Diario de León
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León

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A quellos días pasaban lentos, pesados, aunque yo no era capaz de comprender el porqué de aquella angustia que se palpaba espesa. Dentro del hogar se hablaba en tono bajo pues, según decía mi padre, hasta las paredes eran capaces de oír. Hasta dos semanas antes no se podía imaginar este cambio de comportamiento, puesto que la vida parecía normal, alegre para nosotros como niños que no habíamos llegado a la adolescencia y que entreteníamos nuestras horas entre colegio y recreo. Los momentos de las comidas, donde las bien cocinadas patatas o alubias, a las que nuestra abuela dotaba de una sustancia inmaterial que nada tenía que envidiar a los embutidos, carnes o pescados que pocas veces contenía la despensa, desaparecían por ensalmo. Por la tarde los deberes traídos del cole y después a jugar a la calle con los demás chavales del barrio. Las edificaciones se destacaban salteadas entre los solares y prados, y estos aguantaban las carreras y patadas de un tropel de crios detrás de un balón confeccionado con trapos y gomas viejos. Solo había que colocar dos piedras imaginando la portería. Y, de repente, mediando la distancia de una noche, comenzaron los largos y profundos silencios en casa, los estallidos en la calle desierta que creíamos petardos, los miedos por imaginarios peligros que los mayores trataban de evitar. Algunos días no fuimos al colegio y tampoco nos dejaron salir de casa. La llegada precipitada de un tío mío, con sangre en una pierna, me impactó. Un tropiezo y una caída: nada .

No entendíamos por qué tanta prudencia, mientras algunos de los huéspedes que teníamos en casa obraban diferente. Se les veía relativamente joviales, cuando no alegres. Alguno quizá más serio: un señor que iba vestido de guardia civil con muchos entorchados y botas altas y relucientes, que después supe que era comandante. Le fabricábamos los pitillos en una máquina que tenía al efecto y nos daba alguna perra chica. Aprovechábamos para sisarle alguno. Ocupaba la habitación del fondo. Entraba y salía muy serio y estirado, casi sin mirarnos. En la habitación anterior dormíamos nosotros y en la otra estaba un matrimonio, él piloto de aviación y ella mujer de exuberante vitalidad y una voz cantarína. Recuerdo también a una señora cubana, cuya osamenta se revelaba a través de una piel arrugada y colgante, sobre la que lucía un buen número de joyas y collares de calidad contrastada. Exponía su felicidad porque los españoles tuviéramos un caudillo de 45 años dispuesto a restablecer el orden sin temblarle la mano. Era amiga, conocida o partidaria de Fulgencio Batista.

Por las noches, al acostarnos, mi padre intentaba escuchar la radio en un aparato de lámparas, entonces novedoso (las interferencias formaban parte del programa), reduciendo el volumen al máximo y arrimando la oreja al altavoz. Ponía expresión de angustia y se le notaba nervioso y expectante. Trataba de sintonizar con Radio España Independiente, que emitía desde los Pirineos dando las noticias sobre una guerra extraña, de la que solo oíamos esporádicamente el sonido de explosiones muy lejanas, hacia el norte, hacia La Robla.

El patio de los Agustinos se había llenado de cañones. Les llamaban antiaéreos. Soldados rubios y fuertes, alemanes de la Legión Cóndor, los custodiaban. Cuando sallamos al recreo nos mandaban a comprar plátanos y otras frutas, que engullían casi atragantándose. Les pedíamos: «Caja finis, alemán», y nos las regalaban después de consumir los pitillos de tabaco rubio egipcio, muy aromáticos, o nos respondían: «Finis caputo, mañana más». Jugábamos al balón a su lado, vigilados por un fraile de estatura diminuta como la nuestra, que participaba en el juego con el hábito remangado.

Nuestro padre había estado como emigrante en Argentina y era republicano de izquierdas, que para nosotros no tenía ningún significado todavía. Discutía con la abuela, que nos llevaba a la novena a San Francisco, y se pasaba muchos ratos durante las tardes con el rosario entre los dedos, murmurando bsss. bsss. bsss. Rezos aparte, era una señora abuela.

Estuvimos en un pueblo y nuestro piloto solía dar pasadas con un caza por encima de las casas y nos tiraba un cilindro cerrado con carta. Para nosotros era un juego espectacular. En la capital otros aviones solían sobrevolar muy bajos y me servían de entretenimiento cuando estaba en casa. Me subía a una sillita enana de mimbre y asomaba por la ventana de la cocina. En una ocasión vi cómo uno de estos aviones rozaba casi los tejados haciendo piruetas y tropezó con alguna antena en la casa de Roldan, donde se le desprendieron las alas rompiéndose en pedazos, y el fuselaje se inclinó y desapareció entre las casas, oyéndose una explosión. Luego mucho humo negro. Después supimos que había caído en la calle de La Rúa sobre una casa. Eran cazas alemanes que les llamaban Stukas, como el de la rotonda de Eras.

Algunas veces se hacían comentarios. Se hablaba de «paseos»; del maestro de San Cipriano que dejó viuda; de dos hermanos que pasaban con uniforme, correajes, látigo y pistola, a quienes les achacaban la autoría de tales paseos y otras atrocidades. Nadie se atrevía a pronunciar su nombre, que empezaba por B..., por si les alcanzaba la maldición de su visita. Procedían de una villa grande. Al verlos pasar intuíamos el destino de sus pasos hacia San Marcos o hacia algún cuartel o comisaría, puede que al cementerio, o probablemente con destino a ciertos lugares recónditos de la provincia, improvisados paredones que amortiguaban el ruido de los disparos. Fosas que obligarían a cavarlas a los propios paseados. Después tendrían tiempo de celebrarlo orgiásticamente para mantener su aspecto panzudo y su piel lustrosa y brillante, como si estuviera ensebada con tocino de escogidos puercos.

Nuestro padre tenía un miedo cerval a tales visitas. Sus noches fueron un suplicio durante los 3 años de la contienda, y aún después. Tenía una tienda en el centro, que traspasó por 9.000 pts. para evitar estar localizado durante el día.

El hermano mayor de mi padre, que estaba soltero, nos agradecía que fuéramos a verle. Le gustaban los niños y nos invitaba a una copita (decía él; chupitín diría yo) como un dedal, de mistela y algún caramelo o galleta. Las botellas las rellenaba con granel. Parecía ponerse contento y lo expresaba con una frase que nunca se le olvidaba: «Catapún candela», y parecía feliz. Tenía una foto con uniforme y correaje, que luego supimos que era de falange.

Había algo inexplicable sobre la suerte que favorecía a nuestro padre. Desaparecían muchos de sus amigos o conocidos. Otros penaban en San Marcos u otros lugares tétricos, despertados antes de amanecer para llevarse a los compañeros, o arrancados de sus casas por la fuerza, para conducirles... aquí sí que al lugar de nunca jamás.

Algún motivo por el cual parecía estar blindado ante los mercenarios del régimen, le salvaba de perecer a sus manos. Sin duda estaba en la lista roja, pero... Pasado el tiempo, se comprende que la filiación de los huéspedes y la militancia del hermano produjeran cierta inmunidad. Resultaba tragicómico comprobar que, al otro lado del tabique, pudieran estar en diferente mundo, uno escuchando a Madariaga o Carrillo y el otro organizando su actividad represora, mientras por la calle pasaban los B... dirigiéndose a sus macabros destinos.

Mis sueños eran libres, pero el pánico se reflejaba en ellos: Se oía el timbre de la puerta con insistencia. Todos callábamos asustados. Se abría la puerta a golpes y entraban uniformes y mosquetones, y voces. Mi padre era empujado y miraba para atrás con ojos desorbitados . Me despertaba recordando a nuestro tío «Catapún candela».

Mi tío «Catapún Candela» se despidió de este mundo felizmente, dentro de la dictadura.

Nuestro padre falleció sin poder dar la bienvenida a la democracia, con o sin república.

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