A LA MEMORIA DE MI PADRE

Denuedos de un valle

El otoño se ha asomado a Valdeón, y durante estos días la niebla discurre desganada por las montañas, ausente en su mística extensión. Lentamente, tras cubrir los bosques ahora encendidos en ocres, se aproxima a las oril

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José Santos de la Iglesia
León

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También, refiere el cronista, cuidaban una raza de caballos de pequeña alzada, díscolos y resistentes, a los que únicamente ellos eran capaces de dominar y que empleaban para sus desplazamientos por lugares agrestes. Era tal la estima que tenían por estos caballos, que llegaban a venerarlos a la par que a otras fuerzas de la naturaleza.

En primavera, ascendían con sus rebaños a los altos prados que se ocultan tras las torres calizas que almenan los macizos de los Picos de Europa, a donde llegaban a través de inverosímiles caminos que tan sólo ellos conocían.

Acabado el verano, hombres y animales, acompañados por las nieblas, descendían al valle.

N o ha pasado mucho tiempo todavía -aún vive alguno de aquellos pastores que labró su vida en la trashumancia- desde que esos mismos caminos, en esta mansa estación del año, el otoño, se veían alterados por el paso esforzado de los rebaños de ovejas merinas que, en su intención de dirigirse hacia el sur y dejando atrás el favor de estas montañas, se encaminaban al encuentro de las anchas cañadas que la Mesta había ordenado para ellos en los dilatados páramos de Castilla.

> Mayorales, rabadanes y zagales; ovejas y carneros; cabras y pollinos y perros mastines, daban forma a una dilatada cabaña, cuantiosa y ordenada, que avanzaba, confundida con la peña, desandando los caminos transitados en el ardor de la primavera.

> Tras la marcha de los trashumantes, los montes quedaban vacíos, sumidos en una soledumbre punzante que ahogaba los puertos.

Desde la vieja majada merinera de Carbanal, a los pies mismos de Peña Santa, surge aún, hollando la hierba, una difusa senda que pronto se descuelga a través de la vertiginosa vereda por la que discurre la canal de Capozo. A su fondo, en el corazón mismo del valle, se halla el lugar de Corona.

Hablan las antiguas crónicas, que hasta aquí llegaron en el s. IX, huyendo del avance de la furia musulmana, algunos monjes cristianos que, tras cruzar la raya del río Duero, caminaron sin descanso hasta lograr adentrarse en estas montañas, en busca de un lugar seguro donde vivir al amparo de sus recónditos valles.

Sancho, Froilán, Eulalio, Flaíno, Cipriano, Lucencio... son los nombres, sonoros y góticos, de algunos de aquellos monjes encabezados por el abad Pedro, hombre recto y virtuoso, que establecieron el signo cristiano entre los habitantes del valle, y que, junto a ellos, roturaron los montes y cultivaron las tierras.

El enclave de Corona supuso para la pequeña comunidad de voluntariosos frailes una revelación. Fue el hallazgo de un paraíso oculto en la fragosidad de la montaña, de un espacio natural hermoso y feraz que les permitió instalarse y hacer de la selva inculta un lugar fértil y generoso.

«... y así llegamos a un lugar desierto, en territorio leonés, junto al río Cares, en el valle que llaman Corona, en el lugar denominado Pozúa, y entramos en el monte desierto para labrar y aumentar y edificar, e hicimos allí la iglesia llamada de San Isidoro, con casas, hórreos, lagares, cubas, viñas, manzanos, perales y todos los frutos que allí están plantados...».

H oy, el apartado valle de Corona ampara la ermita que cobija a la Virgen patrona de Valdeón, y el verdor cambiante de sus prados se atempera con la presencia grave de sobrias construcciones de piedra caliza toscamente tallada, los invernales , en las que el ganado encuentra cobijo en los otoños borrascosos, cuando el frío que preludia el invierno estremece ya los pastos altos.

De aquellos tiempos inciertos tan sólo se conserva un testimonio en el cercano lugar de Barrejo, donde aflora una pequeña necrópolis del s. XII en la que se ordenan veinte fosas envueltas en lajas de pizarra, con sus cabeceras orientadas al poniente.

Barrejo es un lugar apartado entre elevadas montañas. Protegido de los vientos y sumido en una penumbra tibia y olorosa de avellanos, nogales, fresnos y salgueras.

Es esta una estancia acallada aunque nunca silente, pues el Cares quiebra aquí, una vez más, su tortuoso curso, y el fragor de la corriente se prende en el paisaje penetrándolo de un temblor de espumas sonoro y persistente.

En el sereno abandono de Barrejo parece que nada transcurriera.

Es como si todo se hallara suspendido en una atmósfera intemporal, preservada, ajena a los cambios.

Un tiempo detenido en el momento en que aquellos cuerpos fueron sepultados bajo la tierra, cuando se consumaron los enterramientos con la postrera palada arrojada sobre la última tumba.

Un espacio ocupado por la presencia intangible de la muerte, con su velo de misterios y temores, que debilita la entereza de los pueblos obligándolos a buscar amparo tras el delirio de los símbolos.

Un antiguo rito fúnebre, que aún es recordado por los mayores del valle, exigía a los hijos de los primos carnales del difunto cavar la fosa destinada a albergar los restos mortales; luego, finalizado el funeral, aquellos mismos estaban obligados a trasladar la caja desde la iglesia al camposanto y a darle allí sepultura.

Una extraña costumbre que oculta su origen entre las brumas del tiempo, y cuyo significado, quizá relacionado con alguna práctica anterior a la era cristiana, se ha consumido en los desvanes sombríos y menos oreados de la memoria.

Valdeón recibía la llegada de noviembre con el tañido doliente y monótono de las campanas durante la noche de Todos los Santos. Era el rumor de una música grave que se estrellaba contra la mudez de las montañas para romperse, en la lejanía de la oscuridad, disuelta en un estallido de ecos.

Noviembre venía acompañado del silencio en los montes y del inmenso vacío que anticipa el invierno. De una luz incierta que se confunde en la mirada y del frío blanco que entumece el paisaje.

La nieve volvía al valle para cubrir los pueblos y las montañas; se revolvía para ocultar los caminos y para congelar las fuentes.

Las noches se cargaban de oscuridad y de frío, y en las cocinas, a la luz mansa de una quiruela , 1 se llenaban las horas quedas desgranando historias y avivando los temblores de la memoria.

L a hila , nombre que recibe esta vigilia compartida, congregaba a los vecinos en torno al fulgor arrebatado de la lumbre agitándose hiriente bajo el atrio de la trébede .

Durante el invierno, en estas aldeas de montaña, la reunión nocturna era una excusa para estrujar la vida comunal. Un ardid para escapar al letargo infecundo del hielo, compartiendo el paso de las horas y, en buena parte, abonando ilusorias quimeras.

En el calor de la estancia, con los escaños colmados, se desplegaban los recuerdos, se celebraban las ocurrencias y se volvían a llenar de asombro los semblantes al escuchar, un año más, los relatos de las viejas leyendas.

Para los más jóvenes, la hila suponía, además, un rito de iniciación a la cultura popular, un encuentro amable con su propia identidad urdido en el telar de la tradición oral.

La llegada del carnaval, con su desmesurada representación y su decorado de personajes grotescos y estrafalarios - zamarrones y jilosos - nacidos de la fascinación brumosa de estos pueblos del norte, ponía fin al tiempo recluido de la hila .

Hoy finaliza noviembre, y desde los puertos de Dobres y el Frade, en las horas que inician el atardecer, se descuelga un alud silencioso de nubes anchas y oscuras que inunda el paisaje. Tras su paso, una calma súbita y transparente conmueve el valle y comienza a nevar.

Poco a poco, el frío lo abarca todo, y el otoño se hace tan blanco que duele en la mirada.

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1 Palo de acebo que, una vez prendido, da origen a una llama viva y sin humos.