«Cospedal. La reina de la Torre de Marfil»
Pieza clave en la expansión al centro
Una generación de mujeres ha empezado a alcanzar lo que hasta hace apenas unos años parecía imposible: el poder

El libro analiza la carrera política de Dolores de Cospedal y el papel que ha desempeñado en el PP
Ya era hora, porque son inteligentes y tienen ganas de trabajar, y eso, en la política aún más, es una mezcla ganadora.
«Madre coraje»
Y se situó en la primera fila de mando del PP una mujer joven, de indiscutible atractivo, divorciada y católica, y además, madre mediante fecundación in vitro.
Tal extremo chirrió en algunos ámbitos muy minoritarios del partido, pero ella siguió adelante con su personalísima decisión, la gran apuesta de su vida, y dio a luz a Ricardo en mayo del 2006, con 40 años.
La tarjeta de presentación de María Dolores de Cospedal se saltó el guión atribuido hasta entonces a los llamados «conservadores», pero precisamente esa música de madre coraje, tras batallar casi cuatro años intentando sin éxito adoptar un niño búlgaro, apuntaló la reducción de distancias entre el centro-derecha y la España real y, por lo tanto, reforzó el ansiado viraje aperturista, de cambio y modernidad de Mariano Rajoy.
Ello aunque la máxima garante del andamiaje de la Torre de Marfil siempre ha mantenido que si Rajoy la hubiera propuesto por ser mujer jamás hubiera aceptado. Y su entorno, todos quienes la conocen, dicen que es bien cierto.
Cospedal ha rechazado la imagen de fémina reducida al papel de compañera o comparsa de un varón. Claro que tuvo en su abuela materna, Rosario, una figura clave en su vida y con la que la número dos del Partido Popular compartió techo durante sus años universitarios en Madrid.
Hay un inquietante brillo en los ojos de María Dolores cuando habla de su abuela, una mujer que ha definido en ocasiones como adelantada a su tiempo, tolerante y con mucho genio.
Rosario sufrió la cárcel y la pérdida de un hermano de sólo 16 años fusilado por el bando republicano durante la Guerra Civil, el enfrentamiento de las dos Españas.
De las veladas a su lado, Cospedal recuerda relatos escalofriantes de milicianos y de falangistas, de familiares y amigos en uno y otro bando y una sentencia de su abuela: «Lo peor que puede pasarle a un país es una Guerra Civil».
Y, sin embargo, Rosario aportó a su nieta lucidez para no caer jamás en la resurrección de rencores de aquella época o en el empleo de una retórica dispuesta a ahondar en el río revuelto del revanchismo y el odio desaforado.
Y por eso mismo, a María Dolores de Cospedal tanto le chirrió que el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, viniese con la Memoria Histórica o con la cruel e injusta milonga de equiparar el atentado contra Irene Villa, dejándola mutilada, con la muerte de su abuelo en la guerra civil, el capitán Juan Rodríguez Lozano, a quien él ni siquiera conoció.
Peripecias históricas aparte, Cospedal, torera ella, se reconoce en su abuela, no es apta para débiles, tiene ambición, carácter y determinación (tanta como para haber sido capaz de dejar de golpe el vicio del tabaco tras fumar tres cajetillas cada día) y le encanta estar en primera línea de la política.
Y la Secretaría General es un formidable escaparate, todo un fogonazo mediático. Ella lo sabe bien y no quiere renunciar a ello porque es consciente de la importancia de los medios en una democracia de audiencias como la que vivimos.
La derecha democrática, con su llegada al segundo despacho de la planta noble de la Torre de Marfil, se convertía en un matriarcado. El Comité de Dirección del PP, además de la secretaria general, está conformado por otras dos mujeres más: Soraya Sáenz de Santamaría y Ana Mato. Tres mujeres entre los siete puestos más destacados del partido.
Ellas, junto a presidentas regionales como Esperanza Aguirre en Madrid, Luisa Fernanda Rudi en Aragón y Alicia Sánchez Camacho en Cataluña, a las que se une la candidata en Asturias, Isabel Pérez Espinosa, forman un equipo dirigente de mujeres de enorme empuje. (...)
Las ironías del PSOE
El centro, que es donde se ganan las batallas electorales, se le quedaba corto al Partido Popular, y peleó por aglutinar una mayoría suficiente para alcanzar La Moncloa, acercándose a los caladeros lindantes con el PSOE, incluso, ¡por qué no!, robándole el lenguaje. Cospedal jugó fuerte, como siempre, y adelantó el paso: «Si no hay sindicatos que sepan defender a los trabajadores, que éstos estén tranquilos, que aquí está el PP para defenderlos».
No fue ni mucho menos una frase aislada, como demostró día tras día ante el demoledor ajuste social propugnado por Zapatero y en la batalla contra la dentellada a los pensionistas. De ahí que María Dolores de Cospedal se centrase en darles precisamente donde más les duele a los socialistas, en su abandono de los desfavorecidos. Desde la izquierda le llovieron ironías. (...)
Más de diez millones de votantes en las elecciones generales de 2008, arraigados en una muy larga tradición de derecha y una bastante más breve de centro, no son diez millones de plutócratas, oligarcas, caciques, especuladores y explotadores (por utilizar el vocabulario de la izquierda), como explicó Pascual Tamburri en El Semanal Digital.
La derecha española es una derecha de familias, de autónomos, de clases medias, de trabajadores, de pensionistas, de parados, de amas de casa y de estudiantes; de agricultores y ganaderos, de transportistas y mecánicos, de contratados temporales y de asalariados de toda la vida. Qué le vamos a hacer, es así, y basta ir a un mitin para darse cuenta.
Y más aún: sus nuevos votantes, vengan de donde vengan, también van a ser así. Por supuesto, existe una derecha económica, ligada por intereses o por ideología a poderes fuertes del dinero. Y por supuesto que es importante, pero por su influencia, no por su militancia.
En cuanto a los poderes fuertes, desde antes de la Transición tenían claro cuál era su modelo de referencia: un centroizquierda que defendiese sus intereses a cambio del poder social y cultural. No es casualidad que ni AP ni el PP se hayan beneficiado jamás de las amistades bancarias y empresariales que sí han disfrutado el PSOE de Felipe González y el de José Luis Rodríguez Zapatero...
Se entiende muy bien el enfado de la izquierda con Cospedal, «la roja», porque les metió el dedo en el ojo. (...)
Dos sueños
Fue una apuesta rompedora, no exenta de riesgos. María Dolores de Cospedal llegó a lo alto de la Torre de Marfil en unos momentos críticos, con la peor crisis en años del centro-derecha crepitando en la opinión pública. Algunos de sus íntimos le desaconsejaron incluso embarcarse en esa aventura junto a Mariano Rajoy, pero supo abrirse paso con pulso firme y claridad de ideas.
El peso de la responsabilidad le ha dejado poco tiempo para estar con su marido e hijo, o con los amigos, leer poesía, sobre todo nuevos autores, o devorar novelas policiacas, biografías o libros de viajes, disfrutar de la música -"la copla de Concha Piquer y Rocío Jurado, también el flamenco, o grupos pop de los años ochenta como Nacha Pop, Gabinete Caligari o Radio Futura-" y acudir a exposiciones.
A pesar de carecer de talento artístico alguno, como ella misma lamenta en ocasiones, es una enamorada de la buena pintura, muy especialmente de los retratistas. Tanto es así, que regaló a su marido y a su hijo por su cumpleaños sus propios retratos, realizados por la mano y pincel de Irene Iribarren, con quien le une una vieja amistad y una de las más cotizadas pintoras de la actualidad, vieja conocida de La Zarzuela y para la cual han posado los Reyes y los Príncipes, diversos ex ministros para los cuadros que les inmortalizan en los respectivos ministerios, y varias personalidades internacionales, entre ellas el ex presidente George Bush.
Pero volvamos a lo que supuso la irrupción de María Dolores de Cospedal en el cuartel general de la gaviota: en realidad, toda una racha de aire fresco en el cargado ambiente de la Torre de Marfil. La mujer de armas tomar, la «crack» femenina, como algunos de sus próximos se refieren a ella, mudó en «ciclón» de la política.
Además de asumir una duplicidad de funciones desconocida hasta entonces en la Secretaría General -"número dos en la calle Génova, presidenta en Castilla-La Mancha, diputada autonómica, senadora-", conocía poco o nada el partido.
Así las cosas, y como valora la lealtad por encima de todo, no tuvo reparos a la hora de conformar su equipo de colaboradores cercanos con gente ajena al aparato nacional del Partido Popular.
Así, desde la fiel jefa de gabinete, María Jesús Bonilla, hasta su responsable de protocolo, José Luis Ortiz, pasando por sus devotos jefes de prensa, Fernando Urrutia y José Sánchez Arce. Con sus fieles guardándole las espaldas, Cospedal no sólo logró amansar a los leones de su partido, sino que, pasando más tiempo a pie de calle, en el tú a tú, que en los despachos, parece haber amarrado bazas de victoria y ha puesto proa a la izquierda.
De hecho, la familia popular nunca había sido tan numerosa como bajo su mano: 815.218 miembros sumaba el PP a 31 de octubre de 2010. Lo que hizo que se afianzase con contundencia como la formación política con el mayor ejército de España. Cuando, en noviembre del 2008, el Partido Popular puso en marcha su campaña de afiliación a nivel nacional, «Súmate a la solución», los populares se marcaron el objetivo de crecer a un ritmo de 25.000 militantes al año. (...)
Desde entonces (cuando el PP contaba con 748.730 militantes), el crecimiento de afiliados aceleró su paso. A ello contribuyó, qué duda cabe, la gestión de José Luis Rodríguez Zapatero durante su segunda legislatura y el hecho de que el viento soplase más a favor que nunca de los de Rajoy, como lo demostraron todas las encuestas.
Eso, por sí solo, ha sido un hito con mayúscula. Cospedal tiene una enorme fuerza de voluntad y dos sueños en el horizonte: conquistar el Palacio de Fuensalida y llevar a Mariano Rajoy a La Moncloa. No tiene sueños pobres, que diría Raúl del Pozo, ya que en ese palacio, el de Fuensalida, durmió Isabel de Portugal, esposa del gran Emperador Carlos V, y La Moncloa fue mandada comprar por Carlos IV en 1802 por 80.000 reales para su esposa, la reina María Luisa.
Pues en ello está. Y viendo cómo se las gasta siempre, no sería muy sensato apostar en su contra.