Diario de León
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León

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M e falta tiempo ahora, cuando hablo

con el racimo de hijos, para hacerte

un rincón más en mi abundancia.

Tierra

de campos leonesa; páramo de mis prisas

de amor.

Me falta tiempo

para volver la mano

a acariciar el lomo del recuero del río,

a alisar el cabello del trigo ante mis ojos,

a repetir los nombres que sonaban

como campanas en la noche.

Digo

Grajal, Sahagún, Bercianos,

Santas Martas...

Un tren de madrugada

pasa a nivel el corazón. Y veo

unas manos de amor llenando el campo

de más cielo que tierra.

-Ya sabéis,

hijos, toda la historia:

Un viajero

vino a tierra de campos leoneses,

-llevaba el corazón con tres estrellas-

y cabalgó sin más, como al descuido,

con paso de andadura, a la esperanza.

Era un joven atento al compromiso

de agradecer a Dios lo que le daba;

el blanco pan de trigo,

la mesa abastecida de aleluyas,

el vino del amigo, el agua fresca,

el asiento a la lumbre.

Sabéis, hijos,

que a su lado era todo impetuoso:

la torre de Sahagún hacia el descanso

del rey Alfonso; el campo de los godos

inaugurando campanarios; puentes

erizados de honra; teorías

como castillos; códices, concilios,

fueron como medallas, armaduras

como constelaciones, arzobispos

como buriles, peregrinos como

pardas riadas de amor.

Una por una

las piedras se pisaron

hasta quedarse en esto; en ancha tierra

que demandaba un poco de ternura,

el corazón de pájaro del joven,

la detención precisa de los trenes

en que él, con tres estrellas,

iba desde León al paraíso

y regresaba en la alta madrugada

repitiendo los nombres:

Sahagún, Burgo,

Santas Martas...

Y en lo alto de los cielos

la misma Osa Mayor que viera Alfonso

desde la torre mágica, mirándole.

Y luego...

Suponed lo que acontece

cuando toda la tierra de estos campos

leoneses se achica, se cobija

en dos ojos clarísimos y el Esla

se vuelve dos arroyos diminutos

en dos pupilas de mujer y suenan

en su boca los nombres y la vida

deja de ser pasado y es futuro

que viene a terminárseme en vosotros.

Hablo de un tren de madrugada. Iba

de Palencia a León, del campo al cielo,

del amor al amor.

Tierra de campos,

tierra ya para siempre impetuosa

en el recuerdo, aunque me falte tiempo

-¡oh, edad en que vivimos!- para darle

en un lugar del corazón, ahora,

la lentitud de amor que se merece.

(De En un lugar del corazón, Luis López Anglada.

En «Tierras de León», número 7, 1966)

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