PARA PERPETUAR LA MEMORIA
El trasgo de la Chana
La historia que explico es un hecho real que ocurrió en Borrenes hacia 1915. Lo protagonizó mi tío Antonio Fernández que, en aquel entonces, era seminarista en invierno y trabajador en el campo, ayudando a sus padres, en el verano.
Aquellos pueblos bercianos, próximos a Galicia, eran muy dados a meter miedo con trasgos, almas en pena o apariciones. Una sábana bien manejada, unas enaguas y un farol eran suficientes para que, en medio de la noche y en parajes aislados, alguien se hiciera pasar por un fantasma y metiera miedo a quien estaba regando. Si la cosa iba bien, él o ella -”que también había mujeres aficionadas a este juego-” se aprovechaban del agua que el miedoso abandonaba y regaban tranquilamente su finca. Al día siguiente, no se recataban en explicar a los vecinos que era peligrosísimo andar por el paraje tal o cual, porque andaba la Santa Compaña, o habían visto algún trasgo.
Con ello se creaba el efecto bola de nieve, porque, cuando llegaba a oídos del que se había asustado, éste lo corroboraba corregido y aumentado. Mi tío, que siempre fue muy racional y enemigo de toda superchería, discutía con todos los que le venían con estos cuentos. En cuanto tuvo edad, siempre se apuntaba para ir por la noche a regar. Tenía ganas de comprobar qué podía haber de cierto en aquellas consejas populares.
Un día se le presentó la ocasión. Tenían un prado al que le correspondía una pozada por la noche. El vecino al que le tocaba la víspera le dijo que no iba a regar, que aquella noche habían visto un trasgo en la Chana y él no quería saber nada. Si el prado daba menos pasto, peor para las vacas; pero él con trasgos no se la jugaba. Mi tío discutió con él: Le dijo que eso no podían ser más que supercherías; pero no lo convenció. En vista de ello le dijo:
-”Si no vas tú, voy yo a regar; pero, luego, no me acuses de que te he robado el agua.
Al anochecer cogió una herramienta, la batidera y se puso en camino. Se hizo noche cerrada y él no había visto trasgo ni aparición alguna; pero le picaba la curiosidad. Así que dejó un rato el prado y se acercó al paraje donde decían que se aparecía el trasgo. Como era habitual en él, además de la batidera , en la otra mano llevaba una piedra de mediano tamaño. A sus quince años, con aquel pedrusco, él era muy capaz de dejar fuera de combate a un perro, un lobo o lo que se le pusiera al alcance.
De repente, empezó a ver como una luz intermitente. Cerró los ojos unos instantes y los abrió de nuevo. No era un espejismo. Efectivamente, había una luz que se encendía y se apagaba. Se fue aproximando y, cuando la tuvo a una distancia en que él consideró que no podía fallar con la piedra, le habló:
-”Si eres un bromista, dilo. A mí no me asustas; así que déjate de hacer majaderías.
No contestó nadie. Quiso probar otra vez.
-”Si antes de que cuente veinte, no dices nada, te voy a dar una pedrada de la que te acordarás días.
Contó. Nadie contestó. Tiró la piedra con toda su alma y... ¡Oh, sorpresa! Salió una llamarada capaz de hacer creer en trasgos a cualquier miedoso propenso a ello. Él lo vio claro enseguida: La piedra produjo un golpe hueco que le indicaba que había dado en madera; y las llamas se lo confirmaron. El trasgo que tenía amedrentados a los vecinos no era otra cosa que un viejo tronco de castaño usado como estacón para separar fincas. Estos gruesos troncos carcomidos por el interior, si se encendían por cualquier motivo iban quemándose poco a poco y, a veces, duraban días encendidos. Al darle con la piedra, se rompió la capa exterior y el fuego se avivó.
Al día siguiente lo explicó todo satisfecho a los vecinos. No sé si consiguió convencer a muchos; a todos, no. Años después, aún oí yo a algunos defender la existencia de trasgos, almas en pena y la Santa Compaña. Ocurría como con las meigas: pese a todo, haber, haylas.