El carbón quiere ser centenario
El inicio de la I Guerra Mundial en 1914 marcó el despegue de un sector que ahora tiene la amenaza de defunción para el 2014
El carbón leonés nunca tuvo una historia fácil. Ha generado inmensas fortunas, pero también mucho dolor y no sólo en forma de cientos de víctimas mortales. El mineral que está en las entrañas de la provincia ha sido el motor económico de los últimos cien años, aunque su trayectoria ha estado plagada de vaivenes y de conflictos. Y es que quizás como premonición el origen del gran despegue del carbón leonés hay que situarlo en una de las más grandes tragedias de la historia, la Primera Guerra Mundial.
España producía en 1914 el carbón de un modo bastantes anárquico y siempre con el lastre de su perpetua deficiencia en infraestructuras para el transporte. Las cuencas españolas generaban entonces 4,5 millones de toneladas y se importaban otros tres millones desde Inglaterra. Pero esa situación cambió radicalmente porque el inicio de la entonces llamada Gran Guerra cerró el grifo inglés y generó en España lo que se ha venido en llamar la «orgía hullera». Y en ese contexto surge la Minero Siderúrgica de Ponferrada (MSP), que en un tiempo récord y con todos los apoyos posibles del Estado español pone en marcha su tren desde Villablino, en el paso clave para la explosión del carbón leonés.
Pero retrocediendo en el tiempo, la historia de la extracción del mineral es mucho más antigua. Los primeros datos localizados por los historiadores sobre el carbón leonés se remontan a 1764, cuando en los informes para la mejora del camino para unir «la Corte y Galicia» el director de las obras destaca que cerca de Cerezal de Tremor ha localizado carbón. Ese dato cayó en un semiolvido hasta que a finales de ese mismo siglo XVIII la Sociedad de Amigos del País de León establece premios para la localización de yacimientos. El carbón aún sería cuestión de pequeñas explotaciones durante varias décadas y en concreto en Sotillos de Sabero se extraía el mineral para enviarlo en carros hacia las fraguas de Castilla. Eran también tiempos de pillaje, en los que las familias sobrevivían compaginando el campo con pequeñas explotaciones para conseguir algo de dinero.
El primer intento con fuerza para explotar los recursos de la provincia surge en Sabero, con la fábrica de San Blas, un proyecto de escasa duración en el tiempo y que como premonición se planteó en clave de siderurgia, como también ocurriría con la MSP medio siglo después, y en ambos casos sin alcanzar el éxito.
Por aquel entonces -”mediados del siglo XIX-” había un total de 216 concesiones repartidas por las diferentes cuencas leonesas, pero tan solo cuatro empresas activas. Se calcula que trabajaban entonces 920 hombres en las explotaciones, que ya en 1875 extraían unas 5.000 toneladas al año. El principal problema al que se enfrentaba el carbón leonés era la ausencia de medios para su transporte, lo que frenaba sus posibilidades.
La apertura de la línea férrea a Gijón supuso un avance, pero León perdió un tren clave con un proyecto de enlace frustrado hacia Santander, que sí logró la cuenca palentina. Y no fue hasta 1893 con la constitución de la Hullera Vasco Leonesa y la construcción del ferrocarril La Robla-Valmaseda -”un año después-” cuando se abrió las puertas hacia la necesaria comercialización. En 1892 había surgido ya otro de los pilares del carbón leonés -”Hullas de Sabero y Anexas-”, pero al menos de momento los pasos eran relevantes pero tímidos.
Y llegó el 1914 que marcaría para siempre el destino del carbón leonés, con esa Guerra Mundial que desabastecería los mercados y abriría los ojos a los inversores. Entonces había 35 explotaciones mineras carboneras en la provincia y en sólo cuatro años se alcanzaban las 180. Junto a los grandes proyectos empresariales también surgían los conocidos como «chamizos», esas pequeñas explotaciones que se mantendrían activas hasta los años ochenta, con una auténtica sangría en forma de vidas humanas segadas en los continuos accidentes.
El ferrocarril Ponferrada-Villablino se construyó en un tiempo récord -”62 kilómetros en diez meses a pesar de las innumerables bajas entre los trabajadores por la gripe española-” y convirtió a la MSP en el buque insignia del carbón leonés hasta el punto de que atrajo a Ponferrada la creación en 1944 de la Empresa Nacional de Electricidad (Endesa) que surgió para la construcción de una térmica en el barrio de Compostilla que quemase los abundantes menudos carboneros, para producir electricidad en plena autarquía franquista.
Pero antes de ese episodio el carbón leonés ya vivió su primera gran crisis. Si la Guerra Mundial había facilitado la creación de grandes compañías en la provincia -”La Pola de Gordón, Esla, Orzonaga, La Espina y Valdesamario, junto a la MSP que pasó de extraer 9.000 toneladas en 1919 a 187.735 en 1921-” cuando esta contienda internacional concluyó, la recesión económica de la posguerra generó tal desplome de la producción que el propio Gobierno español se vio obligado a intervenir para reglar los mercados y controlar los precios, con el objetivo también de frenar las importaciones enviadas desde Inglaterra a precios muy bajos para abastecer un mercado creciente, el generado por el consumo de carbón en las locomotoras ferroviarias.
Como si la historia no supiese más que repetir cíclicamente los conflictos, el empresariado del carbón optó entonces por rebajar los sueldos a los mineros y dio paso a una fase en la que por vez primera en la provincia se ve la conflictividad de un mundo obrero que intenta organizarse ante las agresiones. La Vasco sufrió entonces una dura huelga de más de tres meses a lo largo de 1921.
Pero los vaivenes en sus fases negativas tampoco duraban mucho y ya a mediados de los años veinte, con la depreciación de la peseta respecto a la libra y con el nuevo impulso industrializador español, el carbón leonés vive otra fase de expansión que da origen a compañías como la de Diego Pérez en Fabero, y que elevan hasta casi 8.000 los trabajadores empleados en la minería durante la II República, aunque la indefinición de esta etapa histórica y el frenazo a la economía en general que supuso la Guerra Civil de 1936 a 1939 dejó de nuevo el carbón bajo mínimos. En lo que sí hubo cambios importantes durante la República fue en materia laboral, ya que los trabajadores por primera vez alcanzaron logros como las vacaciones pagadas, los vales de carbón gratuito o la disminución de horas de trabajo.
Los años cuarenta, marcados por la autarquía franquista y por la ausencia de importaciones por la II Guerra Mundial, abrieron otra época dorada para el carbón leonés. Junto a la térmica de Compostilla surge también la de La Robla. MSP duplicó su producción hasta 1950 tanto de hulla como de antracita y en el sector se apuesta decididamente por la mecanización ante la demanda creciente. La salida de carbón de Villablino a Ponferrada y desde la capital berciana hacia la Península ya por la vía de Renfe era de tal calibre que el tramo de la línea ferroviaria de subida al Manzanal hasta Brañuelas dispuso por primera vez en España del sistema CTC (Control de Tráfico Centralizado) y la vía fue electrificada en 1949.
En esas inversiones también tuvo mucho que ver el trágico accidente de Torre del Bierzo, del 3 de enero de 1944 cuando un tren de pasajeros chocó contra otro carbonero en el túnel junto a la estación.
Eran tiempos también para la creación de nuevas compañías que tendrían gran relevancia como Antracitas de Fabero o Antracitas de Gaiztarro, y precisamente la pujanza del carbón y el empeño de las grandes firmas mineras lograron la creación de la Escuela de Capataces Facultativos de Minas en 1943 en León.
Producción al alza
La producción de carbón en la provincia era de 1,8 millones de toneladas en 1940 y en 1958 se alcanzan los 4,1 millones. El número de trabajadores directos del carbón llegó en los años cincuenta a alcanzar los 23.000, a los que habría que sumar los indirectos en sectores como el transporte o las propias térmicas.
Ponferrada se ganó el apelativo de «ciudad del dólar» y surgieron a lo largo de las vías férreas incontables cargaderos para evacuar hacia toda España el mineral empleado en industrias o calefacciones, que se convertían en el nuevo mercado tras perder el tren del ferrocarril por la electrificación. Las compañías leonesas abrieron lujosas sedes en Madrid desde las que gestionar todas esas ventas, que empezaron a enfriarse con la entrada en la década de los sesenta, cuando irrumpió en España el petróleo, el combustible que iría abriéndose mercados durante el decenio.
Son tiempos en los que crece el protagonismo de las térmicas como grandes consumidores de carbón hasta convertirse en los siguientes decenios en clientes casi exclusivos al entrar en las calefacciones los combustibles no sólidos, más cómodos y limpios.
Y todo esto lleva a que se pase de 129 empresas en 1960 a 45 apenas una década después, con una fuerte tendencia al agrupamiento de compañías. Tras tocar techo en 23.000 trabajadores, el carbón leonés entra en la democracia con poco más de 11.000, con la producción en caída libre hasta perder un 23%.
En los años ochenta llegaron los nuevos grupos térmicos y las explotaciones a cielo abierto en ese afán que había arrancado en los años sesenta para rebajar los costes.
Es la última época dorada del carbón leonés, que ayudado por la crisis del petróleo logra duplicar su producción entre 1975 y 1985. Se recupera el empleo, pero ese nuevo esplendor dura poco tiempo porque tras la entrada de España en la CEE en 1986 toca época de reconversiones, planes y escándalos de mezclas, cupos y mucha picaresca. Y el sector empieza a tambalearse entre cierres de chamizos, reconversiones y polémicas medioambientales. En 1992 ya sólo quedan 9.000 empleados mineros en la provincia, y las que fueron grandes compañías décadas atrás agonizan o cierran.
La quiebra de la MSP generó la primera marcha minera y durante las dos últimas décadas el carbón fue perdiendo fuelle hasta la situación actual en la que el carbón ya sólo se extrae en apenas una decena de explotaciones y en manos de un número aún menor de empresarios.
Ahora, en el arranque del siglo XXI, y tras tantos vaivenes desde aquel 1914 hay fijada por vez primera una fecha de caducidad definitiva para el carbón leonés, el 2014. Y el sector aspira a hacerse centenario y ha salido de nuevo a la calle para sobrevivir a ese patíbulo prefijado por las normas europas.