Diario de León

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Pasión filial

EL MIÉRCOLES 7 SE CUMPLIERON 105 AÑOS DEL NACIMIENTO ARGELINO DE ALBERT CAMUS (1913-1960), CUYA OBRA, GALARDONADA CON EL PREMIO NOBEL EN 1957, RECOGE SU DIÁLOGO IMPOSIBLE CON LA MADRE ESPAÑOLA SORDA, VIUDA Y ANALFABETA CON LA QUE CONVIVIÓ DIECISIETE AÑOS. divergente

Imagen de Albert Camus tomada en 1957

Imagen de Albert Camus tomada en 1957

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ERNESTO ESCAPA
León

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S u precoz orfandad paterna alojó al niño Albert Camus Sintes en el barrio pobre de Belcourt, conviviendo también con la abuela balear, que era todo un carácter. Con diecisiete años, la tuberculosis lo aleja de la práctica del fútbol, que disfrutaba como portero. Antes, de niño, había sido centrocampista, pero cuando descubrió que corriendo gastaba antes las zapatillas que tanto costaban a la precaria economía familiar, donde no había para renovar tanto el calzado, se abrigó bajo la portería. En su relato Lo que le debo al fútbol, Camus afirma que, después de muchos años en que la vida le permitió explorar distintas experiencias, donde más aprendió sobre la moral y las obligaciones de los hombres fue en el fútbol. Hasta el punto que, después de recibir el Nobel, no dudaba en afirmar que si volviera a nacer y le dieran a elegir entre ser escritor o futbolista, elegiría el fútbol. «El gol tiene el fulgor de la palabra poética».

Toda su obra, marcada por un concepto unamuniano de la muerte, es un diálogo con esa madre incapacitada para responder a la ternura que le dedica. Una madre trasunto de la propia España, que Albert Camus descubre en su viaje de 1935 a Baleares, experiencia iniciática que trastorna un año más tarde el hachazo de la guerra, cuyo resultado lo sitúa en contacto con los exiliados españoles en Francia, a cuyo servicio pone su influencia. En junio de 1944, la noche del desembarco aliado en Normandía, conoce en París a María Casares (1922-1996), con quien inicia una relación intermitente de quince años salpicada de celos, rupturas y arrebatos. 865 cartas, editadas por Gallimard hace un año en un volumen de 1.297 páginas, jalonan la relación del escritor con la actriz. La confidencia casi diaria de María al escritor le acerca la lucha de los exiliados republicanos, cuya causa adopta el escritor como suya.

Al morir su padre, Santiago Casares Quiroga, ella le realza la función tutelar del presidente Juan Negrín, «que ha sido para mí un maravilloso hermano mayor». La relación de Camus con Casares no fue la única aventura del escritor, pero sí la más intensa, fructífera y duradera. Una relación intelectual que se suma a la filial de Camus con España: «España es la mitad de mi sangre, la que rumia su exilio, la que aspira a encontrar la única tierra en que yo sienta mi concordancia, el único país del mundo que sabe unir en una exigencia superior el amor a la vida y la desesperación de vivir».

Después de recibir el Nobel, en enero de 1958, Camus evoca ‘Lo que debo a España’: «Amigos españoles, somos de la misma sangre y tengo con vuestra patria, su literatura y su pueblo, con su tradición, una deuda que no se extinguirá. Los exiliados españoles han luchado durante años y luego han aceptado con orgullo el dolor interminable del exilio. Yo solamente he escrito que tenían razón; y sólo por eso, he recibido la fiel, la leal amistad española, que me ha ayudado a vivir». En teatro, representa en París La celestina, interpretando el papel de Calixto, y más tarde sus adaptaciones de La devoción de la cruz, de Calderón, y El caballero de Olmedo, de Lope. También resulta muy visible el peso de Gracián en El extranjero (1942), su obra más conocida en España, una novela todavía inmadura, que discurre con asombrosa simplicidad, dejando al lector la tarea de resolver las zonas de penumbra indecisa.

Esa siembra de ambigüedad fertiliza los tramos más sugestivos de una obra bruscamente interrumpida por la muerte. Una obra literaria trenzada con novelas –El extranjero, La peste (1947), La caída (1956) y la póstuma El primer hombre (1984); relatos –El exilio y el reino (1957); ensayos –Bodas (1938), El mito de Sísifo (1942) y El hombre rebelde (1951); y teatro: El malentendido (1944), con ecos del Lorca más conciso y fulminante, retrata una Europa sin esperanza, sumida en un túnel agobiante; Calígula (1944) forma parte de su núcleo del absurdo, junto al Extranjero y El mito de Sísifo; Estado de sitio (1948) es una parábola antifranquista ambientada en Cádiz, que expresa su homenaje a la España que tanto amó, pero la mezcla de géneros, desde la farsa al auto sacramental, le valió el rechazo de crítica y público; y Los justos (1949), su última obra dramática, pone en escena los límites morales de la acción política, a través de un grupo revolucionario en la Rusia zarista de 1905. La distancia entre el fin y los medios incide en la reivindicación de que la revolución no suplante a la rebelión.

En su momento, se interpretó el mensaje de Los justos como réplica a Las manos sucias (1948), de Sartre. Y poco después, los lectores franceses de Los mandarines (1954), de Simone de Beauvoir, criticarían su caricatura en Henri, trasunto de Camus en las discusiones sobre el compromiso intelectual, que el propio Camus aborda en su reflexión El hombre rebelde (1951), reflejo de la polémica entre la libertad metafísica y la revolución real. Es el ensayo más ambicioso de Camus, quien entiende que el espíritu rebelde define al ser humano que se niega a la sumisión, constituyendo su naturaleza social, ya que la rebelión es siempre una empresa común: «Me rebelo, luego somos», afirma Camus. Junto al enciclopédico Los orígenes del totalitarismo (1951), de Hannah Arendt, la punzante meditación del Hombre rebelde de Camus esclarece las trampas de un tiempo en el que el riego ideológico se precipita sobre la sociedad, convirtiendo el crimen, hasta entonces un asunto tan solitario como el grito, en una plaga cuya universalidad compite con la capacidad propagadora de la ciencia.

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