Diario de León

Un premio para el jinete cabalgado por Crémer

Publicado por
JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
León

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or qué un premio «Gil de Biedma» en Segovia? Es Jaime Gil un poeta muy leído y admirado por una buena parte de los poetas de hoy y desde hace más de dos décadas. La todavía viva poesía de la experiencia creció a sus pechos. Es Gil de Biedma un poeta catalán en español. Había nacido en Barcelona en 1929 y allí tenía su residencia permanente, si bien pasaba largas temporadas, desde niño, en el pueblo segoviano de Navas de la Asunción, de donde provenía su familia, y, por motivos de trabajo, en Manila. En

Diario de un poeta seriamente enfermo

(1974) primero, y después en el ya definitivo y póstumo

Retrato del artista en 1956

(1991), relata el poeta catalán su estancia de tres meses en el pueblo segoviano, convaleciente de una afección tuberculosa. He aquí una breve estampa de una plaza de la ciudad segoviana: «Paso por la Plazuela de los Espejos, saco las fotos que me pidió María Zambrano y luego, mientras mi madre va de compras, me siento en la terraza de La Suiza, a gozar de mi día de enfermo en asueto, y del sol cálido y de la incesante vivacidad del aire. La plaza tan digna, tan poco pretenciosa como siempre: kiosko, acacias y soportales». En estas pocas líneas queda señalada la razón por la que la Diputación de Segovia estableció con el nombre de Gil de Biedma un premio de poesía que pasa por ser uno de los de mayor relieve de la geografía peninsular.

El poeta no cesa nunca

No queremos que

El último jinete

(lo comentaremos con más detenimiento el próximo domingo) sea un libro de despedida, como Crémer declaró a la prensa leonesa. No, el poeta no cesa nunca; Crémer no decaerá como poeta mientras corra una gota de sangre por sus venas. ¿Para qué va a madrugar Victoriano si no es para dar cuenta del aletear de los pájaros en la ventana de su palomar celeste, del renacer del mundo con cada amanecer o de los pensamientos sobre el amor, la vida y el tiempo fugitivo que acuden a su pluma?

La poesía de Victoriano Crémer, iniciada con fuerza en la temprana posguerra, fue avanzando progresivamente de un tono agrio y desenfadado a otro tono cada vez más pacífico y sosegado que es el que rige su poesía última, esa que comienza con

El cálido bullicio de la ceniza

(1990), movido y conmovido por la muerte de su esposa. La palabra cremeriana, llena de experiencia vital y poética, conjuga armoniosamente motivos existenciales y sociales y, al mismo tiempo, su voz remansada, cálida, reflexiva y serena adquiere un tono paciente, trémulo y emotivo. Crémer fue cumpliendo años, pero los de la vejez siguieron alimentando la llama de la poesía, siempre fiel a su mundo, aunque en él fueran apareciendo preocupaciones nuevas, derivadas de la misma circunstancia vital del poeta: la vejez y los viejos, la enfermedad y muerte de la esposa... A

El cálido bullicio de la ceniza

, dedicado «a Curra, muerta y resucitada todos los días», y libro de amor desde la muerte, seguiría

La escondida senda

(1993), una especie de automoribundia transida de amor y soledad, siendo la muerte la más honda de las soledades, cantada sin llanto, pero sí con dolor concentrado y hasta con resignación ante lo inevitable. En

El fulgor de la memoria

(1996) poetiza Crémer el deseo de aferrarse a lo único que nos queda, el recuerdo, al que se asocian las demás preocupaciones cremerianas: la soledad, el hombre como animal de costumbres, la esperanza, el afán obstinado de vivir, el miedo y sus heraldos, la muerte y los muertos más queridos... El título de

La resistencia de la espiga

(1997) expresa metafóricamente el pensamiento cremeriano sobre el hombre como el animal más frágil y, a la vez, más resistente de la tierra; pero el poemario es, más que nada, una mirada sobre el mundo desde una actitud experimentada y serena, aunque no resignada.

La paloma coja

(2002) lleva un título expresivo: como ella, el hombre vive cojo, pero en pie; acosado, pero con nuevos estímulos para vivir, como los que alentaron en los hombres de su generación en los tiempos terribles de la guerra y la posguerra.

Palabra llena de humanidad

En esta etapa última la palabra de Crémer está llena de humanidad, y es expresión del hombre de hoy y de siempre, del que ama y del que sufre, del que pasa en silencio y del que se duele de viva voz. En colaboración con el pintor Ramón Villa, de quien son las ilustraciones, publicó Crémer en 2005

El palomar del sordo

, alusión, sin duda, a una situación vital y al desván desde el que Crémer ha visto amanecer a lo largo de los años y donde ha escrito en soledad creadora sus novelas, sus versos y sus artículos periodísticos.

El último jinete

, por fin, premiado con el Gil de Biedma, acaba de salir a la luz. Yo lo pude leer meses antes en fotocopia con el título de

El jinete del alba

, título abierto hacia más claros horizontes, a pesar de que la idea de la muerte y las ausencias dolorosas empapen unos versos preocupados por el hombre en general y por uno mismo y su destino, en interrogaciones que no esperan otra respuesta que el silencio. Al lado de la muerte, el amor en lo más hondo del alma, vivido dentro de una íntima y herida soledad, sin que desaparezca el pensamiento de la muerte, de la amada muerta a la que dirige muchos de sus poemas y a la que hace centro de la existencia: «mi vivir es esperarte», escribe el poeta. Parece inevitable, asimismo, que los recuerdos afloren a la vida del poeta. «Me aprieto el corazón y sangro recuerdos», ha escrito el poeta: el recuerdo, la mirada hacia atrás, el dolor y el consuelo de la rememoración dan a los libros últimos de Crémer una tonalidad nueva, melancólica, pero no delicuescente, porque la poesía de Crémer, hasta sus versos finales, conserva un vigor admirable, la fuerza de un hombre que hasta para poetizar los sentimientos más lúgubres sabe concitar una sonrisa: «¡Y ustedes perdonen / si me muero sin avisar!»; la fuerza de quien conserva intactos el amor por la vida y por la poesía.

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