La conexión leonesa con Carpentier
l La casa del esclavista leonés Santiago Cuesta es hoy un museo dedicado al autor de ‘El siglo de las luces’. La casa de alejo carpentier en la habana, declarada esta semana Patrimonio Nacional, donde el escritor alumbró su obra maestra, ‘El siglo de las luces’ , fue de un leonés, el conde de la reunión de cuba Cerca de la casa leonesa de Carpentier esta el museo Wilfredo Lam, que vino a León a curar su tuberculosis

Alejo Carpentier en la casa que perteneció al esclavista leonés Santiago Cuesta. A la derecha, el patio y objetos del escritor
C uando alguien, por la razón que sea, visita la capital de Cuba es difícil, por no decir imposible, que no se acerque a la catedral y su plaza, parte del corazón de La Habana Vieja. Si quien lo hace es leonés, ha de saber, por pura información, que muy cerquita, prácticamente al lado de la antaño literaria y mítica La Bodeguita del Medio, hoy otro de los iconos turísticos de la ciudad, tiene dos referencias con raíces leonesas. La curiosidad es con frecuencia fuente de enriquecimiento o añadido personal a la valoración de las ciudades. Cuba y León tienen profundos vínculos que van mucho más allá de las simples apariencias.
La calle Empedrado vertebra las dos referencias citadas —catedral y bodeguita— y las dos que ocupan en estas líneas especial atención, especialmente la última: el Centro de Arte Contemporáneo Wilfredo Lam y la Fundación Alejo Carpentier.
El interés del Centro de Arte Contemporáneo presta interés fundamental al desarrollo de las diferentes manifestaciones de las artes visuales, y el artista que le da nombre es el más universal de los pintores cubanos, una de las figuras más fascinantes del siglo XX y uno de los artistas latinoamericanos más reconocidos y cotizados en el mercado. Amigo, entre otros, de los escritores también cubanos Lydia Cabrera, Lezama Lima y Alejo Carpentier, este —sobre el que queremos detener especialmente la mirada en esta ocasión— escribió del pintor ya en julio de 1944 en la revista Gaceta del Caribe : «Artista prodigioso cuya original aportación es la creación en sus lienzos de un mundo inspirado en la flora y fauna de Latinoamérica».
Pues bien, Wilfredo Lam (1902-1982), por razones que ahora no vienen al caso, estuvo, siguiendo también su filosofía de espíritu nómada, un tiempo en León, a donde llegó en 1931 acompañado por Anselmo Carretero, tan vinculado a nuestra tierra y al exilio. Y aquí aprovechó el tiempo. Además de imbuirse de las manifestaciones artísticas existentes en la ciudad, participó en tres exposiciones celebradas en el Casino, entonces en Santo Domingo, en la que hoy es sede del BBVA: una, colectiva, en la que comparte espacio con Vela Zanetti, y dos individuales, con una serie de retratos de personas conocidas en una de ellas. Estas obras, que se creyeron perdidas, aparecieron después de su muerte y formaron parte de la gran exposición que el Reina Sofía le dedicó en 2016 —en 1998 en el ILC hubo una interesantísima retrospectiva—.
En fin, que la intrahistoria de pueblos y ciudades está dispersa, enriqueciendo los lugares más insospechados. Incardinarlos en un hilo conductor es una forma de dar sentido al relato.
Con este afán, y añadiendo elementos de la cosecha y apreciaciones personales, muy cerquita, en la calle Empedrado, 215, la Fundación Alejo Carpentier. Aunque convertido hoy en un centro multicultural, la idea es concentrar en él todas las referencias posibles sobre el escritor, aunque de momento se le dedique solamente una sala con fotografías, objetos personales, ediciones de sus obras… Inconfundible el edificio, que tiene un alargado balcón con tejadillo que da a la calle, y se caracteriza por la simetría de los vanos de la fachada y un patio rectangular en el centro. De dos pisos, está pintado en azul y blanco. Cuando entramos, una placa explica la razón de la ubicación de esta sede: «En esta casa Alejo Carpentier situó el escenario habanero de su novela El siglo de las luces . Es, por así decirlo, el personaje mudo de la obra, que se desenvuelve a través de las vivencias experimentadas por tres jóvenes, una pareja de hermanos y su primo, quienes son los verdaderos protagonistas de la novela. Buena ocasión para leerla, por sus bondades literarias y por el significado y el impacto que tuvo en el panorama de la narrativa su publicación (1962).
Entre la extensa, conocida y comentada obra de Carpentier siempre aparece la arquitectura, quizá por influencia paterna o por vocación truncada: La ciudad de las columnas, El acoso, Los pasos perdidos, El siglo de las luces …
Posiblemente por ser escenario esta casa de la última obra, «era enorme el interés del público de todas las edades —escribe Daniel Taboada, uno de los arquitectos que intervinieron en la restauración— para ver aquellos interiores. Nosotros mismos, quedamos atrapados por la belleza de sus trazados barrocos y la escala moderada de todos sus elementos y espacios». Debido a su mal estado no se pudieron conservar muchos elementos, pero sí los suficientes —era mucho más grande— para darnos una buena idea de la que fuera hermosa casa colonial, donde se reunía buena parte de la aristocracia de la época, al lado del «barandal de madera» o «el pasamanos de caoba encerada» y tantos otros atractivos que relata Carpentier (algunos incorporados del palacete de los Marqueses de Almendares, según testimonio de su esposa, Lilia Esteban) de esta «ciudad sedienta de brisas y terrales» y paciente «de salitre que verdecía las aldabas, mordía el hierro, hacía sudar la plata, sacaba hongos de los grabados antiguos, empañando permanentemente el cristal de dibujos y aguafuertes». O el Gran Salón convertido en teatro…
La casa, esta casa se conocía, y en alguna medida aún se conoce, como la Casa de la Condesa de la Reunión de Cuba. Aquí quería llegar. El I Conde de la Reunión de Cuba fue precisamente un leonés, Santiago Cuesta (1778-1847), de Val de San Lorenzo, que hizo una gran fortuna en la isla y fundó el clan más importante de su historia azucarera. Sin olvidar, desgraciadamente, que la familia Cuesta Manzanal fue la mayor traficante de esclavos de aquel país en el siglo XIX, con cuyo tráfico siguieron cuando ya se había abolido la esclavitud. Nada de extraño tiene que, «además de conseguir un título nobiliario, fue nombrado Camarero Honorario de Semana de Su Majestad; desempeñó los cargos de segundo y primer Cónsul de la Junta de Gobierno del Real Consejo; ejerció de Alcalde de La Habana; fue Director del Banco de San Fernando en Cuba; ostentaba la Encomienda de Isabel la Católica y otras distinciones». El entrecomillado pertenece al esclarecedor libro del siempre recordado Martín Martínez Martínez Santiago de la Cuesta Manzanal, Conde de la Reunión de Cuba (emigrante, hacendado, comerciante). Aunque la memoria de nuestro paisano está hoy muy difuminada, incluso atribuyéndole origen distinto, sí es cierto que pervive su noticia en condición de esclavista.
Totalmente desconocido entre nosotros (apenas incluso si mantuvo relación con los familiares que permanecieron en Val de San Lorenzo), una serie de casualidades permitieron a Martín Martínez ponerse sobre su pista y reconstruir la apasionante peripecia vital de este maragato que hizo una inmensa fortuna en América, sueño para tantos.
Además de vivienda ilustre, la casa del Conde de la Reunión de Cuba fue almacén de mil variadas mercaderías. Ambos aspectos ejercieron siempre una especial atracción e interés por parte de los habaneros de la época, también por las bien conocidas crónicas sociales de cuanto allí fue ocurriendo a lo largo de la historia. Estoy casi seguro de que Alejo Carpentier no tenía conciencia del personaje dueño de la casa, pero situó la acción de la novela atraído por la arquitectura de un emblemático ejemplo de arquitectura colonial. «Para mí —escribe Taboada Espiniella—, esta casona canta con voz propia en el cercano concierto barroco de la Plaza de la Catedral». De eso se trata, con el añadido de la presencia leonesa en ese concierto arquitectónico y literario.