el territorio del nómada |
La ceniza fue árbol
EL MARTES SE CUMPLEN 45 AÑOS DE LA MUERTE PREMATURA DE IGNACIO AGUSTÍ (1913-1974), PERIODISTA Y NARRADOR CUYA ADICCIÓN ALCOHÓLICA LO ALEJÓ PRIMERO DE LA DIRECCIÓN DE DESTINO Y LUEGO LE ESTRAGÓ NEGOCIOS Y la PROPIA OBRA. divergente

Imagen del escritor y editor catalán Ignacio Agustí
P oeta en catalán antes de la guerra, reúne sus versos en El veler (1932) impulsado por Salvador Espriu y otros compañeros de aventura, aunque su despegue como creador se producirá lejos de Cataluña. Primero con la fundación y dirección de la revista Destino (1937) en Burgos, como órgano de expresión de los falangistas catalanes. Ya de regreso en Barcelona, después de la guerra, Agustí seguirá dirigiendo Destino (editorial y revista) hasta la ruptura de 1957, después de haber fundado en su seno el prestigioso premio de novela Eugenio Nadal. A partir de entonces, se convertiría en librero y editor con la marca Argos, entre 1957 y 1971, pero la tenacidad en una vida disipada que nos transmite en discretas pinceladas de sus Memorias (1982) su amigo y confidente el novelista Sebastián Juan Arbó (1902-1984) acabaría quebrando sus negocios y la paz familiar, atascando su obra narrativa y doblegando su frágil salud.
El estreno narrativo de Agustí se produjo en la inmediata posguerra con Surcos (1942), un relato juvenil de poca enjundia, para confirmarse durante su estancia en Suiza como corresponsal de La vanguardia con el primer título de su pentalogía La ceniza fue árbol (1944-1972), Mariona Rebull (1944), saludada por la albricia de Azorín desde Abc («¡por fin tenemos un novelista!») y refrendada en su alto valor galdosiano por la crítica especializada. En aquella distancia helvética, concibe Agustí su ciclo narrativo para rescatar los afanes de la burguesía catalana, partiendo de las generaciones de la familia Ríus, quienes desde su encumbramiento industrial decimonónico (el árbol) van decayendo hasta convertirse en ceniza, porque el laborioso empeño del viejo Ríus acaba disolviéndose entre apatías e indolencias. Lo más llamativo de la serie es que en su avance declinante los protagonistas de la ficción parecen ir marcando al autor el rumbo de su propia caída en el desastre.
Mariona Rebull (1944) marca sin duda la cota más alta del ciclo, y sirvió como llamada de atención a los lectores por su excelente recuperación plástica de una época y por el difícil y logrado equilibrio entre la ficción y su marco histórico, que siempre supone una alianza de riesgo en las indagaciones narrativas históricas. También consigue conjugar Agustí las vivencias personales de sus personajes en las convulsiones ambientales, con una sutileza especial en los matices de la psicología femenina. Porque Mariona, su heroína romántica, acaba muriendo en brazos de su amante Ernesto Villar por la explosión de una bomba en el Liceo de Barcelona (1893). Aunque los lectores se sintieron atrapados entonces por el gancho de su trama erótica, otros aspectos resultan sin duda más relevantes en la conflictiva relación de Mariona y Joaquín Ríus, que personalizan el desencuentro entre la rica heredera y el trepa frío y calculador que busca una boda de conveniencia para salir de la pobreza. De ahí, el interés en descubrir, más allá de la peripecia sentimental, el relato sobre la pasión del dinero en el nacimiento del capitalismo catalán. Ríus se ha hecho a sí mismo desde la nada, al cobijo de Mariona, pero ella carece de voluntad, siendo como es una criatura encantadora.
El viudo Ríus (1945) prosigue el mismo rumbo, aunque ya con muestras de descenso en su calidad literaria. Se retrae en ella mucho más la vida personal de sus personajes para realzar el entorno de tensiones, crisis económica y terrorismo latente que culmina en la Semana Trágica de 1909. Esa inclinación sesga el relato hacia un tono más bronco, quebrando el equilibrio anterior entre la peripecia humana de sus personajes y el marco histórico. Como además el sesgo se escora hacia la visión del conflicto que tienen los patronos, Eugenio de Nora la considera como novela social desde una perspectiva patronal.
Ya de vuelta en España, los compromisos profesionales acaban enredando al autor, que demorará trece años más la aparición del tercer volumen: Desiderio (1957). Por entonces, simultanea la dirección barcelonesa de Destino con la del periódico oficial El español en Madrid, antes de encargarse, por encomienda de Fraga, de dirigir el Ateneo de Barcelona y de poner en marcha, a partir de 1963, el diario Tele/exprés y más tarde el semanario catalán Tele/estel . Además, dirige la librería y editorial Argos. La tercera novela del ciclo la protagoniza el hijo de Joaquín y Mariona y dominan en ella los impulsos románticos de una acción narrativa centrada en sus pasiones eróticas, hasta desembocar en una boda de conveniencia precedida por la consabida crisis de arrepentimiento. El marco urbano se reduce prácticamente a la celebración carnavalera y la sobredosis ambiental de El viudo Ríus que reducida a barullo festivo.
El ciclo culmina con 19 de julio (1965) y Guerra civil (1972), donde aborda ya episodios vividos por el autor. En ambos el peso del marco histórico adquiere más importancia, sin prescindir de la galería de personajes que se mueven en torno a los Ríus. Al tratarse de períodos conocidos por su experiencia personal, Agustí los impregna de vigoroso realismo, con el que arropa a un apático y débil Desiderio. La pentalogía se cierra con la muerte del viejo Ríus, cuya presencia se hace sentir en la familia hasta su final. Siendo las novelas más flojas del ciclo, 19 de julio cosechó el premio Nacional 1965 y el premio de la Crítica 1966. Era el momento preponderante de Agustí en la corte de Fraga, que lo agasajó con diversas distinciones por su vicaría catalana. Vencido en la pendiente de una vida truncada antes de tiempo, escribió sus memorias, que vieron la luz póstumamente con el título de Ganas de hablar (1974).