Diario de León

POESÍA

Palabra en carne viva

EL DESGARRO Jorge Villalobos Premio Hiperión de Poesía, Hiperión, Madrid, 2018. 72 pp.

Publicado por
JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
León

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L a poesía, de modo general, prefiere estar más cerca de la tristeza que del regocijo. Existe la poesía jubilosa, claro está, y acaso el mejor ejemplo sea el Cántico de Guillén. Pero parece que los poetas han tendido más a impregnar la poesía de vacío existencial, melancolía, dolor, etcétera. Incluso la poesía más joven invita a entrar en la casa de la desolación, no sé si porque la palabra pueda resultar de algún alivio ante la opresión de la angustia o transmitir algún tipo de consuelo anímico. Esta reflexión viene a cuento tras la lectura de El desgarro , de un joven poeta malagueño nacido en 1995, Jorge Villalobos. Para expresarse escoge la prosa poética en piezas breves y estéticamente eficaces. El poeta llama Fotografías al conjunto de sus poemas. Son estos un regreso al desconocido que uno mismo fue de niño. El poeta adulto no ve en las fotografías de la niñez un tiempo feliz: con las fotos vuelve el dolor de las pérdidas: la temprana de la madre, las posteriores del abuelo y el padre... Los poemas reflejan la herida interior, las huellas dolorosas que van pautando la existencia, el «vacío desolador» que causa el recuerdo, «el ahogo de la pérdida», el desgarro íntimo, como expresa el título del poemario... El recuerdo, al pie de las fotografías, reabre las heridas y acrecienta el desconsuelo. Lo que el poeta expresa, desde mi punto de vista, es la impotencia, el no poder nada contra la muerte, como clamaba otro angustiado, César Vallejo. En el caso del joven Villalobos, ni siquiera la poesía alivia, porque de lo que nos habla cada poema es de «un hombre al que le aprieta demasiado lo vivido» y que no busca la palabra que sirva de lenitivo o de sedante a su aflicción, sino la palabra que escueza, la «palabra en carne viva», como indica un poema.

Cuando el poeta escribe: «En este hogar siempre serás bienvenido» no habla de consuelo, sino de acogida. La poesía puede ser ese hogar, pero como espacio de purga, de desahogo y de reconciliación con uno mismo. Es al menos lo que parece representar para el sujeto de esta poesía. Las fotos y la casa familiar no implican un retorno grato, sino un doloroso ejercicio de memoria. Cuando al final del libro, en el poema titulado Deshabitado , el poeta cierra simbólicamente las puertas del hogar del niño de las fotografías, lo hace deshabitado, sí, pero liberado de la opresión del pasado, por más que haya comprendido que el futuro no le deparará tampoco algo mínimamente luminoso.

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