Félix de Agüero
L a belleza paraliza el tiempo y pone en movimiento todo nuestro interior, arrastrando las emociones soterradas por el desgaste diario de la rutina. El arte nos transforma en lo más profundo, invitándonos a salir de nosotros mismos y a renegar de los convencionalismos y se convierte en emoción cuando conseguimos arrancarle al placer el deseo, a la existencia el tiempo y a la belleza, la voluntad.
Félix de Agüero es un pintor que vive de afuera hacia adentro. Sus obras, al igual que las novelas de Sthendal, constituyen el espejo que se pasea a lo largo de un camino y que refleja tanto el azul del cielo como el fango de los lodazales . Las verdades universales que caracterizan sus temas, evidencian el análisis profundo de sus emociones, así como una crítica irónica de la realidad actual.
Decía Kundera que el hombre desdichado busca un consuelo en la amalgama de su pena con la pena de otro y que la seguridad es tan corrosiva como las dudas. El mejor elogio que se le puede brindar a una persona, haciendo referencia al escritor mencionado, es que su vida ha sido una obra de arte. Pero nuestra vida no es más que una representación. En un momento de la farsa, si nos cambian el decorado, la luz o la perspectiva del público, nos arruinan la función. Tal vez, la cuestión radique en que vivimos para los demás, para ganarnos su aplauso, su afecto, su consideración. Por esa razón, incluso en los momentos de máxima desesperación y angustia, componemos las situaciones de duelo para el efectismo estético: lo políticamente correcto y lo cínicamente permitido. Así, cuando contemplamos la obra de este pintor, observamos cómo el hombre se enfrenta a sí mismo sin ética alguna. La representación de playas con desagües en zonas de baño, los deshechos y la intervención nociva de la mano del racional en la naturaleza, evidencian ese ansia por adueñarse del futuro para poder cambiar el pasado , sin reparar en que sólo la inteligencia es capaz de insuflar un sentido lógico a ideas insensatas.
-¦ y una intensa carga onírica
Los primeros trabajos de Félix de Agüero se caracterizaban por una gran influencia daliniana, gran dramatismo y una intensa carga onírica. Obsevamos una temática basada en el ego, sus frustraciones y anhelos, y un fuerte barroquismo en la composición. Más tarde, surge la evolución en el estilo y la temática. La concepción hiperrealista y la estrecha relación de hombre y naturaleza, confieren a la obra un análisis con gran fuerza simbólica y metafórica. Nos recuerdan las palabras de Proust: «Lo que se trata es de hacer salir, mediante la memoria, nuestros sentimientos, nuestras pasiones, es decir: las pasiones, los sentimientos de todos» . El paisaje natural le sirve para tratar temas trascendentales para el ser humano. La propuesta plástica constituye una herramienta con la que el pintor refleja una visión intimista de la vida. Sirviéndose de una realidad definida por un espacio y un tiempo determinado, la obra sufre diferentes modificaciones estéticas y conceptuales en el estudio hasta conseguir que la misma sea el vehículo transmisor de aquello que le condiciona o conmueve. Marcel Proust ya estableció una comparación con la elaboración de su obra y la construcción de una catedral, aduciendo que al igual que ésta no se supedita a los planes iniciales, sino que sufre múltiples modificaciones con razón a sus designios, de la misma forma cualquier composición sufre varias transformaciones hasta su término. Los puntos de vista, Los atajos, El viaje roto, los apoyos, El mar de indecisos, Los imprevistos o Las derivas nos hablan, a través del paisaje, de lo que somos y queremos.
En muchas ocasiones se aleja de la razón y de la lógica para encontrar esas verdades universales, porque considera que tanto la razón como la voluntad no han conseguido por sí mismas el objetivo que él se plantea como realidad. Así, muchos de sus cuadros constituyen un viaje imaginario a la probabilidad, a la posibilidad de otra realidad o al descubrimiento de otro punto de vista.
Observamos una gran influencia fotográfica en su obra y un ritmo cinematográfico en la secuenciación de las escenas interrelacionadas, lo cual le imprime un sentido narrativo a la misma. La música de Sibelius, Kancheli, Gloria Coates, Mahler, Pettersson provocan en el artista la comunión con compositores comprometidos con la emoción y la experimentación, que han supuesto un punto de inflexión manteniendo valores eternos, los mismos que él refleja en sus trabajos.
Al igual que Anthony Powell, va más allá de forma, con el «anhelo individual de reversibilidad de los procesos irreversibles». La condición de prójimo, en esta sociedad, está desvirtuada. El proceso socializador nos vende el perdón, convirtiendo la angustia de los desheredados en traición. «Todo perdón y olvido forzados mediante presión social son inmorales». «Se me ha infligido una herida. Necesito desin-fectarla y vendarla, no reflexionar sobre por qué el verdugo me asestó el golpe, y de esa guisa, al comprender sus motivos, acabar medio disculpándolo» . La herida nos incomunica con los ajenos a nuestro dolor y nos condena a la soledad, sin que la expiación de la culpa nos recompense. «Sólo perdona realmente quien consiente que su individualidad se disuelva en la sociedad». Hay daños irreparables para los que sólo existe el duelo. El perdón ya no es el remedio de la injusticia. La nada es la moneda que esgrimen los que aplastan, los que reniegan de su condición de prójimo. Y es la nada, la ausencia, lo que despierta la fantasía y promueve la recreación de historias humanas en las que el artista desnuda sus frustraciones, sus añoranzas y su capacidad para asumir las heridas de la naturaleza como propias. Todo un proceso en el que el duelo constituye la única cura para su espíritu, siempre al límite, conteniendo la vida que viaja por sus dedos labrando cicatrices.
La nat uraleza, un contenido inabarcable
El racional lucha contra la estandarización de la sociedad, defendiendo su individualidad. «La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido». En casi la totalidad de su obra no aparece el hombre. Podríamos extraer la conclusión de que ello significa una negación del ser humano, sin embargo, en cada cuadro, observamos la huella de su conciencia y su forma de vida. «La vida es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y de vivir». En una sociedad donde prima la palabra sobre los hechos, creo que estos últimos dicen más de nosotros mismos y de nuestras conductas, que cualquier discurso. Todos los enseres estáticos que deambulan por el cuadro nos invitan a la reflexión sobre el estado transitorio de nuestra vida, la vulnerabilidad de nuestros principios y costumbres, el tiempo como única realidad existencial y la naturaleza como un contenido inabarcable.
Otra de las características de la obra de Félix de Agüero es la ruptura de tiempo y espacio en el mismo plano, utilizada por la pintura futurista y el cubismo, pero con pretensiones diferentes. El artista plasma distintas realidades del espectador con la escena. La unificación o reconstrucción de la misma resulta, en la mayoría de los casos, imposible. El estado emocional, así como el tiempo y la distancia condicionan nuestra capacidad como receptores de la realidad circundante.
«Quien busque el infinito, que cierre los ojos». El tiempo lento, Cobijados esperando al futuro, Los placeres visibles y Los deseos evidencian el alma de un poeta. El sueño de la abundancia, El juego místico, Parábolas del mar, El futuro era esto, Las verdaderas intenciones, nos muestran el análisis de un filósofo. Todos somos presa de nuestros deseos, que se repiten una y otra vez, como en las secuencias del pintor, sin conseguir quedar satisfechos plenamente. Nuestra vida está, en gran parte, compuesta por sueños, decía Anaïs Nin, sueños que hay que unir a la acción. El pintor, en muchas ocasiones baña el crepúsculo de la desa-parición con la magia de la nostalgia y en otras muestra la perplejidad ante la realidad que disloca y permuta a su antojo imprimiéndole ese componente fascinante que nos provoca o bien la sonrisa o la reflexión. El tinte surrealista, la carga erótica, la fantasía, la idea de sugerir sin pretender convencer están latentes en su trabajo. «La nostalgia del paraíso es el deseo del hombre de no ser hombre».
La obra es una prolongación del artista, una apología de su relación con el mundo a través de la distancia y en un momento preciso. La búsqueda continua, el afán de materializar esa idea siempre inconclusa, es lo que mueve al pintor en una tensión permanente. Ávido de nuevas emociones, trabaja intensamente con elementos que transforma, evolucionando hasta extraer su esencia. Un artista íntegro, consecuente consigo mismo, que, a través de la metáfora visual, ironiza sobre nuestras conductas con la delicadeza de un lírico.
Vamos ahora a la luna. En realidad, no está tan lejos. El hombre puede ir mucho más lejos sin salir de sí mismo, analizaba Anaïs. Cada uno de nosotros somos la combinación de miles de probabilidades que eludimos por miedo a la crítica ajena. Somos intolerantes e impositivos. Presumimos de ser firmes en nuestras convicciones sin dejar un resquicio a la duda, pero en realidad, tener un carácter firme, como diría Stendhal, no es más que tener una larga y sólida experiencia de los desengaños y desgracias de la vida. «Con las pasiones uno no se aburre jamás; sin ellas se idiotiza». Pero preferimos evitar el riesgo para eludir el posible dolor. A la cobardía le llamamos responsabilidad.
El verdadero viaje al descubrimiento no consiste en cambiar de paisaje, sino en saber mirar. En El tiempo recobrado, Proust entiende que sólo la creación artística le puede ayudar a salvarse de la inevitable consunción vital que observa a su alrededor. Félix de Agüero, que comparte este pensamiento, nos transmite, con su gesto, que cada individuo es un mundo, la misma idea que un día cantó John Lennon: Nos hicieron creer que hay una fórmula para ser feliz, la misma para todos, y los que escapan de ella, están condenados a la marginalidad. No nos contaron que estas fórmulas son equivocadas, frustran a las personas, son alienantes y que podemos intentar otras alternativas.
El arte debe hacernos libres y capaces de transmitir y compartir ese sentimiento con los demás para que cada uno de nosotros pueda crecer en sensibilidad y disfrutar de la belleza, sin que la voluntad, el tiempo o el deseo nos limiten.