Presencias del origen 5
T únez es un país de paz.
Está escrito sobre arcos en la carretera.
La paz seguramente tiene su remanso en el desierto,
donde el tiempo se detiene en las proximidades
de lo eterno,
acaso en el lago el Jerid
con unos hilos de agua salada que ponen color en el paisaje.
Es verdad que en Kabili las palmeras embellecen la mirada
aunque las mujeres escondan su belleza
bajo el color tupido de los velos.
Suena el agua
en los cañones rocosos de Tamerzat
y los bereberes la beben, feraz y cristalina,
en la placidez del oasis de Chebika.
Siempre el agua, Dios, el agua siempre
incitando a la sed y la esperanza.
Como aquella fuente de Fonfría ,
casi a pie de bocamina,
que redimía, en grandes botijos de madera
encallecidos por el sudor, la negritud y el tiempo,
las gargantas oxidadadas por el carbón y el hambre.
Miro desde el atardecer tunecino la tristeza de aquel tiempo.
Aún cae el sol vertical y profundo como el sueño alargado de los hombres,
y oigo al imán cuando convoca a la plegaria
a los habitantes cobrizos de Matmata, Jefta, Tozeur o Kasserine...
Es extraña la voz, bailarina por las calles en busca de respuesta,
aflautada y gutural
como si el cielo escribiese entonces la última palabra.
Una novia
pasea sus amores escondidos bajo el jehfa
al compás lento y sagrado de un dromedario enflaquecido.
No sé por qué me llega
el tañido crepuscular de las campanas
de una torre levantada
a las orillas mineras del Bernesga.
Es el camino lento hacia San Roque
buscando los espacios de la paz definitiva.
Como si Kahena, la profeta,
levantase la daga y la palabra
para resistir la presencia de los árabes
y morir acompañada de sus sueños
en el coliseo romano de El Jem, anfiteatro de otro imperio.
Siempre el poder y la ambición
rasgándonos por dentro,
creciendo como las palmeras sobre la humildad de arenas infinitas.
«No podemos vivir tanto como una alfombra hecha a mano»,
rezan las palabras de estos sabios curtidos por la luz y el desamparo.
Es el mar
el que pone quietud a esta mirada que atraviesa ahora el cielo
en busca de horizontes
que hablan otra lengua, otros abrazos, otros besos y otros llantos.
Y es que Túnez
también es, según rezan los dioses del paisaje,
la sirena del Mediterráneo,
ese mar que nos hermana y nos distancia.
Se detiene el tiempo en Hammamet,
en la medina misteriosa que contempla la luz sobre el mar,
en la serenidad de sus baños y de sus aguas compartidas.
Vocean, como siempre, la bondad de mil cosas inservibles.
Y, sin embargo,
junto al mar nace otra vida que pone la mirada
en nuevos horizontes,
soñados en el aroma del té y de la menta,
diluidos en el humo de una pipa compartida.
Pasean las muchachas
la belleza feliz de sus ojos y sus cuerpos, abiertos a otros tiempos
y otras manos que olvidan el rubor de sentirse sometidas.
Es un largo paseo de miradas y de gestos,
frágiles aún como la cerámica de Nabeul,
ese misterio de barro
cuya belleza se detuvo en el tiempo de un suspiro.
Yo recuerdo,
cómo no, Dios del tiempo y los arándanos,
aquellos sueños
del paseo de cartas infinitas
para depositar en el buzón de todos los trenes y correos.
Paseábamos
nuestros sueños de amor de terciopelo
por el andén de las sonrisas de aquel tiempo
en que el pan era la paz, y el amor un beso
que nunca regresaba escrito.
Este es el misterio
de la mano de Fátima, del pez y de la flor del jazmín.
Siento
que aquí, junto a la luz cálida de Túnez
-todos volvemos alguna vez la mirada hacia La Meca-,
regreso hasta el origen infinito de mis sueños.