Valbuena, ripios y mujeres
E l 7 de febrero de este 2009 leo, con tanto gusto, el artículo que José Luis Gavilanes Laso publica en la Tribuna de Diario de León , y veo, también, cómo acaba con un intento de aclarar el modo de actuar de Valbuena, su «contumaz propensión-¦ a zaherir sin piedad a tanto emplumado personaje». Y como posible causa, apunta: «Si bien es variada la forma en que el individuo procede a liberar sus energías, tal vez la soltería o celibato de Antonio de Valbuena podría ser explicación a su exacerbado criticismo. Si la renuncia a la hembra en materia sexual-¦ no le hubiera ahorrado a Valbuena quemar energías en el tálamo, probablemente no le habrían quedado tantas para volcarlas sobre sus víctimas, contra las cuales tanto y tan desaforado e impiadosamente se ensañó».
Es bueno el intento de entender a las personas y sus escritos y sus posturas; y loable la prudencia del «tal vez» y del «probablemente». De hecho, esta explicación sobre Valbuena la vienen sugiriendo varios autores. Quien le dio un planteamiento más palmario fue, acaso, Francisco Martínez, en su Historia de la Literatura leonesa (p. 411), donde leemos: «Resignado, pues, a su estado de soltería, tal vez hondamente frustrado en su interior, y puede que hasta víctima de una cierta autorrepresión sexual, desahogará su frustración en escritos satíricos de un cruel sadismo compensatorio, de modo que su pluma llegará ser un instrumento liberador y los escritos, la búsqueda y tal vez el hallazgo de un solitario placer intelectual que nadie le podrá quitar y del que no podrá ni querrá él mismo prescindir». Idea en la que F. Martínez insiste páginas más adelante (ib. p.418): «Bajo la superficie de la ridiculización y de la moralización, que emergen nítidamente, se hunde, invisible, sustentándolas, el drama de un hombre escrupuloso, frustrado y reprimido, según insinué páginas atrás».
Es posible, e incluso probable, que el periodista argentino Juan José Soiza Reilly, que entrevistó en Madrid, en 1907, a Valbuena (junto a Alfonso XIII, Unamuno, Menéndez Pelayo o Víctor Manuel III), quiera insinuar algo parecido en algunas de sus expresiones, cuando dice: «Me había imaginado que Antonio de Valbuena era un oso. O más bien, pensaba en algún perro de la mitología-¦ En uno de esos perros que ladran sin motivo cuando la luz de la luna les molesta. A través de sus libros en donde los maestros literarios aparecen desnudos, luciendo al aire sus defectos, sus llagas, sus errores, yo creí adivinar la presencia de un espíritu malo, capaz de asesinar a un escritor para corregirle un adjetivo [-¦]. Mientras Valbuena vibraba en su entusiasmo de católico célibe, yo me entretenía en contemplar las paredes desnudas de la celda, ¡tan desnudas, tan crueles! Y en mirar el largo corredor donde este solitario combina sus combates contra la juventud» (en «Cien hombres célebres. Confesiones literarias»).
También Javier Barreiro, en su «Antonio de Valbuena, azote de poetas ripiosos» (1999), vuelve a la idea del «soltero» Valbuena. «¿Quién era ese elemento jocundo, tradicionalista a machamartillo, solterón y regeneracionista a su modo?». Artículo donde reafirma el punto de vista de Soiza Reilly: «Bien vio Soiza Reilly la personalidad de Valbuena: filántropo intransigente, de una severidad en lo religioso que se aplicaba a sí mismo hasta llegar al celibato. Su integrismo no le impidió polemizar con obispos-¦».
Hechos y preguntas
Es absurdo e inútil negar el carácter rudo, intenso, extenso e inadecuado de muchas críticas de Valbuena, aunque las hay mayores en nuestra historia literaria. También es difícil negar que, por compensación, una persona que no gasta energías en una cosa, las puede o tiende a gastar en otra. Lo que uno no se atreve es a unir ambas premisas y darlo por hecho, ni siquiera como hipótesis razonable en un caso concreto, sin datos que lo confirmen, es decir, sin apoyos textuales.
Claro que alguien afirmará que los escritos y éxtasis de Santa Teresa o San Juan de la Cruz son como son por ser monja o fraile, por compensación, por descargar energías que no liberan de otra manera. Claro que uno puede entender que algunos entiendan que Hamlet tiene complejo de Edipo, o que T. S. Elliot refleje su frustración o represión sexual en las imágenes desoladoras de La tierra baldía . Hay frases que pueden encauzar las hipótesis por ese camino. La sombra de Freud es alargada y ha dado argumentos a muchos críticos. Uno, que no tiene conocimientos de psicología, sí puede entender que el sujeto necesita ejercitar, gastar sus fuerzas o, hablando en lenguaje freudiano, que cada persona tiene su potencial de energía libidinal; energía que puede orientarse a satisfacer su fin primario, el deseo y la relación sexual; o a otros fines, como la creación artística, literaria, la solidaridad o la entrega religiosa, sublimando así sus aspiraciones y logrando grandes obras de arte o grandes obras humanas. La energía que estaba prevista para unos fines se encauza hacia otros objetivos.
Eso sí se puede entender. Pero de ahí, ¿podemos saltar y decir que Valbuena fue «víctima de una cierta autorrepresión sexual» y que, por ello, «desahogará su frustración en escritos satíricos de un cruel sadismo compensatorio, de modo que su pluma llegará a ser un instrumento liberador y los escritos, la búsqueda y tal vez el hallazgo de un solitario placer intelectual»? De ahí, ¿podemos decir que «si la renuncia a la hembra en materia sexual no le hubiera ahorrado a Valbuena quemar energías en el tálamo, probablemente no le habrían quedado tantas para volcarlas sobre sus víctimas»? No sé si no le estaremos dando a Freud más protagonismo del que le corresponde.
Una fórmula redonda
Antonio de Valbuena, al volver en 1876 del destierro que le supuso la derrota de su bando en la tercera guerra carlista, ha de enfrentarse a la vida. Tiene un título de licenciado en Derecho y treinta y dos años. Y se va introduciendo en el mundo del periodismo, que ya había tentado antes de la guerra. Colaboraciones periodísticas en las que ve la mejor posibilidad y la mejor tribuna para seguir propagando sus ideas y, de paso, ganarse la vida, obtener los beneficios económicos que le permitan vivir con independencia.
En ese intento está varios años, abriéndose camino, haciendo una crítica a medias entre lo literario, social y religioso, a medias entre lo crítico y lo laudatorio, alabando unas cosas y censurando otras, dentro de los cauces habituales de un periodista. Piénsese que el mismo Leopoldo Alas «Clarín», el crítico más oficial del momento, hacía por entonces unos «paliques» de lo más duros. Como cualquier escritor, como cualquier crítico, Valbuena va viendo que el éxito (el número de lectores y el precio de sus artículos) depende no solo de la perfección de su prosa (aspecto que no olvida nunca), sino de la persona de la que habla y de las cosas que de ella dice. Si la persona citada en sus artículos es más importante, el artículo será más leído. Si lo que dice, es censura fuerte e ingeniosa, más lectores. De manera que en 1883 da con la piedra filosofal: los ripios. Los criticados ¿quiénes van a ser? Personas importantes en el mundillo del momento: primeros los aristócratas, después los académicos, después los -˜vulgares-™ no tan vulgares sino muy conocidos, después los -˜ultramarinos-™ con renombre-¦ ¿Y cómo criticarlos? Con el mayor desparpajo posible.
La fórmula le salió redonda. Sus Ripios Aristocráticos tuvieron siete ediciones, y los Ripios Académicos , cuatro. ¿Cómo era posible? ¡Un libro de crítica, con siete ediciones! Y su «popularidad estrepitosa», como dijo Azorín; y que era «favorito de la juventud (los muchachos entre quince y veinte se lo saben de memoria)», como dijo Emilia Pardo Bazán; y que treinta años después «aún perdura el recuerdo de los primeros Ripios y de las carcajadas con que fueron acogidos», como dice Julio Casares; y que «no hay estudiante, ni escribiente de oficina, ni abogadillo que no los conozca perfectamente» (a Valbuena y sus ripios, en Colombia), como dice Gómez Restrepo; y que «no solo se vendieron a millares los Ripios, sino que le brotaron al autor tantos imitadores que, a la fecha [1894], no hay quien pueda contarlos», como dijo Abel Sorralto; y que Valbuena y Clarín «fueron en su día los críticos literarios más populares», como dijo Martínez Cachero; y que «sus artículos se pagan a precio de oro», como dijo el periodista argentino Soiza Reilly en 1907; y que «el clima de agria controversia que Valbuena despertaba llegó a los más apartados rincones de la península», como dice recientemente Zamora Vicente.
«Enseñar hablando
o escribiendo»
¿Y esas duras críticas y a todo esto llegaba por «no haber ayuntamiento con fembra placentera», en lenguaje del arcipreste de Hita? Nada indica que no. El nudo de la cuestión es que nada nos encamina al sí. La persona es demasiado compleja, cada mujer y cada hombre tiene demasiadas caras como para atribuir a una sola las razones de sus actos. El mismo Valbuena, a quien tampoco tenemos por qué creer del todo, siendo ya mayor, a la pregunta de «Ocupación que prefiero», contesta: «Enseñar hablando o escribiendo. Criticar lo mal escrito o lo mal hablado». Y en carta de 1922, publicada por J.-F. Botrel, declara nuestro escritor: «He pasado casi toda mi vida escribiendo periódicos y libros por limpiar y restaurar en su propia y original hermosura nuestra lengua, que encontré maltratada y corrompida».
Y en cuanto al «drama de hombre frustrado o reprimido» que se apunta en alguna de las opiniones arriba recogidas, tampoco es seguro que el drama de Valbuena fuera más dramático que el de cualquier ciudadano de su momento, ni de joven, cuando andaba atareado en su lucha por la vida, ni de mayor, cuando se refugia con su familia en Pedrosa del Rey. Más bien, en toda su producción se muestra la satisfacción del mucho trabajo realizado en lo literario y en lo social. Y si acaso leemos alguna queja, ya de muy mayor, es «por la ingratitud de esta villa querida, a la que libré de la ruina [-¦] y hoy-¦». Queja que más bien es opinión del hombre mayor que en algún momento lo fue casi todo y a última hora se ve relegado a una menor atención por sus convecinos.
Sean, en todo caso, bienvenidas todas las lecturas, relecturas e interpretaciones sobre el gran leonés que escribió alrededor de treinta libros, que tuvo su enorme popularidad, que tiene una perfección de estilo por todos reconocida, que fue tan leído como loado y temido, y que aún no ocupa en el panorama cultural leonés ni nacional el lugar que le corresponde.