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Despertador de conciencias

EL JUEVES 5 DE JULIO SE CUMPLEN 70 AÑOS DE LA MUERTE DE GEORGES BERNANOS (1888-1948), ESCRITOR CUYA REMOTA ASCENDENCIA ESPAÑOLA LO HIZO IRACUNDO Y POLÉMICO, TANTO EN LAS NOVELAS COMO EN SUS ENSAYOS, A VECES ROZANDO LA FRONTERA DEL PANFLETO. divergente

George Bernanos, narrador, ensayista y dramaturgo

George Bernanos, narrador, ensayista y dramaturgo

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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B ernanos fue hijo de tapicero y seminarista, antes de hacerse notar por su empeño ardiente en la defensa de la causa monárquica de Acción Francesa. Durante sus licenciaturas en Derecho y Letras extremó su militancia política, ingresando un tiempo en la cárcel antes de dirigir un semanario, en el que publica sus primeros cuentos. Aunque fue declarado inútil para el servicio militar, consiguió participar en una serie de combates, resultando herido en varias ocasiones. En 1917 se casó con una descendiente directa de un hermano de Juana de Arco y tuvo seis hijos entre 1918 y 1933. Después de la primera guerra mundial, se separa de Acción Francesa y sobrevive como inspector de seguros. Su segunda novela, Bajo el sol de satanás (1926) lo hace súbitamente famoso, siendo recibida como acontecimiento literario de la generación de entreguerras. A partir de entonces, cada uno de sus ensayos interpela a un problema crucial del siglo. En El pánico de los bien pensantes (1931) desnuda la degradación de la burguesía francesa y más tarde, en Nosotros, los franceses (1939) y en Escritos de combate (1944), denunció la infamia de Múnich, detestando la ignominia del armisticio y la ocupación nazi de Francia.

En 1934 Bernanos fijó su residencia en Mallorca, para escribir dos de sus mejores novelas: Diario de un cura rural (1936) y Nueva historia de Mouchette (1937). En 1938 publica su testimonio sobre la represión franquista: Los grandes cementerios bajo la luna y se traslada a vivir a Paraguay, de donde pasa a Brasil, siguiendo en el continente americano hasta 1945. Su regreso en aquel momento a Francia le ofrece la decepción de la IV República, que le empuja a optar de nuevo por la distancia, esta vez en Túnez, de donde lo traen ya grave a París para la operación a la que no sobrevivió. Póstumamente, vieron la luz sus obras Los niños humillados y Diálogos de carmelitas (1949), Un mal sueño (1950) y El crepúsculo de los ancianos (1956).

La vigencia de Bernanos tiene más que ver con la pujanza de sus posturas que con el formalismo literario o el arrebato de su pensamiento. La recepción de la obra de Bernanos en España se produjo después de la guerra civil, llegando sesgada por los prejuicios políticos y doctrinales. Expresa y radicalmente opuesto al disfraz sacrosanto de la guerra como cruzada, su nombre pasó a ser entre nosotros sospechoso y execrable. Incluso los personajes de su novela más leída en España (Diario de un cura de aldea ) son interpretados como católicos morbosos y desvirtuados. Por esa vía, acaba Bernanos alineado con los judeomasones, comunistas y demás tropa merecedora de anatema. Un desvío muy comprensible si pensamos que en esas listas aparecían tantos autores menos culpables que el propio Bernanos. Si sus curas y creyentes carecen de la docilidad que exhiben los nuestros, su paso como testigo por la España en guerra agravó todas las sospechas.

Cuando viene a Mallorca con su familia, buscando una vida más asequible, llega como personaje de la derecha francesa, ligado incluso a la nostalgia monárquica. De hecho, uno de sus hijos se inscribe como falangista en la isla. Pero la dureza y crueldad de aquella represión, embozada y bendita por las tragaderas de la Iglesia española, le empuja a lanzar el grito intempestivo y delator de Los grandes cementerios bajo la luna (1938). Un panfleto radical a favor de la dignidad y de la libertad de las personas que ve conducir al matadero. Y de paso, también la censura más feroz a una Iglesia sometida, que administra el cristianismo como ideología de capital político. A este palmetazo le sucedió en 1948 una muerte precipitada, al ser trasladado con urgencia desde Túnez para una intervención imposible de su hígado corroído por el cáncer. Al funeral acudieron sólo unos pocos amigos de las letras (entre los que siempre contó a Mauriac y también a Malraux) y un puñado de republicanos españoles con banderas e himnos, porque no habían olvidado su contribución a la denuncia de la cruzada, rindiéndole honores militares. Semejante ceremonial sirvió para que la carcundia española lo arrojara al cesto de los traidores vendidos al enemigo.

Más tarde, pasó Bernanos a ser considerado autor irrelevante o decididamente prescindible: expulsado por tanto de todos los cánones. Su nombre dejó de figurar entre los grandes de la generación francesa de entreguerras, que fue su momento de brillo. Y por esa pendiente ha llegado a decorar durante un tiempo la alacena rancia y demodé de la novela católica: un prendedor en el que el peso del adjetivo lastra hasta anular la ficción narrativa. En este proceso demoledor, quienes lo acusaron de agente de contubernios y maniobras bastardas, lo descalifican ahora como una especie de redactor de novenas de estirpe clerical.

Superado el aluvión de tópicos interpuesto, lo que espera al lector en la obra de Bernanos es un singular entramado de ficciones que incorporan lo sobrenatural en las historias con la mayor destreza y naturalidad. Incluso cuando nos apela directamente, como en La impostura (1927) o en sus acometidas panfletarias. También nos acerca su nostalgia de otra cristiandad más humana encofrada como espacio de convivencia. Aunque siempre manteniendo su voz de hombre libre, que aspira a sabotear y relegar el inhumano universo de la segunda posguerra mundial: «El mundo moderno es un mecanismo con un sistema de ruedas tan complicado que la presencia en él de un hombre libre lo expone, más pronto que tarde, a un peligro semejante al que provocaría en el sistema solar un planeta que no siguiera las leyes de la gravedad».

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