Diario de León
Publicado por
nacho abad
León

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Vi que la mujer que estaba delante de mí en la cola era occidental, pero no supe que hablaba mi idioma hasta que oí cómo grababa una nota de voz en su móvil (sus palabras sonaban como un mensaje de despedida: «Te quiero, te odio, te necesito»). En la taquilla pidió un billete de ida a aquel pueblo en el que no hay nada, aparte de un par de pensiones y un bosque donde la gente va a quitarse la vida. Yo estaba pasando un momento gris. Había cometido un error en el trabajo y al intentar ocultarlo hice algo aún peor. Nadie se había dado cuenta aún. Pero estaba hundido y a la vez aterrorizado. El día anterior mi directora me había dicho que tenía que presentarme en la central para sellar los documentos del visado, y yo no había conseguido dormir pensando que lo que en realidad me esperaba era un juicio por mis faltas. Así que al oír aquella voz en la cola, supe que se trataba de una señal. Ni siquiera llamé para avisar de que faltaría. Pedí en la taquilla un billete para el mismo pueblo, junto a aquel bosque. Todos mis errores tenían sentido: iba a salvar a aquella chica de sus propias decisiones. En el autobús ella se sentó atrás y yo junto al conductor. El sonido del motor era dulce porque me llevaba a un lugar donde nadie me esperaba. Rápido, antes de salir de la ciudad, me dormí. Al llegar, el conductor me golpeó en el hombro para despertarme. Miré hacia atrás, pero la chica ya no estaba allí. Salí deprisa y enseguida me vi dentro del bosque. Había un cartel que apelaba al amor de nuestras familias, de la gente a la que importamos. El suelo estaba húmedo. Mis zapatos, a los pocos pasos, parecían los zapatos de un vagabundo. Busqué a la chica, pero no encontré ni rastro. Entonces pensé en salir del camino y meterme entre la espesura. Para no perderme saqué de la cartera una libreta y un lápiz y empecé a dibujar flechas y a clavarlas en las ramas. Luego comencé a notar un olor nauseabundo. Oí el sonido de unas moscas violentas y me acerqué. Allí encontré el cuerpo de un mapache muerto. Tenía una herida enorme en la espalda. El zumbido de las moscas y aquel olor eran más fuertes dentro de mi cabeza que fuera. Ese era el efecto de la eternidad cuando arrastra lo breve de la vida, pensé. Y luego me senté y mordí la punta de mi lápiz.

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