le big mac
Baila el fuego
Después de empaquetar todos tus objetos y cargarlos en un camión hacia un barco, queda sobre el suelo del piso, junto a esos ovillos de polvo que parecen ratones muertos, un rastro de fotos de carnet, nóminas, facturas y cartas del banco nunca abiertas: el acervo de la vida real, en la que madrugas y te afeitas, y escuchas y obedeces, y deseas y rezas. «Bailas como el fuego», le dices a ese tío que dejas de ser desde ahora. Te produce cierto asombro que haya llegado a sobrevivir todos estos años. Ha faltado poco para que te alcance a ti también, piensas. Es tan real que cuesta creer que sea imaginario. En él delegaste las jornadas laborales y las cenas de empresa. Fue él quien perdió la paciencia con el lento tráfico de la primera hora. Es él y no tú quien sabe anudar al cuello una corbata. «¿No te gustaría ser real?», te reta y ni le escuchas porque qué es más real que haber mirado con ojos de tramoyista las costuras de la verdad. Le abandonas junto al contenedor de papel, con todos los documentos de lo que fue su vida y no la tuya. Pero luego ocurre algo. Antes de irte de Madrid te despides de algunas personas, te despides de gente a la que quieres y también de gente que no conocías, incluso de gente a la que quieres y no conoces. Un día quedas con Ramona Ucelay y cuando sale del metro lo primero que te dice es que tienes pinta de escritor. Es otoño y hace frío y te disgusta lo que oyes porque lo que siempre has pretendido es parecer un chófer o un electricista, parecer una realidad y no una ambición. Y entonces piensas que ella y tú sois una imagen y su negativo. Si ella es un personaje imaginario que narra una vida real, tú eres un tío de verdad que ha imaginado una vida para ganar un salario. Un tío que tiene opinión política y que se disgusta cuando otra persona se le cuela en la carnicería. Ella, por su lado, existe para contar lo que le sucede a otra persona que prefiere el anonimato. Entonces me pregunto si la ficción es una representación fiel de la realidad porque la realidad está hecha de mentiras, o si es que hay algo que podemos salvar de todo lo que no es verdad. Y vuelvo a ver aquel hombre que fui tirando toda una vida al contenedor azul porque no creo en ella. Bailas como el fuego, me digo. A ver si por fin ardo.