De por qué Don Quijote se hizo a la mar
L a parte más misteriosa y oscura de la biografía de Don Alonso Quijano es su viaje a las Américas, en donde estuvo poco antes de iniciar sus célebres andaduras por La Mancha. El deseo de hacerse a la mar surgió tras recibir una visita inesperada una mañana de finales de abril. Hasta su biblioteca llegaron los gritos de alborozo de su sobrina y ama de llaves y la curiosidad lo llevó al recibidor de su casa, en donde las encontró en compañía del cura Pero Pérez y del hermano menor de éste, de nombre Simón, recién llegado de las Indias. Todos se admiraron cuando el mozo enseñó una esmeralda amorfa del tamaño de un puño. Contó el joven que tan preciosa joya provenía de la misma tierra donde se encontraba El Dorado y quizás también la Fuente de la eterna juventud, mas como estaban aquellas tierras encantadas, sólo con ayuda de un gran mago podía un hombre hallar tales maravillas. Don Quijote preguntó si acaso existía allende los mares un encantador tan poderoso como Frestón, a lo que el joven dijo que había oído hablar de un alquimista gitano llamado Melquíades, quien todos los meses de marzo iba con otros zíngaros a una aldea llamada Macondo. Según el decir de la gente, ésta había sido hechizada y era difícil de encontrar, pero se sabía que estaba cerca de la desembocadura de un río llamado de la Magdalena. Se marcharon al fin los visitantes y Don Quijote pemaneció en vela entre sus libros de caballería, pensando en la fama que le daría encontrar la mentada fuente. Obsesionado con aquellos pensamientos, vació sus arcas con la idea de contratar tripulación y navío y antes de que asomara el sol, sin dar aviso a nadie, a lomo de su rocín partió en dirección a Sevilla.
Don Quijote se embarcó rumbo a las Indias con una tripulación de truhanes, los únicos con suficiente ambición y osadía como para hacerse a la mar tomando por capitán a un gentil hombre de secano. Tras muchas aventuras, que no es aquí menester contar, llegaron hasta la desembocadura del río Magdalena, que estaba desbordado tras un diluvio de cuatro años, once meses y dos días . Se extravió la nao por causa del caudal indómito y anduvo al garete hasta que encalló en un campo tupido de amapolas en el que revoloteaban cientos de mariposas amarillas . Los truhanes hambrientos se amotinaron y a punto estuvo Don Quijote de morir a manos de ellos. Los detuvo el sonido providencial de unos panderos gitanos y el canto alborozado de tal número de pájaros que creyeron estar en las puertas del paraíso. Se alegraron los rufianes y más que todos ellos juntos se alegró el hidalgo que acababa de salvar el pellejo. Corrieron en tropel a través de una marisma dejando atrás al caballero, que fue el último en llegar a la aldea. Se quedó sin aliento al verla construida a orillas de un río de aguas cristalinas que corría en medio de unas piedras pulidas enormes y blancas . Encima de una de ellas, en posición de sapo en alerta, estaba un salvaje cuya barba parecía cuadrada a cuchillo . Don Quijote lo contempló absorto y antes de que terminara de asombrarse, la criatura de ojos alucinados saltó frente a él y entregándole una fruta viva, ardiente como el sol del crepúsculo, le hizo una revelación fabulosa:
1397058884 La tierra es redonda como esta naranja -”dijo.
-”¿Vuestra merced es por ventura el sabio Melquíades?
-”Me llamo José Arcadio Buendía, pero sé dónde puede encontrar a quien busca.
Hizo un círculo en el aire con los dedos extendidos y pronunció unas palabras que por mor de hechicería provocaron al noble caballero un sueño fulminante. Cuando despertó, las manos de gorrión de un anciano níveo y sereno ascultaban su pecho. -”Soy Melquíades -”dijo, y su voz tuvo una resonancia sobrenatural que hizo estremecer a Don Quijote y también a Buendía, que continuaba allí. El hidalgo contó en hermosos octasílabos su periplo y las razones que lo habían llevado a Macondo. Tras escucharlo, el sabio intercambió una mirada enigmática con Buendía y habló de este modo al forastero:
-”Debo aclarar dos cosas -dijo-, la primera es que la Fuente de la eterna juventud en realidad es un filtro que se elabora gracias a ciertos conocimientos muy antiguos de alquimia y de sabiduría gitana. La segunda aclaración, es que no rejuvenece, sino que concede la inmortalidad; quien beba de ella permanecerá en la memoria de los humanos hasta el día del cataclismo final que anuncia el Apocalipsis.
Abrió los ojos deslumbrado Don Quijote y suplicó al anciano que le diera tan maravillosa bebida, pues era la ambición de todo caballero que sus hazañas fueran repetidas y recordadas por los siglos venideros.
-”Daré por ella lo que sea -agregó de buena fe.
-”¿Lo que sea? -intervino Buendía sin disimular el temblor en su voz.
El hidalgo miró al buen salvaje con la clarividencia de quien se ve en el espejo del futuro, mas no albergó ninguna duda e hizo con la cabeza una señal afirmativa.
-”Antes, tengo un par de condiciones -dijo Melquíades-, sólo tomará el brebaje cuando haya vuelto a su tierra y jamás revelará que estuvo conmigo en Macondo.
-”Se cumplirá según dice vuestra merced. Y ahora decidme, os lo suplico, cuál es el precio a pagar por tan milagrosa pócima.
-”Perderá usted la cordura.
El hidalgo se mesó las barbas, caviloso.
-”De nada sirve a un hombre su razón si de todas formas ha de perderla cuando muera. Melquíades se quitó su sombrero de ala de cuervo y extrajo del interior un ramillete de plantas distintas que entregó al caballero en su mano derecha.
-”Estas siete plantas corresponden a los siete planetas. Prepare un brebaje con ellas en una noche de luna nueva y bébalo en un cuenco de cedro a lo largo de una semana.
Tras lo cual Don Quijote emprendió el camino de regreso, y ya en la Mancha, enloquecido, hubo de vivir tantas aventuras como Ulises, pero eso... Eso es otra Odisea.