El lago de los cisnes

C riaditas provistas de largas tiras de algodón habían sacado brillo a las treinta mil almendras de cristal checo de la lámpara del hall. En su mayoría eran muchachas de quince o dieciséis años llegadas de las aldeas cercanas a San Petersburgo dos años antes, en 1875, cuando se inauguró el Gran Hotel Europa.
Los claros destellos del cristal y los relámpagos de flores fue lo primero que apreció la condesa Anna Aleksandrovna Zimmer. Acababa de descender de la calesa y la perseguían un sinfín de baúles y maletas que trasportaban lacayos con librea. Sus sirvientes se unirían a ella unos días más tarde, aclaró retirándose la capa y descubriendo un exquisito vestido de seda azul cuyo escote enmarcaba un cuello y un pecho todavía espléndidos a sus cuarenta y cinco años. Envió a uno de los lacayos a la caja de hotel a cambiar doscientos francos.
Titubeaba el viento en aquel ocaso que no conseguiría acorralar a la noche pues la ciudad se mantenía en un amanecer eterno. El inmenso cielo se engalanaba con una misteriosa luz repleta de matices que se reflejaba en las ondas de los ríos y canales. A la condesa le recordaban las irisaciones del cuadro de Giotto que presidía el gabinete de su abuelo. Eran Béliye Nóchi o las Noches Blancas, como las denominaban los occidentales.
Regresaba de Wiesbaden adonde había acudido no por sus baños termales, sino atraída por su casino, en donde la pasión y el juego se mezclaban en intrincados ramajes. Entonces todavía creía que era posible volver a la vida.
Al llegar a la puerta de su suite el perrito blanco de Pomerania se le escapó de los brazos y corrió hacia una joven. Antonina se separó de su reciente esposo, Piotr Tchaikovsky, y se agachó a hacerle una carantoña. No alcanzaba la treintena y parecía carecer de cualquier encanto o gracia especial.
-”Es precioso.
La condesa respondió a su halago con una leve inclinación de cabeza y Antonina pensó que parecía escapada de un relato de mujeres y campos de violetas ribeteadas de sol y balnearios, y que su mirada insolente y descarada era la de una mujer a la que no han faltado las aventuras. Suspiró.
La vio desaparecer tras la puerta como el amanecer desgaja los sueños y regresó al lado de su esposo. Descendió la escalera cogida de su brazo tratando de desmentir con su sonrisa la desdicha que sentía, que ambos sentían, porque la tristeza es pegajosa como la miel. Un criado subía en una bandeja una misiva y se hizo a un lado para no molestarlos.
En el restaurante del primer piso se hablan dispuesto sobre los manteles de hilo blanco los platos de porcelana con bordes bañados en oro, los cubiertos de plata y las finas copas talladas con las águilas y la corona rematada en una cruz le los Romanov. Allí nada recordaba que se hallaban inmersos en una guerra contra Turquía.
Tchaikovky advirtió que en otras mesas polaquillos y sus simpatizantes franceses hablaban y reían. Un ruso no se hallaba ya a salvo de ellos ni en San Petersburgo. Hundió la cuchara en el caviar servido dentro de un huevo escalfado y miró cómo Antonina alargaba la mano para aproximarse el paté presentado con chocolate y en forma de helado. Los nudillos demasiado marcados, los dedos cortos. Las mismas manos que le habían escrito durante meses cartas en las que decía que había sido su alumna en el conservatorio y le declaraba apasionadamente su amor, hasta aquella en la que amenazaba con matarse si él continuaba sin contestar y que suscitó su primera visita.
En ese encuentro le pareció agradable, con una mediana educación, y en los tres o cuatro siguientes no encontró ningún motivo -”descartando su vehemencia-” para no convertirla en su esposa, satisfaciendo así las presiones de su padre y acallando los rumores que circulaban por Moscú. Lo difícil no es hacer lo correcto, sino saber qué es lo correcto.
Piort se fija en el criado que les atiende, ha intentado evitarlo en vano. Es el que les ha servido desde que llegaron. Una de las enojosas consecuencias de la abolición de la servidumbre unos años antes fue la llegada de una miríada de inmigrantes pobres provenientes de todo el país, sin embargo, este muchacho no muestra los toscos rasgos de los campesinos, sino finos y proporcionados, con una mandíbula poderosa y el cabello espeso y ensortijado.
Mira con desagrado las manos de Antonina e imagina, igual que ha hecho las noches precedentes desvelado en el lecho -”no se desvelaba así desde que murió mamá-”, cómo serán las que ocultan los guantes del joven. Apura en un par de sorbos la copa y el criado se aproxima a rellenarla, la pechera de la levita casi rozando el hombro que Piort ha aproximado al separar la silla de la mesa.
La cena se ha prolongado demasiado. El caballero (Grigori desconoce que se trata de un prestigioso músico) no parecía querer levantarse a pesar de los disimulados bostezos de su acompañante.
Recoge apremiado la mesa, se despoja del uniforme y de los guantes entre las burlas de sus compañeros y los dobla escrupulosamente a pesar de que sabe que Alina lo aguardará ansiosa por la tardanza, ¡Alina! Alcanza el jardín. Se han citado cerca del parterre de los jazmines y en la penumbra constante en que se ciñe la noche puede apreciar sus dientecitos tras unos labios llenos, los ojos aleteantes de preocupación, la curva humilde de sus senos.
Ella no puede demorarse pues esa misma tarde le han encomendado de doncella de la condesa Anna Aleksandrovna, que ha cometido la extravagancia de llegar sin criada. Empapada de la ternura de Grigori, le cuenta que apenas había comenzado a abrir el primer baúl cuando llegó una misiva de la gran duquesa Olga Romanova. Anna rasgó el sobre sin esperar a que le tendiera el abrecartas y al concluir su lectura su bello rostro se crispó. Después le pidió que encargara una botella de champaña, le preparara el baño y no regresara hasta pasada la medianoche.
Grigori la despoja con cuidado de la cofia y acaricia su cabello. No lamenta nada. Esos momentos que comparten todas las noches y la promesa de un futuro juntos sacian su hambre de felicidad. No lamenta haber renunciado al puesto de tutor de los hijos del general, aunque sus dedos, en ocasiones, extrañan las teclas del piano y se desperezan entre tenedores y cuchillos; comprende que para Alina tampoco fue sencillo perder la dignidad de doncella.
Alina se estira el delantal y la falda con ambas manos. Grigori la ve marchar sentado frente al estanque.
Varios de los baúles están abiertos y la ropa, desperdigada por el suelo. Alina hunde la mano en las sedas, en el terciopelo, recorre morosa los bustier, los encajes, las largas caravanas de botones de azabache o perlas. Desde que es una criada lo único que acarician sus manos son los manteles y las servilletas que plancha día tras día como una letanía.
Escucha un ladrido quedo. Se dirige al baño y aguarda inmóvil ante la puerta con un negro presentimiento culebreándole las tripas, huele a almizcle (es el olor que ella asocia con la fatalidad) igual que la tarde en que el general entró en las dependencias de su esposa, sabiendo que había salido en la calesa, y le colocó una mano en el hombro mientras susurraba su nombre. Su atrevimiento se debía a que ese mañana, en el descansillo de las escaleras, la había visto salir, acalorada y risueña, de entre los brazos del tutor de sus hijos.
Al final abre y no puede evitar que el grito que tiene atravesado en la garganta desde entonces se le escape. La condesa Anna Aleksandrovna está sumergida en la bañera de hierro fundido que preside la habitación, el camisón blanco de batista flota como un velo, de las muñecas surgen lánguidos hilos que han teñido de grana el agua, tiene la cabeza con el espeso cabello suelto como un cortinaje negro vencida hacia atrás y el bello rostro de porcelana refleja placidez. Hay una copa de champaña derramada en el suelo.
Cuando unas horas antes ha recibido la misiva en la que su tía le comunicaba que no pensaba recibirla, la desesperación se hizo redonda, suave, dolorosa e infinita. Ahora las deudas, los pagarés, eran las perlas del collar que se ceñía a su cuello sin remedio. Ha cambiado sus últimos doscientos francos en el hotel y sabe que no puede seguir soportando todo el cansancio quemante de la piel y que el fin ha llegado, es ridículo prolongarlo unas semanas.
Alina continúa gritando, las puertas de las otras habitaciones se abren y varios curiosos entran en la suite de la condesa. El perrillo reconoce el olor de Antonina y no rechaza su contacto. Arrebujándolo contra su pecho aspira el perfume de un gran ramo de azucenas que preside la mesa de entrada, se queda pensativa, ¡la condesa está tan hermosa!
Piotr desde las ventanas abiertas del salón de fumadores del segundo piso admira las fulguraciones amarillas, azules y rosa del cielo en el que se clavan las cúpulas y las agujas doradas de las torres que rematan los palacios y las basílicas. Inesperadamente vislumbra una figura y es como si la luna y todas las estrellas resbalaran de súbito.
Sabe sin ninguna duda que se trata de él. Pasea alrededor de un lago, de un lago con cisnes. Piotr recuerda que los cisnes entonan un canto agónico cuando saben cerca el fin deplorando su pena. Él también se siente quebrado por la pena. Asume que ha cometido un gravísimo error, un error que lo está aguardando. El joven resulta tan hermoso bañado por esa luz... a lo mejor es uno de los cisnes que se convierten en príncipes al abandonar el agua. Podría llamarse Sigfrido..., empieza a imaginar una nota, después otra...