Monasterio de San Juliano
Apenas brotada la primavera, después de más de diez siglos, a principios de abril de este año, fuimos en busca de los restos de este Monasterio, que esconden historia y leyenda, religión y crueldad del Rey Ramiro II. Entre Abadengo y Ruiforco nos encontramos con cuatro aldeanos de edad avanzada, que guardaban la memoria y los secretos que en los pueblos se transmiten en hilorios inalterables y petrificados de generación en generación. De la entraña del alto monte, robles, zarzamoras y aulagas, brotaba el agua incontenible, transparente y limpia, que se deslizaba por la ladera hasta la carretera. Allí se encontraba el depósito de aguas para abastecer las necesidades del poblado. Preguntamos a los labriegos por el lugar donde se edificó el Monasterio. La respuesta fue sorprendente, conjunta y unívoca: «el Monasterio de San Juliano estaba, reguero arriba, ahí en esa pequeña explanada». Allí, hoy en día, no hay vestigio alguno. Solamente el fantasma del pasado jugando entre piedras enterradas y cubiertas de abrojos y hierbas muertas.
Sin embargo, en la explanada, a la que se accede por dos sendas, una que viene del frío del norte y la otra de la orisca templada del sur, se encontraba el Monasterio de San Julián y Santa Basilisa. En él acaecieron acontecimientos sublimes, dominio de valles y arboledas verdes y amarillas, cultura visigótica y liturgia mozárabe. Pero también estremecieron la morbosidad cárdena de la sangre, la emoción ennegrecida por la angustia, la pasión, el tormento y la muerte ignominiosa de reyes y príncipes en la opaca oscuridad de su universo.
El monasterio de San Julián y Santa Basilisa
En el lugar de Ruiforco, es decir, en el perímetro geográfico de características orográficas similares, que no suponen necesariamente un núcleo de población, comenzó a edificarse, a finales del siglo IX, el cenobio de San Julián y Santa Basilisa. Tuvo por titulares y patronos a Basilisa y Julián, arzobispo éste de Toledo, donde presidió varios concilios. Fue un célebre escritor y teólogo, que influyó profundamente en la cultura eclesiástica y también secular de la España Visigótica, en la segunda mitad del siglo VII. Junto a este arzobispo aparece, con frecuencia, la figura de Santa Basilisa. Así nos encontramos con otro monasterio en la ribera del Cea de idéntica denominación. Basilisa fue una mártir española del siglo I, cuya vida y muerte está salpicada de leyenda y bruma indescifrable. La fundación del Monasterio se inscribe en la repoblación que en la zona llevó a cabo Alfonso III El Magno (866-910). Al frente de su organización aparece el caballero Runfurcus. A través del último decenio del siglo IX, el Monasterio se fue adueñando de «villas, poblados, servidumbres, terrenos y un molino en el Torío». A partir del 924, el convento aparece con poca frecuencia en la documentación. Durante su prolongada construcción recibió numerosas donaciones que engrosaron su patrimonio e influencia. Entre ellas sobresalió la concesión que Ordoño II, entre 918 y 922, hizo al Monasterio del Castrum Regis, un asentamiento fortificado sobre un cabezo del Torío cercano a Castrillino. En las primeras décadas del siglo X aumentaron la repoblación, las presuras y las roturaciones en los terrenos conquistados, yermos y bajo la protección de la Corona. Los monjes de San Julián se apropiaron de gran parte del valle. Y en 931 surgió la conflictividad entre los frailes y los vecinos de Manzaneda y del Villar de Garrafe. Los monjes sostenían que ambos poblados con sus haciendas les pertenecían por habérselos donado Runfurcus y haber sido confirmada la donación, varias veces, por la Corona. Los vecinos de ambos lugares reivindicaban las propiedades aduciendo la presura y la roturación de estos terrenos en los momentos de la repoblación. El desacuerdo fue tan agrio y complejo, que la última instancia, el Rey Alfonso IV, hubo de dirimir el conflicto. Una caravana multicolor, formada por el Rey y su Corte, el Obispo Oveco, el anciano Obispo retirado Cixila II partió de León por la misma senda que, un año después, recorrería el Rey cegado por su hermano Ramiro II. Los monjes y los vecinos salieron a su encuentro. Aquellos iban precedidos por su defensor y protector García, yerno de Runfurcus y estos empuñando sus toscos bastones como signos de autoridad y poder sobre sus villas. El Rey Alfonso IV sustanció el pleito con una sentencia salomónica y marcó los linderos con mojones de madera. Manzaneda quedó en propiedad del Monasterio, mientras Garrafe siguió perteneciendo a los vecinos. Dejamos de lado las vicisitudes del Monasterio con el traslado de monjes al Monasterio de San Pelayo de León, la donación del mismo a San Isidoro, su desaparición en la documentación en 1526 y su ruina, destrucción y ausencia total en los siglos posteriores.
Poder, religión y crueldad
En 932, el Monasterio de San Julián quedó marcado con el hierro candente de la historia. El tiempo se ha encargado de lamer y borrar toda huella y memoria, como si quisiera reparar con el olvido y la destrucción, la extinción agónica de la luz de los ojos y la inhumanidad de la violación del derecho
inalienable a la vida. El poder y la venganza corrompen con frecuencia a quienes los detentan, pero el poder absoluto y ungido crea también auténticos monstruos.
En los años 924-925 reinó en León Fruela II, que murió prematuramente de lepra. Dejó tres hijos: Ramiro, Ordoño y Alfonso Fruelaz. Le sucedió su hijo Alfonso Fruelaz, jorobado y maltrecho. Apenas gobernó unos meses. Al quedar vacío el trono se entabló una fiera lucha por la Corona entre Alfonso IV y su hermano Sancho Ordóñez, hijos de Ordoño II y sobrinos de Fruela II. Sancho fue derrotado y Alfonso se hizo con el trono en 925. En 930 falleció su esposa Onneca. Alfonso, frustrado por el amor y la muerte, se convenció de que la vida era un engaño, renunció a la Corona en su hermano Ramiro II en 931 y se internó, como monje, en el Monasterio visigótico de los Santos Facundo y Primitivo de Sahagún. Alfonso era un hombre apocado y tornadizo, de personalidad bipolar, carente de profundos sentimientos y atracción, pusilánime y acosado por reacciones pendulares. Poco le duró la euforia monacal. Apenas unos meses. Conspiró con los primos asturianos, hijos de Fruela II, se presentó en León y nuevamente se proclamó Rey, apoyado por partidarios leoneses. Los primos, al mismo tiempo, se sublevaron en Asturias.
En la primavera del 932, Ramiro se encontraba en Zamora, a punto de cruzar el Duero e internarse en territorio califal. Había organizado un ejército de gran envergadura y se sentía seguro, altivo y arrogante en el combate inminente y en la victoria indudable. A punto de partir apareció la carabiella en el lado sinistro. Y detrás, un mensajero con rostro limonado y empolvado, como si acabara de terminar su maratón por tierras leonesas. Le relató al Rey Ramiro, con palabras ahogadas y entrecortadas, la sublevación y proclamación de su hermano en León. A Ramiro se le escarchó la sonrisa. Monarca enérgico, guerrero y temperamental, con personalidad y carácter contrario a su hermano, audaz e intrépido, ratificado en sus creencias y nobleza de gens gótica, con concepto semidivino de su realeza (superaba al clásico «por la gracia de Dios») reaccionó como rayo irrefrenable. La velocidad y el polvo oscurecieron los caminos de Zamora a León. Sitió a su hermano, lo hizo prisionero y lo encerró en lóbrega mazmorra. Se trasladó a Asturias, atrapó a sus primos y los trasladó a León. «Omnes simul in uno die orbare precepit». A los cuatro, en el mismo día, a la misma hora, en el mismo momento, simultáneamente, mandó que les sacaran los ojos.
¿Por qué realizó un acto tan brutal e inhumano, cuando los ojos de sus parientes brillaban por los colores penetrantes de la primavera? En primer lugar, su propia personalidad, carácter y tipología psíquica le impulsó a recurrir a la mano férrea para escarmiento y ejemplo de los que se atrevieran posteriormente a intentarlo. En segundo lugar, este impulso compulsivo estaba fundamentado en su propia conciencia, modelada por la religión y las leyes que regían la sociedad visigótica. Los hombres libres de esta sociedad, nobles de sangre, grandes terratenientes y altos funcionarios civiles y eclesiásticos constituían la nobleza y gozaban de una situación privilegiada. En el cenit de la cúspide del estado visigótico se ubicaba el Rey, con condición endiosada, intocable, inviolable, arquitecto supremo del Estado, ungido y protegido por la Santísima Trinidad. Sacar los ojos con gancho en forma de anzuelo, deorbación en lenguaje antiguo, evisceración u oftalmectonía en cirugía moderna, proviene de la remota antigüedad en códigos y castigos a reyes vencidos. Los reyes y poderosos del más fiero absolutismo, fundados en la divinidad de cada época, crean los módulos de autoridad, justicia y crueldad por mantener el poder, las pautas del comportamiento moral y político, para aplicarlas con total invulnerabilidad e infalibilidad, al estar fundamentados en su semidivinidad. La deorbación o enucleación ya aparece en el Código de Hammurabi (línea 193), en el Libro II de los Reyes de la Biblia, (25,7), cuando Nabucodonosor sacó los ojos a Sidkiyya (Sedecías); en los Proverbios (30,17) se preceptúa extirpar los ojos a los hijos que se mofan de sus padres. El mismo Ordoño II, su padre, lo había determinado.
Leyenda fantasmal
de órbitas vacías
Una vez que Ramiro II los cegó, buscó el destierro más seguro y fiable: un monasterio oscuro, de difícil acceso, pequeño, sin asequibles condiciones de habitabilidad y cercano a León para su control. Rechazó Abellar, Ardón, Eslonza y Sahagún. «Cuatro ciegos caminaban/ sin ojos y sin encaños/ por el Torío hacia el norte,/ camino de un lugar santo/. Cuatro ciegos por la senda/ el uno al otro amarrado/ llegaron al Monasterio/ de Juliano. Pena y barro/.
El contrahecho Alfonso Fruelaz murió pronto entre sardones y cardos. Al año siguiente, agosto del 933, falleció el Rey Alfonso IV el Monje y muy poco después los otros dos hijos de Fruela II.
Entonces, apresuradamente, nacieron presurosos y con fuerza los guijos de la leyenda sobre el fertilizante de la crueldad, el terror y el castigo, rara coincidencia, de un Dios a quien en último extremo se le adjudicaba la omnipotencia que incluía la crueldad. La leyenda se extendió por todos los reinos de España, moros y cristianos. La piedad se sobrepuso a la crueldad. El Rey Ramiro estaba triste. Le temblaba la conciencia, le corroía el remordimiento. Se encerraba, después de las batallas en la oscuridad de sus tiendas. Acudió a Eslonza, a Ardón y a Abellar en busca del perdón que fuera bálsamo de su alma. Los abades lo rechazaron. Únicamente lo recibieron los monjes visigóticos de Sahagún. Lo colocaron ante las gradas del altar, arrodillado y cabizbajo, frente a la Cruz y los cirios y recitaron sobre él, letanías, conjuros y ensalmos, entre agua bendita y volutas de incienso. Tres días duró la liturgia liberadora de los ojos fantasmales que Ramiro veía por todas las partes, noche y día: ojos amarillos, ojos anublados, ojos verdes, ojos turbios, ojos sanguinolentos, ojos rojos que estallaban su alma regia en mil pedazos. Las flores de primavera eran ojos aciagos, las aguas de los ríos ojos que iban nadando, los cascos de sus soldados ojos de tiniebla parda. Ojos, siempre ojos. Todo ojos.
Los monjes de Sahagún le restañaron, en parte, su dolencia psíquica, pero le pasaron la factura de donación de cortes y villas. Cuando regresó de Sahagún a León, una genesíaca tormenta reventó en el camino. Todavía los relámpagos eran ojos amenazantes, cargados de fuego infernal. Dibujaban la T del Talión.