Diario de León

James Dean, rebelde… sobre ruedas

Inconformista, de mirada melancólica y modales rudos. Vivió deprisa y falleció trágicamente. En el otoño de 1955… James Dean se convertía en leyenda.

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J. F. Z.

Fatal… desenlace. Los más aerodinámicos deportivos de Stuttgart-Zuffenhausen, ejercieron una especial atracción sobre James Dean.

Rápidos y estilizados, emocionales y pragmáticos, los modelos que firmaba Porsche, se adaptaban perfectamente al inconformista estilo de vida del joven actor, cuyos inicios no fueron precisamente fáciles: tendría que luchar para hacerse un hueco en la vida; cuya breve carrera como actor teatral en Broadway llegaría tras unos hambrientos años de sequía laboral. No sería hasta 1955 cuando, con 24 años, lograse sus primeros papeles protagonistas en películas de Hollywood. Su desafiante, reservado y apasionado comportamiento, recordaba al de Caleb Trask, el personaje ficticio de la cinta

‘Al este del Edén’ (1955), que él mismo interpretó. El director, Elia Kazan, tuvo claro en su momento que Dean era el actor ideal para el papel: James era un conflictivo personaje que se movía entre la agresiva intensidad y la fría ecuanimidad; cínico y vulnerable a la vez. Todo ello, difícilmente disimulable, marcaría su forma de actuar. En aquellos años, los grandes estudios de Hollywood trataron de domesticar al joven salvaje, quien se enfrentaba a los buenos modales del mundo del cine: paciencia, escepticismo y hasta condescendencia fueron las bazas que esgrimieron los directores y productores. Inflexible y obstinado, el actor se empeñaba en vivir deprisa. Si viaje para salir de la oscuridad, se convertiría en una lucha contra la angustia adolescente; de ahí nacería una baja fragilidad enmascarada bajo una finísima capa de frialdad, convirtiendo a Dean en todo un héroe para su público Un espejo en el que se miraba la juventud de los años cincuenta. Así que, los estudios se peleaban por él. En septiembre de 1955, cuando Dean cambió su 356 por el mucho más rápido 550 Spyder, Porsche ya era todo un símbolo automovilístico en Norteamérica: la todavía joven marca, ofrecía coches espartanos, auténticos y con una deportividad sin concesiones; así, en aquel septiembre del 55, James Dean disfrutaba profundamente del nuevo —y profundamente emocional— vehículo, en un momento en el era consciente de haber dado un gran paso adelante en su actividad cinematográfica: los estudios se peleaban por él, mientras su agente negociaba unos honorarios cada vez más elevados. A finales de septiembre, lleno de vitalidad y buen humor, Dean emprendía un viaje a Salinas. La californiana Ruta 46, se adentraba en el valle de Chalame Creek, donde apenas un puñado de coches se abrían paso a través del asfalto tal cual como brillantes bultos de acero y cromo. En aquel momento, el pequeño Porsche 550 Spyder plateado, con su tetracilíndrico

‘bóxer’ de 110 CV aparecía en escena: un peso pluma de 50 kilos (1.212 libras) capaz de alcanzar los 230 por hora de punta cuando se pisaba a fondo el acelerador. Esta es la historia, impecablemente detallada por Till Daun en la revista

‘Christophorus’ para entusiastas de Porsche.

Siete décadas después… la leyenda sigue viva

Dean se dirigía al circuito de Salinas, junto con el mecánico alemán Rolf Wütherich sentado en el asiento de la derecha y el viento silbando sobre sus cabezas. Wütherich había recomendado a Dean hacer un cuidadoso rodaje del 550 Spyder, que apenas contaba con unos días, antes de su primera carrera: los 515 kilómetros que separaban Hollywood de Salinas resultaban perfectos para preparar el deportivo de motor central antes de su gran estreno en competición. Aunque, el destino reservaba otro final para esta historia. Poco antes de las 6 de la tarde el 550 Spyder, apodado ‘Little Bastard’ y con el número 130 pintado en su carrocería, llegaba al fatídico cruce donde la autopista 41 se bifurcaba hacia Fresno, viéndose envuelto en un accidente con un Ford: banal, innecesario… fatal; el rebelde de corazón salvaje, fallecía camino del hospital. Setenta años después, su leyenda sigue tan viva como envuelta en lo que muchos consideran una maldición. Tras el golpe, William Eschrich compraba ‘los restos’ del Porsche, cediendo parte de la suspensión al piloto aficionado Troy McHenry, que también acabaría muriendo en un accidente —continuaba… la maldición—. George Barris, creador de coches para la televisión, compró lo poco que quedaba del 550 Spyder, posteriormente desaparecido, difundiendo (consolidando) la idea de que el coche efectivamente estaba maldito.
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