Diario de León

Tras el paso de Gil y Carrasco

La memoria del escritor romántico villafranquino se cuela en el trayecto alemán

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J. a. González (johnny)
León

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Salimos hacia Kassel, pero a medio camino nos detenemos para visitar Münden, en la confluencia de los ríos Fulda y Werra, que forman el Weser. Es un pueblo asociado a las aguas de estos ríos caudalosos. Alexander von Humbolt, el gran viajero del siglo XVIII lo contempla en su catálogo de las siete ciudades más bonitas del mundo. Además de viajar por todo el mundo y en concreto por España, estudió las islas Canarias y las puso en la órbita de la inteligencia europea. En París se encontró con Gil y Carrasco, el escritor romántico ponferradino, que viajaba a Alemania para abrir una delegación diplomática y le dio cartas de presentación para los políticos de Berlín y Postdam.

Münden aún mantiene parte de sus murallas y alguno de sus torreones defensivos. Un robusto puente del siglo XIV atraviesa el río Weser. Recorremos el pueblo, un poco deprisa, dejando el detalle para otra ocasión; sin embargo, nos cabe observar un conjunto de casas semienmaderadas realmente impresionantes. El pueblo está rodeado de bosques.

Kassel es una ciudad grande, entre bosques y atravesada por parques públicos y jardines a lo largo del río Fulda. Es el viejo amor de los alemanes por los árboles y las fuentes.

Gil y Carrasco pasó por aquí camino de Berlín, camino de su muerte y escribe en su diario: «Cuando me retiraba a mi casa, dos o tres hombres y una mujer se retiraban también por debajo de la muralla, cantando una canción de una dulzura y melodías particulares-¦» Hoy ya no existe muralla. La piqueta y otras guerras han transformado la ciudad. Durante la II Guerra Mundial fue bombardeado todo el centro, lo que han aprovechado para ubicar allí una gran zona comercial y convertirla, con sus aledaños, en área peatonal. Hace dos años, cuando vinimos a la feria del diseño Documenta recuerdo que estábamos aparcando en una plaza reservada, cuando un policía local, primero en alemán y luego en un mal castellano, nos señaló un número inscrito en la placa con el distintivo de discapacitado, y nos explicó que estaba asignado al minusválido cuyo número de matrícula de coche coincidiera, de modo que nos llevó a otro aparcamiento cercano que tenía una habilitación general. Este año ya hemos visto esta fórmula en Barcelona.

En el centro de Kassel, en el palacio Bellevue, se halla el museo de los hermanos Grimm con recuerdos personales, manuscritos, cartas y mobiliario de la época. Al final de una gran avenida se encuentra el palacio de Wilhemshohe del siglo XVIII, en piedra oscura y hoy dedicado a museo. Acoge obras de Rembrandt, Rubens, Durero, Cranach y, en general, obra holandesa y alemana de los siglos XVI y XVII. Desde la galería se ve a lo lejos, en la cima de un montículo, un pedestal de piedra roja, que soporta una gigantesca estatua de Hércules tallada en el siglo XVIII. Desde la estatua desciende una escalinata hasta el pie de la colina, por donde los miércoles y domingos sueltan una cascada de agua que termina elevando, en el fondo del valle, un chorro de cincuenta metros de altura. Sólo puede contemplarse los días fijados, toda vez que necesita dos jornadas para acumular el agua necesaria bajo la estatua de Hércules. A la izquierda, a medio recorrido, se divisa en medio de un bosque el castillo medieval de Löwenburg, folie de un gobernante de Kassel que mostró un toque inicial de locura. Se ha levantado niebla y no conseguimos encontrar la entrada al castillo para poder visitarlo.

Salimos para Frankfurt, pero antes nos desviamos a visitar Alsfeld. A la entrada del pueblo hay un pequeño aparcamiento con servicios y parking reservado. Tenéis que perdonar por la tabarra que os he dado sobre la adecuación de los aseos a lo largo de toda la ruta. No es que padezca coprofilia, ni tenga un interés especial en ponerme escatológico, pero la vida del ser humano consiste básicamente en la ingesta de alimentos y luego la expulsión de los desechos. Y he dicho «la vida del ser humano», porque si radicalizo el planteamiento, he de decir, que los dos únicos auténticos acontecimientos imposibles de evitar son: la muerte y la deposición de desechos, es decir, morimos y cagamos; porque «la ingesta de alimentos» se puede suspender durante varias semanas o hasta que se pone en marcha el otro avatar, la muerte, en tanto que la otra boca es inútil tratar de silenciarla durante mucho tiempo, sin contar que se puede expresar en diferentes tonos, voces y texturas.

Ciertamente, la comida, vestida de colores y arropada de aromas que alimentan, siempre fue un acto social que hoy vive un enorme desarrollo y un desmesurado glamour. Al contrario, la conocida eufemísticamente como evacuación de desechos (sólidos, líquidos y gaseosos), con sus pestilentes olores, que evocan miasmas y muladares, nunca tuvo buena prensa y sigue siendo el gran tabú del siglo XX.

George Bataille, que ya filosofó sobre el asunto, admitía dos polos: uno «lo homogéneo», referido al espacio de la sociedad humana y regulado por normas; el otro «lo heterogéneo», respondía al dominio de lo sagrado, el éxtasis, -¦, los excrementos, las basuras, -¦; esta parte maldita, decía, era imposible de normalizar en el orden de la razón y ajena a cualquier legalidad.

Dicho esto es preciso que en ambos actos, la ingesta y la evacuación, exista una normalización donde estén incluidos también los discapacitados, de modo que las dos estancias, comedor y servicios a los que le rendimos cuentas tres o cuatro veces al día, tengan la limpieza, el espacio y la intimidad precisa. Con estas consideraciones sobre la cotidianidad y la absoluta necesidad fisiológica (en el sentido más valle-inclanesco de la frase), se puede entender que para una persona con discapacidad, el acceso-mingitorio, tenga una densidad casi ontológica; tanto como el acceso a la comida para un etíope famélico.

Si viaja por España podrá preguntarse: ¿los minusválidos van al retrete? Y se contestará: probablemente no, toda vez que no existen servicios públicos y en bares y cafeterías la silla no entra ni de perfil. Esta situación sería la misma en la que se encontrarían las mujeres si en el país sólo se hubieran instalado urinarios de pared. La pregunta entonces sería: ¿las mujeres españolas van al retrete?

Sin embargo, la gente se lleva las manos a la cabeza, llenas de asombro, cuando observan que en USA a los negros no les permiten entrar a los mismos aseos que los blancos. No se percatan que hay muchas formas de prohibir.

Alsfeld es un pueblo medieval construido en una superficie de no más de dos hectáreas. No queda apenas muralla y solamente una torre de vigilancia de más de treinta metros de altura. En la Mark plaza, de forma rectangular, se levanta el Ayuntamiento. Es un edificio exento, con planta baja de piedra y arcos en el frontal y parte de los dos laterales; encima dos pisos con entramados cuadrados en madera negra y rojiza y sobre ellos un tejado empinado de pizarra a dos aguas. En la parte frontal el tejado tiene dos torrecillas-miradores que singularizan este edificio. El tejado, crea en los laterales dos frontispicios o gabletes, con la misma construcción de entramados cuadrados. Detrás, a la derecha del Rathaus, sobresale la torre de la iglesia de Walpurgis, notable por un retablo gótico tallado en madera y policromado.

A la derecha, en la plaza, dos edificios totalmente diferentes: una casa enmaderada con profusión de entramados vistos y con el frontispicio hacia la plaza; y la Weinhaus, de estilo renacentista, en piedra, con ventanas alargadas con ajimez, que pertenecía al Ayuntamiento y era un almacén de vino. Al fondo de la plaza, ocupando todo ese lado, la Stumpf-Hause, un edificio enmaderado con un entramado visto en rojo. A lo largo de las calles que parten de la plaza hay pozos y fuentes medievales.

El museo de la ciudad está en el único palacete, construido en piedra y en estilo renacentista, aunque también ocupa el edificio aledaño, que es un lujoso enmaderado pintado en verde.

En este pueblo parece que el tiempo se hubiera detenido sino fuera por que algunas bicicletas hacen tintinear los timbres en el empedrado de las calles. Se dice que aquí se inspiraron los hermanos Grimm para su cuento de Caperucita Roja -¦ Y es cierto. Cuando marchábamos, al mirar la plaza por última vez, nos dimos cuenta que llegaba un cazador con botas altas, sombrero de pluma y una ballesta al hombro. Se acerca a una casa y habla con una mujer que envuelve las manos en el delantal mojado. Por la puerta entreabierta sale una niña poniéndose una capa con capucha roja; del brazo cuelga una cesta de mimbre fino-¦

Dejamos atrás el pueblo entendiendo que los hechos narrados tantas veces, continúan-¦

Seguimos hasta Frankfurt para coger la A5 que nos llevará a Mannhein, a cincuenta kilómetros de Heidelberg. Nos alojamos aquí, que es más barato y hay hoteles de franquicia. Cuando estamos bajando las maletas sale una pareja española que no tenía reservado y no encuentra alojamiento, ya que está todo completo. Venían de Heidelberg, donde estaba peor la cosa y más cara. Nos sentamos en unas mesas en el minúsculo jardín y los invitamos a unos taquitos de cecina de Astorga y a fruta que habíamos comprado por la mañana.

Al anochecer salimos hacia Heidelberg, para enseñarle a Raquel ese perfil, tomando la ciudad desde el suroeste, con el río Nékar y el Puente Viejo (Alte Brüke) en primer plano y ligeramente a la izquierda; la ciudad, como una masa oscura, levemente iluminada y apiñada en torno a la torre de la iglesia del Espíritu Santo y al fondo, en lo alto de una colina, también débilmente iluminada, el castillo. Todo un ejemplo de un perfil de ciudad alemana. Yo siempre me he figurado Heidelberg como un cuadro de Turner: Una ciudad rodeada de bosques y viñedos, el río bajo el puente, un castillo en la escena y todo envuelto en una niebla suave, que crea una atmósfera de sutil romanticismo.

La ciudad no se entendería sin su Universidad, la más antigua de este país, fundada en 1386, cuando el cisma de occidente con los dos Papas obligó a elegir entre Avignon y Roma. Como la elección fue Roma, los estudiantes de los estados alemanes, alumnos de la universidad de París, fueron expulsados y en esta tesitura se decidió crear la universidad de Heidelberg.

Luis XIV, en el siglo XVIII, destruyó el castillo y la ciudad dos veces, de forma que la actual es básicamente barroca, con piedra y mármol en tonos marrones veteados. Después Napoleón; los vientos huracanados de la revolución rebasan montañas y ríos y sobrevuelan Heidelberg, a penas suavizados y caen sobre una población mayoritariamente joven.

Las asociaciones estudiantiles se multiplican, los duelos a espada o pistola menudean y las batallas entre estudiantes y artesanos o entre distintos club de estudiantes, están a la orden del día. Estas hordas se distinguen por el color de los gorros.

La derrota de Napoleón levanta un oleaje de excitación patriótica que se concreta en la quema de libros franceses (entre ellos el Código de Napoleón ) ante la Warthurg, la fortaleza que dio cobijo a Lutero hacía más de dos siglos. Estos ánimos exaltados impulsaron a Carl Sand, miembro de una corporación estudiantil, a asesinar con un cuchillo a August von Kotzebue, escritor de la vecina ciudad de Mannheim. De este autor, considerado espía ruso, decían que sus escritos debilitaban la Cultura y los gloriosos frutos del folklore alemán. En sus obras literarias, por ejemplo, permitía que las mujeres adúlteras fueran perdonadas en lugar de obligarlas a suicidarse. De esta manera, la castidad, considerada desde Tácito una de las virtudes por excelencia de la mujer alemana, corría un serio peligro.

Aunque Sand, después de matar a Kotzebue, se asestó dos puñaladas a sí mismo, no murió en el acto, siendo colgado a los pocos días. Cabe decir que el verdugo de la ejecución herr Braun, se volvió melancólico, consecuencia del remordimiento por haber ejecutado a un hombre tan noble. En un viñedo cercano a la ciudad construyó una casita con tableros y postes del cadalso, en la que los estudiantes de las corporaciones solían reunirse en secreto.

Holderlin, que nació sobre el Nékar, no lejos de aquí y en el seminario de Tubinga plantó con Hegel y Scheling el árbol por la libertad, puede aparecer al caer la noche entre la niebla para recitar su oda a Heidelberg:

Mi antiguo y largo amor quiere, para su gozo

llamarte madre, donde una canción sin arte,

a ti, de las ciudades patrias

la más bella que vi en los campos.

Como el ave del bosque vuela sobre la cumbre,

tal sobre tu reflejo en el río se cierne

el puente, leve y poderoso

sonoro de hombres y carruajes-¦

Al día siguiente por la mañana, después del consabido café con leche y las dos mitades de una barrita de pan con mantequilla, lujo que sólo me permito en vacaciones, partimos a conocer la ciudad a pleno día.

Tomamos la calle ancha, Haupstrasse, que discurre paralela al Nékar y toda la vida y todos los lugares de interés están en esta avenida arbolada y peatonal o en ambos lados de ella. Visitamos el salón de reuniones de la Universidad, Altes Aula, obra barroca toda en madera, bellamente trabajada. En el museo vemos el Retablo de los doce apóstoles, obra en madera de Riemenschnerder, que al igual que la visitada en Rothenburg-of-der-Tauber, irradia una sencilla expresividad. Detrás de la vieja Universidad, la prisión estudiantil, ya que las normas impedían encerrar a los estudiantes señoritos en la cárcel de la ciudad. En una calle lateral se encuentran los últimos vestigios de las murallas medievales, la Hexenturm (Torre de las Brujas), donde se las encerraba en la Edad Media.

En el funicular de Königstuhl subimos al castillo. El castillo está en ruinas, que es como deben estar los castillos románticos; además se levanta en el farallón de un risco y se recorta contra un denso bosque. Los torreones son góticos y el hermoso patio de armas renacentista. En una de las edificaciones se encuentra el Apothekamuseum, que recrea una botica del siglo XVIII llena de recipientes, cajitas, armarios, básculas y material de laboratorio de vidrio.

En otro edificio existe un amplio comedor y el Heidelberger Fass, un gigantesco tonel de vino de doscientos veinte mil litros, construido con la madera de ciento treinta robles. Se utilizaba para guardar el vino, pagado como impuesto y cuenta la leyenda que lo guardaba un enano, que a pesar de su pequeño tamaño, bebía grandes cantidades y en realidad había muerto en una ocasión en que bebió agua por confusión.

El jardín del castillo, en un lateral del patio de armas, es recoleto y hermoso. Se entra bajo un arco barroco que enmarca una gran verja de hierro forjado. Arrietes de flores y rosales perfuman el aire.

En una terraza de la Markplatz comemos frente a la majestuosa fachada del Ayuntamiento barroco,con una fila de mansardas, de estilo francés, en toda la longitud de la fachada. Después de comer entramos en la iglesia gótica del Espíritu Santo. La luz tamizada por los ventanales ojivales crea una atmósfera de color rojizo. Aquí se torturaba a los criminales y se quemaba a las brujas en el medievo. Desde la plaza, por una calle lateral, llegamos al Puente Viejo (Alte Brüke), símbolo de la ciudad y con dos singulares torreones barrocos, cada uno rematado por un extraño capitel. En una de las torres había mazmorras y sobre la puerta, entre las torres, existían moradas más salubres. En medio del puente, durante unos minutos, recorremos el entorno con la mirada y vemos pasar las aguas del Nékar pensativas.

Volvemos a la plaza y deambulamos despacio por las tabernas donde año tras año los hermanos de las cofradías estudiantiles recibían el certificado de buenos bebedores de cerveza.

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