Diario de León

el territorio del nómada |

Un pensador a raya

EL MARTES día 4 SE CUMPLIERON 120 AÑOS DEL NACIMIENTO DE XAVIER ZUBIRI (1898-1983), EL ÚLTIMO METAFÍSICO DE LA FILOSOFÍA ESPAÑOLA, PENSADOR DE COMPLEJA Y SINGULAR TRAYECTORIA. . divergente

Xavier Zubiri y Carmen Castro

Xavier Zubiri y Carmen Castro

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

Creado:

Actualizado:

E l último metafísico (si descontamos al irrelevante y tosco cepedano González Álvarez (1916-1991), que ocupó la cátedra complutense a la muerte de Ortega) dibujó con tenacidad un ramo de ideas tan intrincado como apasionante, dedicando su último medio siglo a sistematizar, fuera del circuito académico, un pensamiento esencial sobre cuestiones tan irresolubles como la sustancial volatilidad de las cosas, el más allá del ser o la existencia de Dios. El reproche de nuestro tomista cepedano, en su tesis doctoral, es que Zubiri intenta complementar el pensamiento heideggeriano con su noción de religación, pero sin alumbrar una demostración racional de la existencia de Dios. ¡Ahí es nada el ojeo del tuerto!

Tampoco fue el único ni el más importante opositor a un pensamiento filosófico que nunca se acomodó en su expresión al argot escolástico. El odio más tenaz y feroz provino del dominico Francisco Barbado (1891-1964), decisivo para impedirle tanto el regreso a su cátedra complutense desde Barcelona como el acceso al instituto Luis Vives del Consejo Superior. Su ‘mancha’ con estos inquisidores no era sólo su condición de cura secularizado y casado con la hija de un agnóstico exiliado, sino el runrún, interesadamente agitado en la papilla madrileña de dimes y diretes, de una relación sentimental fija y estable con Asenchi (Asunción Madinaveitia, la prima de su mujer), quien iba a ejercer como secretaria general de la Fundación Zubiri.

Zubiri nutrió su filosofía durante años con materiales de muy diversa procedencia y a veces de difícil encaje, partiendo de una primera etapa fenomenológica, presente en su tesis de 1921, dedicada a la teoría del conocimiento. Pero ya desde su raíz el pensamiento de Zubiri tiene una radicalidad que desborda las cautelas de sus maestros: Zaragüeta, Ortega, Husserl y Heidegger. Porque incorpora la fuente plural de una curiosidad sin límites, que engloba desde las antiguas lenguas orientales y la teología, a disciplinas como la física cuántica, la genética o las matemáticas. Catedrático complutense, desde 1926, relega la fenomenología al rango de ‘inspiración remota’ y se sumerge en la etapa ontológica (1931-1944), intentando elaborar un sistema de pensamiento que aúne el estudio de la realidad y su intelección.

Es su etapa de docencia universitaria (1926-1942) en Madrid, Roma, París y Barcelona, cuyos frutos publicados van viendo la luz en Revista de Occidente, Cruz y Raya y Escorial, antes de engrosar, junto a otros inéditos, su primer libro importante: Naturaleza, historia, Dios (1944). Busca las raíces de la propia filosofía y se plantea En torno al problema de Dios (1935), quicio de su pensamiento: Dios como raíz de la existencia humana. Será su tema recurrente, en el que sigue trabajando cuando le llega la muerte. Zubiri es entonces un joven cura catedrático, aficionado a acicalarse con colonia, que deja seducidas a jóvenes discípulas como María Zambrano, quien apunta: «Finalmente, él no se decidió». Entonces y después de una laboriosísima gestión vaticana para reducir a laical su condición de sacerdote, se casa con la lacia Carmen Castro, que al cabo de los años se convierte en su secretaria y aspira a ser su ‘costumbre’, como llamaba Unamuno a su mujer.

Mientras, un Zubiri prendado de la prima Asenchi, sufre obsesivamente su ausencia, hasta el punto de abandonar la cátedra de Barcelona para seguirla a Madrid, cuando ella se traslada de ciudad, y sin haber conseguido vencer el veto episcopal de Eijo Garay ni el ministerial de Ibáñez Martín a que ocupara su cátedra complutense. Acude en su ayuda el próspero empresario albista, ex gobernador del Banco de España y yerno de Marañón, para quien recuperó de la ruina el Cigarral de Menores de Toledo, Alejandro Fernández Araoz (1894-1970), quien le entrega un cheque equivalente a su sueldo anual de catedrático para que siga desarrollando su obra filosófica sin distracciones de horario. Luego, el éxito de los cursos privados de Filosofía en Madrid logra el patrocinio del Banco Urquijo, que asume su sostenimiento económico.

Fiel a la exigencia de saber universal que constituye en su aspiración la filosofía, echa mano de todas las ramas del conocimiento para dar cuenta de las últimas razones, partiendo de las particulares de cada ciencia. Con una enramada de conocimientos tan compleja, que alimenta en diálogo personal con sus grandes figuras (de Einstein o Benveniste a Heidegger o Severo Ochoa), teje Zubiri su formación, que tensa adentrándose en los clásicos del pensamiento. Una senda intelectual presente en sus escritos filosóficos, de lenta y morosa elaboración. De hecho, hasta sus 64 años no publica la obra filosófica señera de su pensamiento: Sobre la esencia (1962), cumbre de su madurez metafísica, a partir de la cual despliega su trilogía La intelección humana: Inteligencia sentiente (1980), Inteligencia y logos (1982) e Inteligencia y razón (1983).

Pero la fecunda tarea de décadas en soledad no acabó con su vida. A partir del silencio, la fundación Zubiri, cuya secretaría ocupó su amor de siempre Asunción Madinaveitia, prima de su mujer Carmen Castro, emprendió la edición de toda su obra con Alianza, incorporando inéditos voluminosos como El hombre y Dios (1985); Sobre el hombre (1986); Estructura dinámica de la realidad (1989); la revisión de la antropología aristotélica Sobre el sentimiento y la volición (1992); El problema filosófico de la historia de las religiones (1993); y Los problemas fundamentales de la metafísica occidental. Gustavo Bueno mostraba su asombro al descubrir en Ellacuría y otros teólogos de la liberación su devoción discipular por Zubiri.

tracking