Diario de León

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Resabios de solitario

MAÑANA SE CUMPLE MEDIO SIGLO DE LA MUERTE EN EL EXILIO MEJICANO DE LUIS CERNUDA (1902-1963), POETA CRECIENTEMENTE VALORADO DE LA EDAD DE PLATA, QUE DEDICÓ SU VIDA A PERSEGUIR LO QUE MÁS ODIABA: LA SOLEDAD. divergente

Cernuda junto al Sil, en Villablino, la foto es del 6 de agosto de 1935

Cernuda junto al Sil, en Villablino, la foto es del 6 de agosto de 1935

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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A l radical e intempestivo Cernuda lo rescató para nuestra cultura el gobierno Aznar en su centenario, siendo como era, según Octavio Paz, «el menos español y el menos cristiano de los poetas españoles». Lo hizo con una magna exposición y catálogo de la Residencia de Estudiantes, gestionadas por el mejicano Valender, ajeno a los compromisos y débitos de las diversas ganaderías de expertos españoles. Con una leve mácula inadvertida: confundir en su espléndido álbum (página 242) a Leopoldo Panero, que no cita, con Alfonso R. Aldave, efímero marido de Zambrano, en la misión pedagógica a Alcolea de Tajo. Seguramente, por fiarse de los auxilios domésticos, que no encajan a la caricatura de Panero en una misión republicana.

Más vinculado a la tradición sajona que a la suya originaria, la vocación poética que Cernuda persiguió con tenacidad obsesiva le privó del público que García Lorca consiguió desde el principio. Según el canonista Harold Bloom, ningún poeta de su talento fue tan solitario como Cernuda en sus exilios. Quizá por eso, al sentirse incómodo y poco comprendido en su tiempo («disgusto a unos por frío y a otros por raro»), proyectó su afán hacia los lectores del futuro, de quienes no tardó en recibir la recompensa. Especialmente, Brines, Valente o Gil de Biedma, capaces de fertilizar el diálogo «del manantial latente al río que sin pulso desemboca», planteado por Cernuda en A un poeta futuro.

Cincuenta años después de su muerte prematura, Cernuda es ya sin discusión uno de los nombres esenciales de la poesía contemporánea, como adelantó Lorca en 1936, al ver la luz su primera edición de La realidad y el deseo . Pero ni aquel elogio fraternal ni otros venideros calmaron su manantial de rencor y animadversiones, que alcanzan a maestros como Juan Ramón; a compañeros, como Salinas, Guillén, Aleixandre y sobre todo Dámaso Alonso, en muy diversas circunstancias; y también a discípulos o seguidores, como José Luis Cano («Así que eres, en fin, / tan cretino como ruin»), Álvarez Ortega o Cela, después de su mediación con Carlos Barral para editar Poesía y literatura (1960) en Seix Barral. El rencor hacia Dámaso, de quien hablábamos el pasado domingo, arranca de su presencia en el jurado del Nacional 1934, concedido a Aleixandre frente a su Donde habite el olvido , crece con su conferencia miedosa de 1948 sobre la generación poética compartida y explota en el poema Otra vez, con sentimiento (1969), donde le llama sapo por su invocación lorquiana: «¿Príncipe tú de un sapo? ¿No les basta / a tus compatriotas haberte asesinado? / Ahora la estupidez sucede al crimen».

Pero al margen y muy por encima de estas amenidades, la poesía de Cernuda compone una meditación con vínculos raigales innegables, que se relaciona con Bécquer, y con Unamuno, con Hölderlin, Novalis, Leopardi y la gran tradición británica a la que dedicó uno de sus últimos y más luminosos estudios. Su obra poética la integran once libros, divididos en cuatro etapas: las dos primeras se extienden desde 1927 (Perfil del aire ) a 1934 (Donde habite el olvido ), que agrupa respaldado por Bergamín en La realidad y el deseo (1936), para mejorar una difusión hasta entonces precaria; su etapa de madurez agrupa los libros escritos en el exilio inglés (desde Las nubes , de 1940, a Vivir sin estar viviendo , de 1949, que ya marca la transición hacia su obra americana); la etapa de América la inició en 1947, por invitación de su amiga Concha de Albornoz para ir a enseñar a una universidad femenina del estado de Massachussets, donde le deprimen los gélidos inviernos, y enseguida descubrir México, el país que lo adoptaría definitivamente: Con las horas contadas (1950-56), la prosa poética de Variaciones sobre tema mexicano (1952) y Desolación de la quimera (1956-1962).

Su obra crítica fue creciendo en intensidad con el paso del tiempo, especialmente a raíz de la beca concedida por el Colegio de México, con ayuda y aval de Octavio Paz y Alfonso Reyes. Tanto Estudios sobre poesía española contemporánea (1957), que abarca desde los románticos del diecinueve a la primera generación de posguerra (Rosales, Panero y Vivanco), como Pensamiento poético en la lírica inglesa del XIX (1958) y sobre todo los dos volúmenes de Poesía y literatura (1960-64), donde recopila textos de épocas muy diversas, con un especial interés de aquellos que refieren sus experiencias vitales y literarias: Palabras antes de una lectura (1935), El crítico, el amigo y el poeta (1948) e Historial de un libro. La realidad y el deseo (1958).

Después del desprecio insolente de acercamientos sesgados, como el de Torrente en su canónico Panorama (1956), justificativos de versos como estos de Cernuda («Esa España obscena y deprimente / en que regentea la canalla»), la ambivalencia de Cernuda oscila entre la nostalgia nutricia absoluta y el rechazo intempestivo. En Un español habla de su tierra , conjuga el embeleso evocador de «Las playas, parameras / al rubio sol durmiendo, / los oteros, las vegas / en paz a solas, lejos; / los castillos, ermitas, / cortijos y conventos, / la vida con historia, / tan dulces al recuerdo» y la ira del reverso: «Ellos, los vencedores, / Caínes sempiternos, / de todo me arrancaron. / Me dejan el destierro… Pensar tu nombre ahora / envenena mis sueños. / Amargos son los días / de la vida, viviendo / sólo una larga espera / a fuerza de recuerdos. / Un día, tú ya libre / de la mentira de ellos, / me buscarás. Entonces / ¿qué ha de decir un muerto?» Son versos lapidarios de un poeta memorable.

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