Diario de León

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Humor de retranca

MAÑANA LUNES SE CUMPLEN 65 AÑOS DEL FALLECIMIENTO DE WENCESLAO FERNÁNDEZ FLÓREZ (1885-1964), NOVELISTA DE ÉXITO CON ALIÑOS DE HUMOR, ACADÉMICO Y PERIODISTA COTIZADO QUE ALCANZÓ SU TRIUNFO CON EL REPLIEGUE NOSTÁLGICO DEL MODÉLICO EL BOSQUE ANIMADO, HITO RELEVANTE EN NUESTRA MEMORIA GENERACIONAL. divergente

Wenceslao Fernández Flórez

Wenceslao Fernández Flórez

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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T ambién es cierto que el descubrimiento de El Bosque animado (1943) dependía más del olfato de los prescriptores de lecturas en el ámbito docente que del relieve amortiguado y prácticamente inexistente de su autor, a quien perjudicó sucesivamente la condición de humorista un tanto acartonado por lo que vino más tarde y el despecho de los manuales, afectados en su rechazo por los libros desabridos que dedicó a su experiencia bélica como refugiado en la embajada de Holanda, antes de salir para Portugal. Tanto Una isla en el mar rojo (1939), como La novela número 13 (1941) ponen de manifiesto una desmandada ferocidad, inhabitual en un escritor de perfil europeo, conservador pero siempre pulcro y refinado, como lo dibuja Eugenio de Nora. Otros estudiosos se muestran más inclementes, como su paisano falangista Torrente Ballester, quien lo descalifica por su renuncia de apetencias literarias y cortedad de miras.

Pero no es únicamente el caso de este vengador por paisanaje. Valbuena Prat lo despacha de corrido y para Ángel del Río ni siquiera existe. Yo tuve la fortuna de contar con Miguel Díez (hermano de Luis Mateo) como inductor de lecturas y descubrí con quince años El bosque animado, que fue uno de sus últimos libros, en la accesible colección Austral. Precisamente al abrir ahora aquel ejemplar, me encuentro con la ficha de su lectura, donde anoté la contradicción del autor, al defender en su profusa actividad como articulista conservador las mismas taras que atacaba en algunas de sus novelas más célebres. Este peregrinaje nómada alrededor de los ofrecimientos arbitrarios del calendario adquiere todo su sentido cuando se convierte en oportunidad para rescatar a un autor extraviado en el olvido por la percha de su obra más atractiva. Y es el caso de Wenceslao Fernández Flórez con El bosque animado.

Fernández Flórez sucedió a Azorín como cronista parlamentario de Abc , entre 1916 y 1935. Ubicado en la pendiente conservadora del maurismo y crecientemente molesto con el régimen político de la Restauración, se sintió defraudado y resentido por el fracaso histórico de la pequeña burguesía, que fue siempre su clase, como corifeo de la aristocracia en los lunes del Ritz. Su rechazo del parlamentarismo y del relevo de los partidos políticos se combina con un antimilitarismo cerval, que sin embargo traduce en la invocación de un cirujano de hierro que implante la revolución desde arriba. Enemigo rabioso de la república, se apunta al golpe de estado franquista como cruzada redentora. Todo este ciclo ideológico lo transparenta en sus artículos, recogidos los parlamentarios en Acotaciones de un oyente (dos volúmenes amarillos de Austral) y otra serie agrupada póstumamente en Impresiones de un hombre de buena fe (1964). Sus primeros libros habían aparecido en colecciones populares muy difundidas, desde La procesión de los días (1915) a la estupenda Volvoreta (1917), disponible en la colección de clásicos de Cátedra.

Volvoreta (mariposa en gallego) es el nombre que el deslumbrado e indolente Sergio da a la joven Federica cuando llega como criada a su casa, regida con estricta reglamentación por su madre doña Rosa. Aunque el pavito no considera honorable enamorarse de la criada, una noche son sorprendidos por doña Rosa en tan «disparatados amores» y Volvoreta tiene que abandonar la casa. Entonces se instala en la mansión de un banquero coruñés y Sergio la sigue. Se siguen citando, mientras él trabaja en un periódico (El avance), pero la aventura concluye enfrentando al periodista con el banquero en una escena en que el furtivo Sergio aparece con los tirantes colgando. El joven despechado por su descubrimiento vuelve a casa, donde espera recuperar el sosiego en contacto con la naturaleza. Al final, un arrebato de panteísmo descubre al protagonista que el amor no es otra cosa que una ley de la naturaleza, como la propia muerte que cierra expectativas. Volvoreta coincide en su ficción con la propia experiencia biográfica del autor, que va a permanecer soltero y pulido toda su vida.

Un cuarto de siglo más tarde, regresa con su ficción El bosque animado a Galicia, imbuido de un difuso galleguismo espiritual, que acaso surja como homenaje silencioso y solapado a quien fuera su amigo fraternal, Alfonso Rodríguez Castelao, que se encuentra alejado en el exilio. El bosque animado supone un salto radical en su trayectoria narrativa. No es una novela convencional, sino un mosaico formado con teselas del folclore, que incorpora fábulas de animales, árboles y gentes del bosque en un repertorio muy próximo a nuestra memoria, por su procedencia de la tradición oral. Su escenario es la fraga de Cecebre, un bosque animado por un vitalismo prodigioso, que aparece muy tintado por la rapsodia de sus temas de siempre, vistos ahora en clave melancólica: el erotismo adolescente, los nacidos para el fracaso, o los incapaces de ser malos de verdad. Sus dieciséis capítulos, llamados estancias, discurren por una geografía propicia a lo mágico y entroncan siquiera remotamente con las fantasías Disneyanas. Pilara, Geraldo, Hermelinda y la pedigüeña Marica de Fame con sus hijos hambrientos pero siempre sanos son personajes que conviven sin resquemor con los contratiempos. Mientras, Moncha es una bruja que lee sus conjuros en un libro latino y Fendetestas un bandido que no sabe ser malo, pues vive obsesionado por robar la casa de algún cura y, cuando se le presenta la ocasión, se entretiene ayudando a parir a una vaca.

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