Diario de León

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Recodos de nostalgia

EL JUEVES 26 SE CUMPLEN 70 AÑOS DE LA MUERTE DE JUAN DÍAZ-CANEJA (1877-1948), PADRE DEL PINTOR, PROFUSO AUTOR DE LITERATURA VIAJERA Y NOTABLE ENSAYISTA, DE CUYAS CONTRASEÑAS DE VAGABUNDAJE SE APROPIÓ CELA CON DESCARO. divergente

Juan Díaz-Caneja

Juan Díaz-Caneja

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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E l libro de Caneja que mejor ha aguantado el paso del tiempo es Vagabundos de Castilla (1903), pequeña joya solanesca sobre los tropeles de mendigos nómadas, sorbida con provecho primero por Cela, reproduciendo sin mencionar procedencia su icónico lenguaje de contraseñas. Luego se apropió la galería Santonja para ilustrar Siete lugares (2002). El libro lo rescató Pepe Esteban en 1985, haciéndose eco de su aprecio por parte de Pío Baroja, que no le clavó las uñas. En sus páginas, acopia datos sobre la marginalidad, que disecciona con humor y benevolencia. Sus protagonistas habitan el barrio fluvial de los batanes palentinos, donde se hospedó el recuelo de una emigración incendiada con el malestar del regeneracionismo. La guerra lo pilló en Madrid, de donde lo sacó en 1938 su hijo el pintor. Ya en Palencia, el renombre de su trayectoria y el abrigo familiar le ayudaron a pasar el trago, aunque no sin molestias. De nuevo en Madrid, tras la guerra civil, el palentino Afrodisio Aguado (editor de Galdós, pionero del género de las guías turísticas y abuelo del actual consejero de Sanidad) le publica en 1942 Joseph el santero , otro puñado de historias montañesas dictadas por la nostalgia. Luego participa en un serial de Radio Madrid, Nueve millones, que Afrodisio publica como libro, junto a Cela, Concha Espina, Carmen de Icaza y así hasta dieciocho autores de aquel alarde de lujo para la menesterosa posguerra. Un cáncer de próstata lo retiró a Pozo de Urama, junto a Cisneros, donde murió a finales de julio de 1948, mientras su hijo el pintor penaba rebeldías en el presidio de Ocaña.

La vertiente viajera de Caneja se estrena con Cumbres palentinas (1915), que hace la crónica institucionista de la cuerda cantábrica entre el Espigüete y el Curavacas. Su relato combina la historia y el paisaje, el nutriente legendario y la plática distendida. Paisajes de Reconquista (1926) recorre el valle del Sella, desde el Pontón a su villa marinera. Con un prólogo de su condiscípulo Pérez de Ayala. Después de la guerra, Estampas montañesas (1942) actúa como lenitivo de la desolación. Nuevas jornadas por Fuentes Carrionas impulsan el recuerdo de lo visto décadas antes y su parangón. Permanece el ensueño de los paisajes y su propensión a situar en aquellos escenarios relamidas historias sentimentales, como el seductor encuentro con las janas. Pero el lirismo no silencia su relato de bárbaras historias montañeras de caza, que brotan de un potente sustrato popular. A esa cuerda se suma el rescate reciente de El misterio de Aguilar y otros relatos de montaña.

Juan Díaz-Caneja responde al perfil del escritor orillado por el olvido. De su copiosa obra, que toca la sociología, la novela y los textos viajeros, apenas se han reeditado Vagabundos de Castilla (1985), Paisajes de Reconquista (2003) y El misterio de Aguilar (2006). Nació en León cuando el padre era secretario de la Diputación. Su madre procedía de Sotillos (Cistierna). Seis años después, el padre se traslada con el mismo cargo a Palencia, una diputación de rango inferior. Algún biógrafo explica esta mudanza por la incomodidad que ocasionan sus ideas liberales cabe el Bernesga. Pero el Carrión no parece un destino más acogedor. En realidad, su salida derivó de la compra del palacio de los Guzmanes para sede de la diputación, trámite en el que no dejó meter la cuchara. Aquel proceso estuvo enredado de cargas y dictámenes, dejando Caneja bastantes pelos en la gatera. El palacio de Gil de Hontañón era sede del Gobierno civil y su empeño por aplicar el desahucio en tiempo y forma se volvería contra el diligente funcionario. En Palencia hizo los estudios secundarios, cursando derecho en Oviedo, donde era alcalde su padrino Domingo Díaz-Caneja. El paso por la universidad le proporcionó el aprendizaje de maestros como Leopoldo Alas, Adolfo Posada, Rafael Altamira o Alvarez Buylla, quien le prologará su estudio sobre la emigración castellana. Heredó el título pontificio de marqués de Sajambre.

Como novelista, prendió sus historias sentimentales más bien rutinarias del paisaje de los Picos de Europa. A ese imán responden La cumbre (1908) y Verde y azul (1927), que subtitula Poema de Montaña . Pero en esta novela aparece ya la Tierra de Campos, con su seducción de horizontes abiertos y una paleta de malvas, ocres y verdes. Se produce un enriquecimiento del macizo de la memoria, que incorpora al turbión de los torrentes y quebradas de Sajambre los matices de la llanura. La cumbre (1908) es su mejor novela. La acción, de una simpleza previsible y melodramática, aparece amortiguada por el culto a la belleza de los paisajes, que no solo se describe con minucia, sino que también se pregona con reiteración. El escenario es el valle de Sajambre y la villa de Oseja, abanderada por la eminencia totémica de Pica Ten, se llama Arcenorio. Verde y azul (Espasa, 1927) reincide en el mismo marco y su anécdota resulta igual de insignificante. Va prologada por Enrique de Mesa, que resolvió el compromiso con los tópicos de un canto a la amistad y un poema serrano. La protagonista es hija de un viejo lobo de mar y de una irlandesa, transita los Picos de Europa, tienta la galerna y asoma al mar de Campos, seducida por su joyero de casonas, palacios y polvo de historia. La novela breve Vuelve a mí tus ojos (1934) encuentra inspiración en la música.

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