París se impacienta con Libia
El diario Le Figaro -”que goza de cierta predilección a la hora de recibir exclusivas del Gobierno francés-” hizo saber ayer que el presidente Nicolas Sarkozy ordenó la entrega de armas a los rebeldes libios. La operación, no comunicada a la Otan, suscitó de inmediato un seco comentario de su secretario general, Anders Fogh Rasmussen, quien dijo -”y ya es decir-” que él «no sabía nada» y que la Alianza se limita a aplicar lo más literalmente que puede la resolución 1973 de la ONU al respecto.
Se le puede creer y también que París ha optado, incluso sin el concurso británico, el otro socio de envergadura y más comprometido militarmente, por acelerar las cosas y ver de acabar con el punto muerto que se observa sobre el terreno cuando la guerra cumplirá cuatro meses el día 19. No es una sorpresa porque Francia ha sido, y de lejos, el motor político, diplomático y militar de la intervención y todavía es útil recordar a Sarkozy el día 19 de marzo en París y ante un auditorio internacional, como en el mismo momento en que él hablaba, sus aviones lanzaban las primeras bombas en Libia.
A aquella euforia siguió un cierto deslizamiento en paralelo a la decisión norteamericana de adoptar un perfil bajo, bajísimo se diría, por instrucciones de Obama y sin reticencia alguna en el Pentágono, que ya tiene bastante con administrar los escenarios iraquí y afgano.
Como la situación tiende a prolongarse, París, impaciente, ha tomado la arriesgada decisión de armar directamente a los rebeldes, un hecho que no parece claramente cubierto por la resolución de Naciones Unidas y ha suscitado ya una protesta de Moscú en toda regla. Según el ministro ruso de Exteriores, Serguei Lavrov, es una flagrante violación de la misma.
En un orden puramente práctico, militar, la intervención tiene mucho sentido porque se trata de consolidar los éxitos innegables que los rebeldes. Los franceses han enviado ya material descrito como «ligero», pero que incluye los cruciales misiles antiblindados Milan. El objetivo político es la esperanza de que una rebelión interna ponga en fuga a Gadafi.