LE BIG MAC
Héroes
El protagonista no sabe en qué momento va a comenzar la narración. El argumento es el accidente y su comienzo es un artificio que parte de la necesidad de que todo concluya. Entre estos dos extremos, principio y fin, escogemos sucesos y los transformamos en palabras. El relato es siempre ficción porque las palabras son más pequeñas o más grandes que los hechos, pero nunca idénticas. El lenguaje es una mala copia. Quizás en el pasado las palabras se parecían a lo que designaban. También mis dedos han desgastado el dibujo de las letras en el teclado, y aun así formo frases pulsando teclas en blanco. Escribo sobre el vacío. El protagonista no protagoniza nada. Es un tío hecho hacia adentro de sí mismo, como un negativo de escayola. Los héroes valientes no sobrevivieron a nuestra adolescencia. Los fuimos matando según los consumíamos. Y más adelante. A los veinte, a los treinta.
Los arrojamos por la ventana, los ahogamos en la piscina, encendimos con ellos las hogueras del verano. Nuestro héroe no parece un antihéroe. Vive en un suburbio. Pasa el día viendo Netflix. Come mal. Va al gimnasio. A los héroes les ha pasado lo mismo que a las palabras, que han dejado de parecerse a aquello que representan. Ya no se parecen a nada. El nuestro, cuando se mira en el espejo, no se ve: ha sido suplantado por un conjunto de teclas en blanco, gastadas de tanto usar, como este teclado en el que escribo. El narrador le persigue, le sucede. Se desliza tras él por el tobogán de la noche, junto a los últimos heridos del día. Entra en su casa. Le asesta proyectiles y palabras. Palabras que han dejado de sonar a palabras. Suenan más a secretaría, a catastro.
¿En qué transformamos a nuestro héroe con este lenguaje? La ropa se rompe cuando está gastada. Las camisetas y los pantalones. Todos los zapatos agujereados, las camisas deshilachadas, descolorido el sombrero. Las páginas se desprenden de los libros que más veces hemos leído. Ya no quedan imágenes en las cintas del vídeo que veíamos en bucle. En nuestra calle la hierba reconquista las aceras. Han brotado geranios sobre los tejados. Y más allá, mis dedos se desdibujan, se desgastan, se esfuman, como la letra de las teclas. En la mesa hay restos de comida y de sangre.