eugenio olegario álvarez

El que más lee de León

Corrector de la editorial everest desde 1979, por sus ojos han pasado más de 3.600 libros. POCAS SON LAS FALTAS, ERRATAS o inexactitudes que se le resisten

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León

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La labor de Eugenio es callada y paciente como la de un monje franciscano. Eugenio practica cada día una liturgia minuciosa que consiste en cuidar con mimo la letra impresa, en pastorear los rebaños de párrafos, los hatos de palabras, para velar por la correcta ubicación de las bes y las uves, para impedir que se encabalgue una mayúscula rebelde o que una preposición ansiosa se retrase o adelante, transgrediendo el orden sagrado que le corresponde dentro de la frase.

Eugenio, que trabaja en la empresa Everest desde el año 1979, es hombre comedido y prudente que otorga más importancia al grupo que a la persona individual. Y tiene razón. Pero el suyo, la brega diaria con las galeradas, el apresamiento de las siempre escurridizas erratas, es un trabajo ímprobo que merece todos nuestros respetos. Rememora Eugenio que de forma fija está en Everest desde 1979, aunque ya antes se pasaba los veranos llevando a cabo diferentes cometidos en la casa, «para sacarme unos dinerillos» y poderse costear así una preparación realmente ambiciosa: «Estudiaba delineante industrial por la noche y empresariales por el día», revela. De hecho, se le daba tan bien aquello del dibujo y la recreación de figuras en el espacio que hasta tuvo ocasión de irse a trabajar a la Michelín de Navarra a diseñar ruedas.

Pero después de aquella temporada en la que hasta cargó y descargó cajas en el traslado de la antigua sede de la editorial en San Juan de Sahagún hasta la actual en Trobajo del Camino, su camino vital se entrelazó de tal modo con el de la gran editorial leonesa que desde entonces ambos itinerarios han discurrido juntos. De entonces acá las cosas «han cambiado mucho», susurra Eugenio, voz tranquila, ojos brillantes y camisa bien abotonada. «Me acuerdo ahora, por ejemplo, de la figura del atendedor », que leía en voz alta los originales mecanografiados para que otro los fuera comprobando y, en su caso, corrigiendo, «con un sistema peculiar, una coma era un golpe sobre la mesa; un punto, dos golpes, y todo así».

Las nuevas tecnologías modificaron todo aquello de los golpes y de las dobles bandas y hoy un flamante mac reposa sobre su mesa; eso sí, al lado del irreemplazable atril de madera. Pero también la terminología ha cambiado. Lo que antes era el 'corrector tipográfico' y el 'corrector de estilo' pasó a ser 'técnico editorial'. Tal es su nomenclatura oficial en estos momentos. Lo cual no quita para que el trabajo siga incluyendo el seguimiento, acoso, detención y eliminación de las temidas erratas e inexactitudes. «Como, por ejemplo, que en algún libro de texto se diga que un hombre murió antes de nacer». Porque Eugenio tiene que estar bien atento no sólo a las letras sino a los conceptos, a la entera contextualización del texto. Y así, en un libro que abordaba el vulcanismo y los terremotos, anduvo rápido incluyendo una nota para que lo actualizasen con el último gran tsunami japonés.

Al ritmo de unos 120 libros por año, el cómputo final arroja un total de 3.600 obras, a lo que se añaden las muchas cartas, catálogos, formularios y hasta contratos que ha revisado. Y también ha reescrito muchos libros («una monjita, a la que le mejoramos el estilo, nos dijo: '¡No sabía que escribiera tan bien'!»).

Eugenio cree que falta corrección a la hora de escribir. «Se abusa de las mayúsculas. Unas comillas, unas versalitas bonitas, quedan mucho más elegantes», opina. ¿Y después de leer tantos libros, no le dan ganas de escribir uno? «Para eso hacen falta al menos tres cosas: tener una idea, dominar una materia y echarle horas». «Hoy se escriben muchos libros pero muy pocos destacan», concluye.

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Eugenio, por deformación profesional, se para cuando lee una errata en un libro o periódico que lee por placer. Pero ve que ahí nada puede hacer. Y se obliga a sí mismo a segir leyendo.