino los vacíos que dejan en nuestro interior los secretos de otros», que parece dialogar con las palabras de Vasili Grossman (periodista soviético y una de las primeras personas que ofreció testimonio sobre aquel horror), que aparecen hacia el final: «Pisamos la tierra de Treblinka, levantando fragmentos de huesos, dientes, hojas de papel, ropa y toda clase de cosas. La tierra no quiere guardar secretos».

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